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Happy New Year

Siete eran, faltaba poco, y parecía tanto.

Tercer álbum,
pista 5.

Gerard Way era la voz en mi cabeza,
el piano caminaba por mis brazos,
la batería estremecía mi espalda,
la guitarra terminó por romper mi garganta.

La ciudad parecía alegre,
desde mi casa se veía toda casi.

Las personas festejaban, sonreían,
mudas no eran sombrías.

Mi familia era invisible,
pero se veía.

Mis amigos no estaban aquí,
así que era libre.

Después de todo siempre había sido libre.

¿No?

Ocho.

Nueve.

Diez.

Había un sentimiento incrustado en mi pecho,
habían lágrimas atoradas en mi garganta.

Pero mi garganta estaba rota.

Esta vez la canción se había repetido,
junto con otras de la misma banda,
del mismo maldito álbum,
por horas.

Y horas.

Once.

Era todo tan hermoso.

La ciudad alebrestada,
la gente amontonada.

Gritos, jolgorios, carreras,
sonidos,
bebidas.

Y en mi oídos estaba la canción del principio.

El mundo estaba en silencio,
pero yo imaginaba los sonidos.

Sumergido en un mundo
que no era mío.

Once y cincuenta.

Diez minutos.

Me preguntaba que canción sonaría a las doce.

Yo nunca tomaba decisiones,
y esta vez no fue la excepción.

Subí a la azotea.

Solo me dejé llevar.

La gente estaba abrazada,
en familia,
entre amigos,
contaban los minutos.

Los fuegos se elevaban,
los sonidos seguían siendo imaginados.

Quería detener el mundo.

Quería detener el tiempo.

Que todos escucharan este álbum conmigo,
que todos sintieran estas letras,
estas canciones,
estos sentimientos,
conmigo.

O sin mi.

Sonó la última pista del álbum.

No supe qué pensar.

¿Debía hablar?

Mis palabras no serían famosas.

Pero serían las últimas.

Caminé hacia mi boleto al desfile negro.

Se podía sentir que ya era hora, ya era la hora.

Podía escuchar las lágrimas, podía escuchar los abrazos.

Podía escuchar los deseos, podía escuchar los sentimientos.

El tiempo pasó lentamente rápido,
quizá rápidamente lento.

Los fuegos artificales inundaron el cielo de colores,
y yo los veía a todo color, no en blanco y negro.

Nadie dice que se debe estar triste cuando se va a morir.

Pero yo lo dudaba.

Quería estar triste, lo pensaba.

El vacío me llamaba pero los colores titilaban.

Era una agonía.

La pista número ocho atacó mi corazón,
mis oídos,
mis órganos,
mis cabellos,
mis sentidos.

Pensé en mi madre.

Las personas ya estaban de nuevo en las calles.

La ciudad era un caos.

Un caos alegre.

Lo malo era bueno.

Imaginé los sonidos de los fuegos artificiales.

Imaginé los sonidos de las balas.

Pero no imaginé que una de ellas me impactaría,
justo en el pecho,
justo antes de saltar.

Los quise.








In memory of Hannah Bond,
wait for me in the Black Parade.








Objeto


Mi isla.
Recibe viajeros cada día.
Pasan, llegan, se van,
quién lo diría.
No me interesa el turismo,
tampoco los turistas,
pero a quienes llegan abrazo,
y a quienes se van, ignoro.

Rechazo.

Mi isla,
siempre solitaria,
nunca vacía.

Vicios




–Hola doctor, no sé qué me sucede, pero no puedo detenerme.
–¿Intentó beber agua como le dije?
–No, no me refiero a eso.
–Ah, ya veo. Bueno, ¿intentó morder un lápiz o simular encenderlo y todo lo demás?
–No doctor, tampoco me refiero a eso...
–Bueno, entonces supongo que es la cama y Paulina, ¿intentó dar una vuelta y respirar?
–Doctor...
–Me temo que no entiendo.
–Yo tampoco, pero tengo un calambre horrible y no puedo pisar el freno.
–Cristo...
–Viene una curva. Lo llamé para pedirle que me cuide a Paulina.
–Pero espere...
–...



No todos los caminos conducen a Roma




Aquí me tienes retirado porque no sirves de nada, perdiste uno de los pilotos que más títulos tenía; lo quieras o no, te movía. Pero no sirves de nada porque hay otras categorías que ofrecen lo mismo, sin compromisos, sin rollos ni firmas de contratos, solo autógrafos. No sirves de nada porque dueles y dañas, incluso puedes matar, eres algo peligroso, mortal. ¿Para qué arriesgar si hay otros escenarios sin riesgos? Tengo confianza en mi talento y cuando quiera volver vuelvo; pasarán años. Me retiré con los mejores récords, y me siento fracasado no por otra cosa que el triste hecho de que no sirves de nada. Entonces no sirves para nada, y de nada, porque sin tu participación en mi vida soy libre, no vivo en la cárcel de Borges, ni en la ceguera de Saramago; mi libertad habla y me acompaña. La preocupación no existe, el drama tampoco. Por eso no sirves de nada, eres maestra en cosas que no existen; eres fuego de inexistencia. Y eres nadie, porque no eres persona: eres máscara, como siempre la misma, como siempre varias. Y no sirves de nada, ni siquiera como máscara o disfraz. Vivo besándome con extraños y amándome con seres ajenos, vivo sintiendo nada y a la vez todo, porque no tengo barreras. Odio las responsabilidades, y contigo ya no tengo ninguna; de nada: sirves. Ni con nadie. Seré feliz y será sin ti porque no se puede ser feliz con algo inservible. Viviré todos mis días a mi parecer, a mi placer, a mi ser. ¿Individualismo? No, tú no eres el centro del mundo. Tú eres solo una rama de aquello que mueve al mundo, tú eres una ilusión, un engaño, un fraude innecesario. ¿Supervivencia? Hablé con el sexo sin ti y fue maravilloso, llevo años haciéndolo: debo confesar. Así que no sirves de nada. Quizá me di cuenta tarde, quizá fui iluso por mucho tiempo, pero al menos te devoré, te destruí, y aunque me quisiste destruir, nunca lo lograste; puedo con todos los trofeos con nombres de recuerdos, y todos los récords con nombres propios; memorias y placeres que me gustan, pero que no sirven de nada. ¿Por qué no lloras? Ah, ya lo sé, porque eres un alma malévola que planea todo, simplemente sabes que lo que digo es la verdad: te he descubierto. He ahondado en ti y he hallado el alma oscura y vacía por dentro. Sabes que eres inútil, sabes que eres un doble agente. Tus guantes de seda manchados de sangre los encontré, tu sudor los humedeció y allí te descubrí; genocida. 

Ahora querrás venir a buscarme, y te reto. 

Te reto a retarme, a encantarme y enjaularme. Tiéntame y atrévete a matarme, siempre te estaré esperando, pero ya la espera no será como antes. Tus títulos me dan igual, y tus récords me resbalan. En ti ya no veo nada, y tú en mí ahora lo ves todo. 

Esta vez gano yo, es tarde, te quité la máscara.

Sin más nada que agregar, por ahora, me despido.

Sinceramente tuyo, tu error.



Héroe




La cúpula debía ser cerrada al día siguiente. ¿La hora? Diecinueve en punto. Los cálculos estaban hechos y llamaron al coordinador de la zona. 

—Will, le necesitamos; en tus manos lo está todo.
—Estaré listo para cumplir.

El aerolito se acercaba a una velocidad vertiginosa. No había manera de detenerlo, pero los expertos aerodinámicos y físicos rescataron teorías pintorescas en las cuales se notaban desviaciones de cuerpos masivos sumando velocidades con similares direcciones. 

Vectores.

Pasaron horas y Will sentía un pudor en la mente que le impedía pensar en algo más. En sus manos estaban los cálculos finales y preventivos que salvarían la cochina pero aún útil sociedad. Encendió su carro y un cigarro, partió a su casa mientras llamaba por teléfono al tío italiano que tenía en la pizzería más famosa de la ciudad. ¿Por qué esta ciudad? Quizá era la moira, dirían los griegos. Pasó el tiempo y las luces le absorbían, amaba la noche. Llegó y bebió un vino que supo el último de su vida. 

¿El último de su vida?

Presagios como en amores clásicos cruzaron por la mente de ese servidor de la sociedad, era de naturaleza pesimista. O realismo pesimista. No tenía razones, pero apenas durmió: fase uno, fase dos, fase tres no llegó, y los movimientos oculares rápidos, MOR, tampoco.

Nació el día como siamés de la noche, que nunca murió.

Eran las nueve.

Se asomó a la ventana y vio el día gris, sintió que el mundo se acababa. No era mentira.

¿Era verdad? Pero y...

Salió y caminó a su vehículo. 

Ingresó, condujo y llegó.

Entró a la oficina, eran las diez apenas.

Empezó a rehacer los cálculos: debía presionar un par de botones (de cierre) justo tres segundos antes de la hora pautada, así las velocidades sumadas desviarían el fragmento fuera de la atmósfera. 

No podía haber ningún fallo, la humanidad dependía de él y de su reloj.


***


Pasó el día demasiado lento, el café lo mantenía despierto. 

Iban a ser las dieciséis y decidió salir a dar una pequeña vuelta, el aire se le hacía pesado.

Salió y caminó a su vehículo. 

Ingresó, condujo y llegó. 

¿A dónde?

Su café preferido.

El reloj de allí marcaba las dieciséis, donde encontró a su chica besándose con otro.

Se dio la vuelta sin el menor estorbo, sin inmutación.

Salió y caminó a su vehículo.

Ingresó, condujo y llegó.

Eran aún las diecisiete, retrasó su reloj tres horas y un minuto.

(Así, pasaron a ser las trece y cincuenta y nueve.)

Pasaron dos horas y, según su reloj:

Murió a las quince y cincuenta y nueve, 
y todo el mundo con él.



Túnel III: El Amenazado




Día tres, se me está acabando la tinta para escribir a ciegas, tú y tu pecho no aparecen, solo escucho un latido que envejece, lento y único, vacío aquí en este recóndito lugar. No es esa cosa el principal problema, es la mala suerte que me embarga de ni siquiera encontrar una linterna. Tú das igual. No, no mentiré aquí en este recóndito lugar. Das todo sin nada. ¿A cambio o de cambio? ¿Por cambio? ¡Eso no es nada! Estoy volviéndome loco por dentro mientras aparezco lúcido por fuera, quieto, quizá en mis ojos se note un poco la tristeza y la melancolía, el desespero y estas subyacentes ganas de morir, pero en realidad la sonrisa y los párpados niegan aquello y hacen sentir que es una alucinación, o quizá el entrecejo y la comisura invertida hagan parecer rabia aquello que es un dolor mortal que quema por dentro. ¿Cómo si no es doble el sufrimiento se hace uniforme? Hay sensaciones que quiero plasmar en un pecho ajeno porque ya no tengo espacio en el mío, se me hace imposible porque muero de frío moverme a una sala contigua en este recóndito lugar. No mentiré, no hay otras salas. No sé dónde estoy ni hacia dónde es la salida. No veo luces, tampoco cargas, no veo ni siquiera mis venas largas. ¿Sí? ¿Lo tienes? Es una dulce ironía que no saca sonrisas sino que preocupa y desmotiva, ¿este soy yo? Nostálgico y melancólico, la pluma lleva, arrastra y quema. ¿La tinta? Expresa y serena. Aire divino que me golpea y me enajena; mi alma ronda y ronda, círculos en ruinas, Borges en un túnel, Sábato amenazado, y la luz no aparece y me quema el frío, porque en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío.

Y me duele una mujer en todo el cuerpo.




Túnel II: Ruinas Circulares




Entonces el epílogo hace testigo de cuenta por uso de aparición, ¿cuerda la visión o el amontonamiento? La melancolía me atrapa en un rincón, me despoja y me enerva, me deja lleno de amargura y frustración. La necesidad de tener entre mis manos algo me llena de avaricia que se ve frustrada por incapacidad. La otra necesidad de ver un espejismo y palparlo se ve difuminada por él mismo, que se nota espejo y se lanza a un abismo. La luz no existe y solo me queda pensar mientras me relaja el día, mientras el aire me llena y el otro me sofoca, el sol y la luna llena, porque tan inalcanzables están que me hacen llorar, tal como avaricia y espejismo, los dueños de la tristeza que me embarga ahora mismo. ¿Salida? Estoy caminando, viendo por cada poro de mi piel a sabiendas de que la salida puede estar en mi mismo; pero realmente la salida está en la mano que no encuentro, la luz de sus ojos me llevará a tener paciencia para encontrar la verdadera luz, pero no encuentro más que oscuridad dentro de un túnel que no para de llorar.

¿Dónde estás?

¿Te has ido?

¿O te has quedado conmigo?




Túnel I




¿Cuándo fue que lo perdí todo sin darme cuenta?

Estaba caminando por la calle transversa y me dispararon en una pierna.

¿Cuándo fue que dejé de sentir el oxígeno en mis pulmones?

El rumbo de mi vida se amontona en esquinas de basura que son tan pesadas como el plástico que las recubre, pero que por más que lo intente no puedo apartar, ni siquiera me puedo acercar porque no soporto el olor, ni siquiera una sonrisa esbozo porque mi musa está de reposo, allá sentada charlando con otro, y yo aquí intentando socavarle información al jefe de redacción, a ver si me cambia los puntos por comas, y los puntos y comas por corazones.

¿Dónde están mis emociones?

Maldita sea, aquí encerradas en mi pecho. Las ganas de morir se me juntan como mil dagas que se incrustan mientras yazco en ese pesado lecho, rodeado de basura y más basura, intentando cada vez más salir, pero cada vez más hundiéndome en mi propia miseria. 

¡Miseria inaudita que corres por allá!

Ven aquí y golpéame una vez más, que no me duelen tus lágrimas porque ya no sé llorar, la vida se me hace corta y larga a la vez, mientras espero sin gusto aquel tren. ¿Y mi musa? En la esquina de la estación, charlando con otro, mientras lloro de emoción ante tanto alboroto, las personas gritan, los operadores llaman. ¿Las luces se apagan?

¿Cuándo fue que me sentí muerto?

Aparecí el otro día frente al espejo como si nada, como tal como esperpento, sin estar muerto pero viviendo por fuera mas no por dentro. Me rompí por fuera para llorar por dentro, y sentí que las ánimas me rodeaban tentándome a abandonar la velada.

A abandonar este jodido mundo incierto.




Dos caballos



Nos adentramos en la cabaña y preparamos las provisiones. Aquel tomaba un poco de aguardiente para pasar el frío, el otro se abrigaba más de lo que podía. Yo era precavido y pensé en el calor de la cueva. Si llevaba mucho abrigo para el camino helado luego no tendría necesidad de él en el calor infernal del bosque bajo la tierra, sería un peso de más, lleno de tanta maldad podría matarnos sin dudarlo, asados como pavos en plenas festividades. No advertí porque el tesoro sería dividido.

Salimos y encontramos dos más, uno abrigado y el otro no. Charlamos un minuto y luego partimos. El frío era enmudecedor, me sentía en aras de la muerte, perdido y sin suerte. Hasta que tras la nieve aquel otro divisó una sombra. La seguimos y encontramos otro tartamudo. Se unió, ya eramos seis. Mientras yo pensaba ellos caminaban. Yo no caminaba, no sentía que lo hiciese, simplemente pensaba, y ese era el motor cinético que movía mis piernas. Hasta que paré. No teníamos rumbo. Mágicamente aparecieron dos caballos y atacaron a mis aliados. ¿Aliados? No sé pero murieron cinco. Todos. Los caballos no me vieron por alguna extraña razón. Saqué las motas y los reviví. Aplicaron sus hechizos de cura y seguimos caminando. Ellos no pensaban y por eso no se preguntaban como sobreviví. Parecían los perros de un trineo bajo el blanco mar sobre un blanco mar. Eramos el medio, sombras viejas que se rejuvenecían por cualquier soplo vital. Aquel otro notó una sombra y la seguimos. Encontramos a otro tartamudo. Se unió y eramos siete, luego ocho, eran siameses. Pensaba y era el motor. Luego los caballos. Murieron siete. Salí de la nieve. ¿Ese era el secreto? Entendí que debía advertir.

Los reviví y les dije que dejaran sus abrigos. Los dejaron y empezamos a caminar. La niebla era tan espesa que enmudecía. Pero rompí el silencio cuando vi que una sombra gigantesca apareció delante de nosotros. Teníamos más velocidad por dejar los abrigos y grité exclamándolo a los dioses. Mágicamente aparecieron dos caballos que se convirtieron en dos otros de nosotros. Eramos diez. ¿Se cumplió mi profecía? Resulta que la noche anterior noté en un mapa viejo que el bosque bajo la tierra tenia diez caminos, no encontré respuesta para poder explorarlos todos antes de que se nos agotara el agua y oxígeno. La encontré. Grité que siguiéramos y nadie me hizo caso. Me di cuenta que el silencio era nuestra aurora, y el ruido nuestro ocaso. Pensé y así mis piernas empezaron a girar. Mágicamente aparecieron dos caballos y devoraron a todos. No entendí qué sucedió. Esperé que se fueran y mis motas usé. ¿Eran infinitas? Se curaron y no pensé. Me quede fijo. Quería pensar, no sabía que hacer. Si pensaba, caminaba, y si caminaba, ¿sed? No precisamente per se, así que decidí decir lo que había pensado, sin pensar nada nuevo. Nadie me entendió. Me apuré porque habíamos dejado los abrigos. Murió uno de hipotermia. Otra mota. Me quedaban 29, ¿dos muertes aleatorias y tres de nueve por los caballos quizá? Tal vez debía dejarlos morir por más rato, así recargan sus almas en el más allá mientras yo deambulo hasta encontrar la respuesta. ¿Pero era inmortal?

Quizá solo permanecía vivo porque los demás eran carnada. ¿O yo era especial? Empecé a pensar, y a caminar. Pasó largo rato, estaba caminando lento porque pensaba lento. ¿Esperar acaso a los caballos me dejaba de lado el buen pensamiento? Me concentré y la velocidad aumentó. La sombra negra nos absorbió. Me di cuenta que habíamos entrado en el bosque y no pude contener mi emoción. Todo era negro, grité y todo se volvió blanco. Mágicamente aparecieron dos caballos y mataron a nueve. Sin pensar actué, y no usé las motas. Se fueron y salí. Me quedé fijo. Empecé a pensar pero no me movía. Necesitaba al menos un perro. ¿Eran perros? ¿Por qué no los valoro? Usé dos motas, quedaban nueve por tres. Pensé y me moví un poco más lento pero podía pensar mejor porque así no nos apresurábamos a llegar a la sombra negra sin pensar bien que hacer. Concedí el secreto a los otros dos y les dije que hacer cuando aparecieran los caballos. En realidad no hacía nada, pero les dije precisamente eso. Ellos luchaban, y por eso morían. Seguí pensando y traté de recordar lo que había en el bosque, adelantándome por si no tenía tiempo de pensar dentro de él. Mágicamente aparecieron dos caballos y no nos vieron. Reviví a los otros siete pero los caballos no se habían ido. Los dos fieles no se pudieron contener, pelearon y murieron. Me quedaban nueve por dos porque se me cayeron dos. Reviví a todos en un afán de apuro y desesperación. Quedaban nueve. Me quedé fijo por unos segundos y les concedí a todos el secreto. No querían aceptarlo. Los dos fieles me ayudaron a convencer a sus semejantes y comprendieron. ¿Yo no era semejante a ellos? ¿Por qué no los valoraba? 

Pensé y caminamos, lento, pensaba lento. Muy lentamente nos fuimos fijando en la sombra. Muy lento. Pensábamos lento. Todos cuchicheaban y se animaban a no hacer ruido. A no desesperar. ¿Pensaban? Íbamos lento, demasiado lento. La niebla se tornó grisácea y testaruda. Quería desesperar, ellos más, pero seguíamos lento, muy lento. Pensaba lento y me controlaba. Poco a poco era más negra. Poco a poco olía más el húmedo bosque. Poco a poco nos acercábamos. De repente todo fue negro y supe que entramos. Supe también contener mi emoción y callé. Ellos también. No pensé porque todo era negro. Uno de ellos botó el alcohol. Otro lanzó una chispa con sus pezuñas y prendió el fuego. Se vio. Luego otros seis tomaron estacas e hicieron fogatas portátiles que llaman antorchas, el otro aparte de los ocho se quedó fijo viendo una gema que había en la pared.

Las gemas eran peligrosas, las que coincidieran con el color de tu alma te absorbían, las que no te hipnotizaban. Y la que fuera del color contrario a tu alma te mataba. A aquel fijo lo mató una gema. De inmediato antes de usar una mota de las nueve que me quedaban les dije a los demás que no vieran las gemas. Tres voltearon por inercia. Dos murieron y el otro se quedó hipnotizado. Le tapé los ojos y lo volteé a otro lado. Los demás captaron. Reviví a los tres muertos y a los dioses gracias dí porque no habían sido absorbidos. Las motas... bueno, no funcionaban si un alma estaba dentro de una gema. Traía el cuerpo, pero, ¿y el alma? Todo era complicado. Me di cuenta que habíamos caminado mucho porque había pensado mucho, estaba más ávido gracias a que no había frío. Nos aproximábamos a la encrucijada de diez caminos y me di cuenta de ello cuando dejé de pensar. O al revés. No lo sé, estaba anonadado. Me quedaban seis motas. Nueve perros. Diez caminos. Tres metros antes de decidir. Le dije a la manada que cada quien debía tomar un camino.

Falso. No lo dije.

Pues dije la primera palabra, "cada", y nos movimos todos medio metro. Quedaban dos metros y medio. ¿Medio metro por palabra? Dije "quien" y nos movimos otro medio metro. Quedaban dos metros. Seis motas. Maldita sea, siete perros. Dos voltearon y fueron asesinados. A dioses gracias que no absorbidos. Cuatro motas, diez caminos, dos metros y nueve perros. ¿Qué hacer? No podía pensar. Puedo jurar que no lo hacía, pero milímetro a milímetro mi cuerpo se movía. Menos de dos metros ahora. Es decir, me quedaban tres en vez de cuatro palabras. Podía pensar un poco más hasta llegar al límite de tres y buscar esas tres palabras mágicas para dividir a los perros en los diez caminos. 

Y otra cosa, que cada quien tomara un camino distinto.

Nos íbamos acercando al límite de tres palabras, es decir, un metro y medio. Comprendí que no debía decir una palabra para guiarlos. Me quedaba viendo a uno y le hacía señas con la dirección de mi cabeza y mis ojos hacia un camino en particular. Funcionó; nueve caminos, ocho perros. Lo hice con tres perros más y todo era perfecto. Ni siquiera estábamos en el límite de las tres palabras aún, no necesitaba pensar mucho para hacer lo que hacía. Un perro más, otro más. Quedaban cuatro caminos, tres perros.

Me quedé viendo a otro, cuando me miró no me miró, no al menos por más de un segundo. Se desvió su mirada un milímetro y fue absorbida.

...

...

...

"¡No! ¡Maldita sea!"

Quedamos a trece milímetros del límite.

Cabe decir a estas alturas que en el límite de la bifurcación había una gema prismática que reflectaba cada uno de los colores. Leí sobre ella la última noche. Ella no hipnotizaba, no absorbía, no mataba. Ella al más mínimo contacto destruía tu mente, te mostraba en frente de tu frente tus más oscuros miedos. Te hacia sentir el fracaso y te mostraba todas tus pertenencias destruidas. Todos tus sueños claudicados, todos tus deseos sofocados. Te hacía creer que los mataste tú, a los sueños, y que las desperdiciaste tú, las oportunidades. Los deseos quedaban enclaustrados, las ganas aplastadas. No había otra opción. La gema arcoiris te llevaba al suicidio.

Nadie había escapado.

Pensé todo eso y agoté los trece milímetros.

Casualmente los dos perros que quedaban fueron los que denominé fieles. A estas alturas, ¿eran perros? No, maldición, no lo eran. ¿Los valoraba? No, maldita sea, no los valoraba. Eran mis compañeros de viaje, de excursión; buscábamos el maldito tesoro. ¿Por qué maldices tanto? Ya tocaste la gema. ¿Y por qué no nos hemos suicidado? ¿Y desde cuándo carajos hablas? Siempre hemos hablado, solo que nos tratabas como perros, y no nos valorabas.

¿Dónde estamos?

Era la cabaña. Eramos tres. Uno tomaba aguardiente, el otro se abrigaba. ¿Fue un sueño? No, no lo fue.
No, definitivamente no.

El otro fue a abrir la puerta y ella voló. Una ventisca tremenda entró y devoró la cabaña por dentro. Volaron los techos, volé yo, volaron ellos. La nieve nos arrastró lejos, muy lejos de todo sitio reconocible. Nos devoró, nos arrastró.

Mágicamente aparecieron dos caballos. 

Y mataron a los dos.

¿Yo?

Aquí estoy, a punto de saltar.





Relevo de pruebas (II)




Hace poco se separó el camino que una vez nos unió,
lo corté con desdén y sin la más mínima gana de volver.

Mírame bien entonces porque no soy aparición,
tampoco soy fantasma de tu inocuo pasado,
soy la fantasía más prohibida que alguna vez tuviste,
y que bajo las ánimas estrelladas nunca cumpliste.

Mírame bien entonces porque no vine a juzgar,
tampoco vine a expresar mi odio y decepción al mirar.

Tu cuerpo acá tras la puerta que no terminas de abrir me invita a jugar,
a reír,
a rasgar,
a destrozar.

En tus ojos siempre bailó la lujuria más intensa,
hoy no ha sido la excepción,
sucinta musa maestra.

No quería dar tantos rodeos pero es que tu cadera es hipnótica y marea,
tus atractivas pupilas son un mar que ciega y envenena,
tu lascivia me golpea,
tu mirada me enajena.

A nadie más que a ti,
y por eso vuelvo aquí.

No te extraño ni te amo, no he olvidado ni el más minúsculo daño, no olvide las promesas que rompiste y como me destruiste, no olvidé jamás que siempre me quisiste y eso no te bastó para hacerme feliz, solo supiste volverme un triste infeliz que amarga su vida en alcohol y noches sin control.

Pero no significa...

No significa que ya no te desee,
no significa que ya no te quiera de esa manera que quieren los leones a las gacelas.

Por eso quiero ver tus cuerdas vocales vibrantes,
llenarte de cansancio incesante y que mañana tu camino sea errante,
unas piernas sin aguante que griten al son de mil corales impresionantes,
que todo vuelva a ser relajante de manera extravagante,
y que no te importe todo lo que sucedió en nuestro pasado aniquilante.


Mirame bien entonces porque mi odio nunca impedirá que te haga el amor como nunca antes.


Yo te deseo, tú me deseas.

Relevo de pruebas



Nadie me necesita, yo los necesito.

En dos compases lloraron mis ojos,
en un dos por tres lloraron al revés.

Porque absorbí todo el agua del aire,
y exploté como árabe con fe.

El alcohol se sumergió en mis venas,
y mi corazón prendí en una botella color rubí.

Te vi pasar desnuda y no pude evitarlo,
te recorrieron mis ojos a su plácido antojo.

Te llamé un par de veces pero no respondiste,
entonces me sentí sumamente ignorado y al cuadrado.

Cuando dejé de lado mis prejuicios y orgullos,
volteaste.

Y rompiste mi lírica,
me venciste y levantaste,
siempre tan cínica,
siempre tan exultante.

Tus besos fueron antojos, tus ojos estaban radiantes.
Recuperé mis fuerzas y te hice el amor como nunca antes.

Tú no me necesitas, yo te necesito.



Entre tus pechos





Ha nacido dentro de mi una mezcla, bastante siniestra.

¿Por qué escribo tantos versos para ti con esta maldita mano diestra?

He encontrado un camino, un día cualquiera, no había bebido absolutamente nada de vino; y allí estaba lo que a todos nos espera. Multitud de personas estaban confrontadas en el andén, yo apoyado en una pared sin fin tenía en frente un camino a seguir. 

¿Al edén? ¿Al infierno a sufrir?

Al final del camino una franja amarilla,
exactamente en mi visual recta un "el".

¿Pista sencilla? ¿Para mí o para él?

Súbitamente pensé todo,
calculaba nada.

Aguardaba ansioso del tren la llegada.

¿Cómo te saco de mis pensamientos, maldita mujer,
hecha de cerezos y piel de miel?
¿Acaso has venido para quedarte y nunca partir,
o para hacerme llorar y nunca sonreír?
¿Por qué siempre apareces cuando me quiero morir,
tienes algo para mí o a favor de mi existir?
¿Dónde has estado cuando te he necesitado hoy y ayer,
cuando a punto de perderlo todo estuve, maldita mujer?

Un hombre a mi lado me habló,
no lo conocía
y tuve ganas de preguntarle si creía en un dios.
Podría.

Tres metros antes del "el" se detuvo,
sin contemplación, hasta allí estuvo.

Reinició lento
y comprendí que no era mi momento.

Hasta allí esa historia sin mágico fin.


***

Luego lo clásico,
encontré mil defectos en contra de mi beneplácito,
me sentí parásito,
notando todo aquello tan misteriosamente básico.

Me pregunté si algún día dejaría de encontrarlos,
y ser feliz sin notarlos a todos ellos,
que montados siempre en sus malditos camellos,
se burlan de mi sin yo siquiera mirarlos.

¿Existe la chica ideal?

Mi tolerancia con todo aquello diferente
vive en el cielo más sumiso,
pero la tolerancia con cualquier pareja,
en el frío piso.

Cuál es mi solución,
cómo evito mi frustración.

Suelo preguntarme si debo conformarme,
o si debo ilustrarme en el arte de esforzarme.

Esforzarme en una búsqueda que aparenta ser infinita,
pues irónico sería que la búsqueda de lo infinito sea finita,
y que el perfume de tu sexo sea tan perfecto
como cada uno de tus pensamientos.

Sería algo más que utópico que te guste lo mismo que a mí,
pero sería contraproducente porque también te gustarías así.

Sería fantástico que quisieras hacer lo mismo que quiero hacer yo,
pero sería una locura que te devoraras al mismo tiempo que lo hiciera yo.

¿Por qué no puedo simplemente tener una noche llena de vino en tu ser,
y así olvidar todo lo que no me gusta de él?

Empieza a devorarme por la entrepierna y así eliminarías todas mis dudas,
e irónico sería pues empezarías por la que menos suma.

Calla mis pensamientos y controla mi espuma,
mi rabia, mi enojo, mi ira en suma.

Que lo único blanco que salga de mi sea tu alimento,
y que no me importe ninguno de tus pensamientos.

¿Qué es pera?

Hazme un maldito animal que no piense ni dude,
vuélveme un canino sumiso que con su lengua te estimule.

Rásgame,
rómpeme,
tritura mi mente,
apodérate de ella,
inclemente,
maldita puta, mi doncella.

Sé para mí lo que quiero que seas,
sin dejarme subir los listones cada vez que lo hagas,
así cada vez que te veas,
veas en ti lo que quiero en mi cama.

Súbete,
móntate,
descontrólame como solo tú sabrías,
haznos protagonistas de nuestra más infame fantasía.

¿Dónde estás?

No te veo.
Es que has logrado cerrar mis ojos con tanto jadeo.
Se acaba la cena y ya tus pérdidas no veo,
y entre tus líquidos me regodeo.

¿Has pillado cómo es que se hace?
Pues venga, basta de hacer las paces.

Hazme el amor, la guerra y todo lo que de tu corazón y de tu sexo nace.

Habita tu ser en el mío y hazlo perfecto,
déjame de una buena vez sin techo.


Quizá mañana recuerde tus defectos,
pero estaré disfrutando entre tus pechos.






Madrid IV




-Bien caliente y expresso, servido.

-Jul.
-Pues no es la gran historia, tiene un trabajo muy importante que le está ofreciendo su padre en Marsella y se irá en unas semanas.
-Pero... ¿Por qué lo acepta? ¿Dónde me deja a mí?
-Ahí se complica. El papá prácticamente la está obligando, puso su reputación en juego y no puede dejar que su hija rechace el trabajo.
-Qué mierda, ya entiendo la llamada.
-Lo peor es que no se sabe si volverá, no es temporal.
-Necesito hablar con ella, iré a su casa. Gracias Jul.

Se levantó, se fue.

-Pues de nada.

Tomó el tren.

-No sé qué carajos le diré pero debo convencerla de que no se marche.

Bajó. Tocó. Pidió hablar con ella. Entró. Subió. Tocó.

-¿Quién?
-Yo...

Abrió.

-¿Qué haces aquí? Olvidé llamarte, lo siento.
-Julieta me lo ha contado todo, carajo.
-¿Qué...?
-¿¿Cuándo pensabas decírmelo eh??
-Hoy... mi amor, te llamé para eso pero... en un último intento de convencer a mi padre todo terminó mal.
-No me dejes...
-No quiero pero no tengo otra opción. Me ha amenazado joder, si no voy me bota de la casa, y yo no tengo a dónde ir.
-Te quedas conmigo en mi casa.
-Ahí sabes que no tengo cabida, y no tiene sentido.
-Sí tienes... o bueno. Tengo una mejor idea.
-¿Cuál?
-Vente conmigo a Argentina. Tengo una casa allá libre, es de mi tío y tiene mucho espacio. Tengo dinero ahorrado para los boletos.
-No... es muy lejos, extrañaré a mis amigos... Y mis padres se vendrían conmigo a Francia... También está la universidad, mi papá me está pagando una en Marsella y es de las mejores, en reali...
-¡¿Pero qué carajos estás diciendo?!
-¿Qué est...?
-¡¡¿¿Acaso no te escucháis??!! ¡¿Me quieres dejar?! ¿¿Te importa más cualquier otra de esas estupideces antes que yo??
-Es que... estoy confundida, no sé qué hacer...
-Me largo, sé feliz.
-¡No! ¡Espera!

Salió. Bajó. Salió.

Fue tras él pero no lo alcanzó. Tampoco sus gritos.

Ella rompió en llanto.

Él quedó inmutado. No pensó prácticamente nada en horas.

Se limitó a ver la ciudad desde su ventana.

No sabía qué hacer.

Salió, bebió un rato.

Caminó. Lo robaron.

Sintió congoja en el alma, y destrozo en el corazón.

No entendía por qué era tan difícil para ella irse con él.

Entonces decidió que no iba a decidir nada.

-Si mañana me despierto y coloco el pie derecho primero, sigo con mi vida, si no, lo contrario.

Pensó y se dio cuenta que podía despertarse antes y decidir con que pie empezar el día, pero eso no lo sabría más que él y su conciencia en todo caso. Esperaba hacerlo inconsciente, pero la verdad es que tampoco sabía qué hacer, así que no tenía preferencia ni por el derecho, ni por el...

-Izquierdo.

Lo haré con veneno, en vino, para que sea elegante.

Primero a la farmacia, luego al bodegón.

Salió.

Caminó, y caminó. Luego entró.



Jeannie




Hoy estaba pensando un rato en ti.

En tu ser y en lo que fuimos.

En el sexo y el libre albedrío.

Tanto aquello lo que vivimos.

Tanto amor como un río crecido.

Entonces se me ocurrió un poema:

Desearía nunca haberte conocido.






Cien copas de viaje subconsciente




Anoche soñé, y no solo soñé, la soñé. Lamentablemente fue solo un sueño, pero vaya sueño tan maldito, lleno de tanto, y yo acá tan vacío de todo, abismal. Algún día contaré el sueño, pero por los momentos no, tengo cosas más importantes que hacer. La empresa quiere que haga un viaje con unos cuantos arquitectos jóvenes que tienen apariencias engañosas, no sé si son muy exigentes y quieren parecer lo contrario o quizá justo al revés; ya veremos.


***


Han pasado dos semanas; estoy de vuelta a casa después de aquel largo viaje.

El hotel donde nos quedamos parecía una cosa de otro mundo, todo lleno de lujos que pocas veces había tenido en mi vida. La primera noche fue de descanso hasta que dejé de descansar. Eran las once de la noche cuando uno de los jóvenes llamó a mi puerta invitándome al bar de la piscina. Pensé perspicazmente y me imaginé una trampa, así que acepté para jugar un rato en su juego; amo los riesgos. Bajamos y la piscina deslumbraba, el bar también. Empezamos a beber entre todos y contar historias absurdas que no tenían nada que ver con nuestra profesión. A eso de las doce y media ya estábamos medio embriagados, las luces empezaron a bajar y todo empezó a ponerse más interesante, llegó un grupo de turistas entre las cuales habían varias chicas hermosas, se unieron a nuestro grupo y empezamos a disfrutar cada vez más de los juegos que se posaban en nuestras mesas. Corría la una, fui al baño un minuto y cuando salí noté desde la lejanía una cabellera con nombre y apellido. No era tan larga como la recordaba, pero era ella, ella era. No supe reaccionar, así que menos mal estaba lejos del grupo. Ya las luces de la piscina estaban apagadas, el baño quedaba al lado de ella, así que estaba oscuro el lugar donde me quedé pasmado intentando conservar la poca cordura que parecía quedarme.

Me acerqué al grupo como si nada, intentando evitar cualquier roce de miradas. Fue inevitable el encuentro implícito pues se me acercó una amiga de ella y mientras me la señalaba me decía que había venido. Yo intenté no voltear y le dije que ya la había visto, pero cuando de reojo noté su presencia ella estaba viéndome. Me sentí incómodo desde la carótida hasta la médula, pero el alcohol me empezó a ayudar. Seguí disfrutando de la música y el licor con mis compañeros mientras mi mente revoloteaba en mil cien pensamientos sin sentido que el mismo alcohol opacaba. Sonaban canciones que me recordaban a ella y las cantaba con la mayor pasión del mundo, sin verla pero viéndola.

Melodías inocentes, son un puente al pasado, pero cada pecado me deja marcado.

Habían pasado meses desde la última vez que nos habíamos visto, no podía entender tampoco como es que habíamos coincidido en el mismo hotel, demasiada casualidad. No quería hablarle, pero quería hablarle. No lo hice. Avanzó la madrugada y cada vez me embriagaba más, no quería parar, tampoco podía. Los jóvenes eventualmente se enteraron de lo que sucedía, borracho no guarda secretos. De aquel lado también parecían todos saber que yo era la anterior pareja de aquella cabellera. Es incómodo recordarlo, pero en el momento el alcohol y la música suprimían esos sentimientos, yo me sentía en una especie de juego macabro. Yo me reía y sonreía, empezaba a recordar, empezaba a fabular recuerdos, cosa peor.

Dime que todo está bien, que me quieres igual que ayer, cuando fuiste mi razón para estar vivo.

De la nada un tipo la sacó a bailar y mis celos se subieron al Himalaya, me preguntaba si era su nuevo novio hasta que el tipo la intentó besar y ella lo negó. Sonreí. Luego recordé que si tiene novio aunque no estuviera allí. Fue triste y melancólico.

Tanto tengo y tanto me arrepiento.

Una de sus amigas se me acercó y me invitó a bailar, un poco alejados del grupo, fue agradable porque necesitaba bailar un poco. En determinado momento pude verla viéndome bailar con su amiga y tuve que contener mi sonrisa, el hecho de que me viera era importante para mí, ¿pero por qué? No era una mirada cualquiera, era una mirada que aunque llena de alcohol poseía una sinceridad, un interés real detrás de cada retina.

Qué nuestro último gesto sea sincero, un amor de muerte natural.

Dejamos de bailar y un amigo en común que estaba muy cerca de ella me llamó, me acerqué tratando de evitar el cruce de miradas, era tan difícil que no tienen idea. El amigo me preguntó que qué hacía aquí. Me vi tentado a mentir pero le dije la verdad, un viaje de negocios y nos estábamos distrayendo antes de empezar. Me invitó una copa y empezamos a charlar. Ella escuchaba todo y trate de ser lo más natural posible, no decir ni hacer nada que la pudiera molestar, pues es antónimo de enamorar. Pero, espera, ¿la quería enamorar? Siempre intento eso con todas pero... ¿A ella? Digo, ¿otra vez?

Y ahora que vienes y que vas, al no poder quererte... te quiero más.

Terminamos la charla y volví a mi estancia con los jóvenes, ya era avanzada la madrugada, quizá tres, no tenía en realidad noción, unos cuantos juegos, algunas chicas cortejándome, mi melancolía se había disipado por unos minutos hasta que volvió como por arte de música, o literalmente así fue, para ser sinceros. Había un colmo y era que la luna estaba llena, la piscina se veía reflejada en ella, o quizá al revés, el alcohol no me dejaba notar eso.


Cuando me enfrente a mi último abismo, seguiré sintiendo lo mismo, ¿no escuchas mi lamento? Es como un grito contra el viento.


Me alejé del grupo y me acerqué a la oscuridad de la piscina, empezó a sonar una canción que me destrozaba el alma y me senté en el borde, coloqué el cigarrillo en mi boca y comencé a sufrir por dentro. Los recuerdos me invadieron y me golpearon, me aruñaron, me patearon. Sacaron sus armas automáticas y las vaciaron en mi pecho, traspasaron mi alma, la dejaron irreconocible

Hoy es de cada uno lo que fue de los dos.

La sorpresa llegó a mí cuando escuché una dulce voz tan única que timbré de nervios.

—¿Puedo sentarme?

Si el orgullo es pasajero, y mi dolor es eterno, todos mis excesos yo los pago con corazón.

Quise hacerlo especial.

—Mi lugar sigue siendo tu lugar.

Pude notar su sonrisa.

—¿Y tu cigarro puede ser mi cigarro?
—Claro.
—¿Qué haces acá tan solo?
—Disfruto de la soledad.
—Debo irme entonces...
—¿No has escuchado que la soledad se disfruta mejor acompañado?
—En realidad no, mi vida cambiará después de saber eso.

Quien sabe cuantas lunas contemplamos pasar, echados en la terraza.

El silencio se apoderó de la escena. Yo veía la piscina, las estrellas tan narrables, la luna tan épica. Ella probablemente veía al vacío, siempre le gustó. También le gustaba verme a mí, y en tanto volteé a verla en alguna ocasión estaba viendo mis manos, o viendo al vacío mientras sus ojos físicamente miraban mis manos, nunca lo sabré. La nostalgia se apoderaba de la noche con esa canción. La luz tenue era perfecta para las medias sonrisas y las miradas eventuales. El hielo de la noche era agradable hasta cierto punto, uno en el cual el cigarrillo se consumió.

No dejo de pensar en lo que dijiste, no dejo de aferrarme a lo que me diste, no cambia lo que siento la distancia es como el viento, de vivir en el pasado, quererte a mi lado.

Me levanté y la invité a pasear en los alrededores de la piscina, nada especial.

Aunque sé que al final de la madrugada nunca queda nada.

—El frío me está matando.
—Las nalgadas quitan el frío.

Miénteme con sentimiento, miénteme como yo te miento.

—¿Por qué hiciste eso? Respet...
—A ver... respóndeme una pregunta con total sinceridad, por favor; ¿aún consideras que soy tuyo?

Sonrió.

—Sí.

Sonreí.

Además en algún sitio alguien te debe esperar, no te quiero atrasar, no te quiero atrasar.

—Pues así como tú consideras que yo aún soy tuyo, yo... aún te considero mía.

El alcohol estaba haciendo su trabajo. La luna también. El calor de la piscina también. Las sonrisas no faltaban gracias al ambiente, para suerte la canción se prestaba, para más suerte mi maestría sale a flote también bajo los efectos del alcohol. Me fui a una esquina bastante oscura y saqué un cigarrillo que prendí al ritmo del mar, tan sensual oleaje que atrae, sin marear. Inevitable. Se apoyó de la pared tal como yo a mi lado en silencio y empezamos a disfrutar nuestras soledades.

Me dejas pero siempre estás aquí, conozco muchas lobas con más pedigree.

Salí de dicha oscuridad para bailar la canción, intentando provocarla con la letra, me sumergí en el alcohol mientras lo hacía y las guitarras eléctricas hacían la noche, la batería dictaba el ritmo preciosamente y sus ojos me miraban como un búho con insomnio, atentamente. Sonreíamos y nos divertíamos, era lo importante. En determinado momento me pregunté por qué hacía lo que hacía. Yo sabía a dónde iba el sendero de mis acciones, ¿a ella? Digo, ¿otra vez? Supongo que en el fondo era lo que quería, y qué más daba desinhibirse en esa noche tan mágica. ¿Si ella lo quería? Si yo lo quería ella más aún lo quería. Y si yo lo quería ella lo quería, así ella no quisiera. Tajante.

Así así así, bésame con frenesí, así así así, mi capullito de alhelí.

Pero no era el caso, ella quería. Se me abalanzó encima en un momento que nunca esperé porque lo esperaba en cualquier momento sin esperarlo, la ciencia de las estrategias es ir pensando mientras pasan las cosas y no confiar en que pasarán. Me llevó a trompicones al muro a oscuras y nos besamos con frenesí. Su vestido se prestó y ella más aún. La noche no nos miraba porque estaba pendiente de la luna, y la piscina estaba pendiente de las estrellas, el calor era el único que nos miraba y aumentaba. Era imparable, inevitable, pero inconcebible.

Esta vez no habrá último polvo, no habrá último beso, no estamos para eso.

Si estábamos para eso.

—Espera... yo...

Me temí lo peor y por microsegundos mis neuronas entraron en pánico. Tracé todas las posibilidades en una mesa y medí las posibles respuestas, amenazas, consecuencias; las coloqué superpuestas, yuxtapuestas, las sinceré y las modifiqué, calculé, algebré, nada por aquí, nada por allá, tenía que pensar bien.

—Yo soy virgen.

Sonreí porque no sucedió lo peor, eso era un permiso camuflajeado, implícito. La respuesta aquí era tan intuitiva que ni siquiera la pensé.

Tu estrógeno, es adictivo, es alucinógeno, fenómeno.

—Recuerdo que hace años me dijiste que sería el primero, bonita hora para cumplir. Tú eres virgen y yo soy yo, no soy cualquiera.

Entonces llegó el momento en el cual no puedes permitir que piense, porque si piensa, pierdes. Tomé la delantera y toqué el botón que desactiva su cerebro. Botones, para ser preciso. Todo iba perfecto. ¿Olvidaba algo? No olvidaba nada, mágicamente. Ella perdió algo esa noche al lado de aquella piscina y ella sonreía, lo disfrutaba, al igual que yo, que al escuchar unos ruidos me detuve. Venía un grupo a hacer algunos cortes mágicos de humo tras bastidores, eran más de las cuatro y cuarto probablemente.

Quédate tranquila mejor menor, ¿no te das cuenta que yo soy un señor?

No había que vestirse porque apenas nos habíamos desvestido, o ni siquiera. Me acerqué a uno de los magos y le robé la bebida porque ya llevábamos más de una hora sin beber. Me devolví y lo compartí con ella, estaba sentada en el borde de la piscina de nuevo y muy pensativa. No tenía ni el más mínimo frío, ella tampoco. Tarareaba la canción y me abrazaba de lado, yo cantaba y veía las estrellas. No sabía qué esperar de ella, sinceramente, iba a entrar en pánico si había alguna acción no planificada. Bebí todo lo que pude porque quería perder la noción de todo lo que conociera.

Si el amor es la guerra no quiero paz, por favor no te rindas jamás.

Los magos se fueron y quedamos prácticamente solos de nuevo. Mi corazón latía a mil por segundo, la piscina me absorbía, sentía ganas de lanzarme. ¿Y ahora qué? Esperaba que se arrepintiera, que me dejara solo allí, que me insultara o que me golpeara y me odiara. Esperaba que llorara, esperaba tantas cosas negativas que quedé frío después de dos palabras.

—Quiero más.

Hiperquinética, electroestática, intergaláctica, aerodinámica, estereofónica, estratosférica, afrodisíaca, ninfomaníaca.

Apenas sonreí me besó. Se apoderó de mí y me hizo todo lo que quiso. Ella estaba consciente dentro de lo que cabe, no soy tonto, no lo suficiente para no notarlo ni tampoco tanto para mentirme a mi mismo. La brisa nos acariciaba con frío y la noche empezaba a terminarse. La llama nos quemaba por dentro y no nos dejaba en paz. Eventualmente nos extenuamos y el sol empezó a hacer el cielo tan claro como oscuras nuestras mentes. Yo no sabía que pensar, supongo que ella tampoco. Era tan extraño todo. Eran nuestros cuerpos y nuestras mentes en contra de nosotros mismos. Lo indebido, eso era lo que nos quería detener. Yo sentía faltas, ella más aún. Su conciencia no la iba a dejar quieta por mucho tiempo. Yo me sentía mal por eso, vergüenza ajena. Tenía que hacer algo, no podía ser tan cruel, yo era cómplice.

Cierta información, nadie debe conocerla, mi secreto es mi prisión.

Estaba medio dormida, le pellizqué uno de los cuatro botoncitos y me sonrió, me aproveché y le susurré.

—Todo este tiempo me habías sido infiel a mí, hoy me fuiste fiel por primera vez en mucho tiempo, me lo debías, nos lo debíamos.

A veces eres la enfermera, y otras más la enfermedad.

Sonrió y se durmió ya en la habitación.

Me fui a bañar y luego me acosté a su lado a dormir.

Y cuando me entregue a mi último sueño, seguirás sintiendo mi empeño, hasta que tu alma un día descanse con la mía.


***


Me desperté y tenía que hacer las maletas, un viaje con unos cuantos arquitectos jóvenes que tienen apariencias engañosas me esperaba.









En obvio honor a Caramelos de Cianuro.








Arenas caligrafiadas






Y el instante pasó, solo una historia más.


Un café a las seis de la mañana, tan inexistente como el de las ocho, pues en realidad sin ti despierto a las diez; tan poco que no se me hizo costumbre. La sonrisa y aquellos días, buenos o malos, no siempre estaban, pero a veces estaban. A veces la noche se me teñía de rosa y me rodeaban tus caricias, tan falsas que te hacían llorar en mi pecho, otro tan falso que se me quebrantaba por dentro. Sin ganas de admitir que realmente me adapté, asevero que tan blancas las nubes de un día soleado no hice de mis ojos agua cuando te observé por primera vez; al cabo lo admití. La posibilidad reinaba en la habitación y no soy de desaprovechar oportunidades, he allí las puertas, abiertas. El perfume de tu cabello era tan fresco que nunca lo respiré, y el de mi cuello tan intenso que te desmayaste antes de poder respirarlo. Escribimos en la arena historias de amor modernas y calladas, escribimos en las nubes a punto de lloverse en nosotros, escribimos en la guitarra sonidos que más nunca volverían, que para siempre se irían.


Entre dormido y despierto me atacó como un ladrón tu recuerdo,
trato de atraparlo y se me va entre los dedos.



Porque no existe, ni existirá, es un fantasma que ya pronto se irá.





Borracho y loco




¿Alguna vez te has arrepentido de algo? Yo tenía 24 la primera vez que me arrepentí. La chica de mis sueños estaba justo frente a mí a punto de partir en un tren a una ciudad bastante lejana, era probable que no la volviera a ver en unos cuantos años. Ella me miraba como si no le importara más nada que yo. Me había preguntado que si quería que se quedara y le dije que no podía ser egoísta, que ella debía hacer ese viaje. Se quedó unos segundos mirándome fijamente a los ojos, me abrazó y subió al tren. Yo sabía que ella quería quedarse, pero no tuve el valor de decirle que se quedara, no sé qué me pasó.

Y se fue.

La he vuelto a ver solo en sueños y en fotografías viejas que están guardadas en cajones ocultos para que no pueda caer en depresión solo con verlos. Me arrepentí justo en el instante en que supe que no podía hacer nada, y eso como dolió. Ella me amaba a pesar de todos nuestros males, de todos los míos, los de ella; todos. Era un ángel y lo dejé ir con dios de nuevo, cuando ella quería que yo fuera su nuevo dios.

Desde entonces me arrepiento cada vez que puedo, porque me he vuelto un cobarde. Unos meses después me ofrecieron un viaje a su ciudad, pensé en buscarla, pero me dio miedo. Todo me dio miedo. Lo rechacé, y cuando supe mi amigo ido sin mí, me arrepentí. Y ya no podía hacer nada.

De cierta manera estaba bien con eso, y al sol de hoy lo sigo estando porque si no, no estuviera lúcido escribiendo estas letras. Pero no me gusta estar bien si es con eso de fondo.

¿Alguna vez han querido devolver el tiempo? No es lo mismo que arrepentirse, es la fase siguiente. Y aunque muchas veces nuestra memoria nos traicione mostrándonos solo lo bueno, existe esa tentación de vivir de nuevo esas experiencias. Hay días memorables, y hay días memorablemente memorables, y ella está en cada uno de esos días. Así la condición sea que no puedo cambiar nada, volvería. Sé que algún día la volveré a ver, pero ya nada será igual, probablemente estemos en el mismo plano físico pero en dimensiones alternas, sin saber nada el uno del otro, como si nunca nos hubiésemos conocido antes, como un par de amigos nuevos que acaban de realizarse.

¿Alguna vez se han sentido tristes? Es lo que viene después de arrepentirse y querer devolver el tiempo, porque no se puede hacer nada con arrepentirse, y tampoco se puede devolver el tiempo. Lo he intentado. Primero agarré mi reloj de pulsera y giré las manecillas hacía atrás, cerré los ojos por unos segundos pero no pasó nada. Pensé que quizá necesitaba coordinar todos los relojes de la casa, así que lo hice; tampoco pasó nada. Me di cuenta que en realidad tenía que coordinar todos los relojes del mundo, así que me di por vencido en esa teoría. Dejé de desvariar y empecé a hacer cálculos cuánticos hasta que pude, determiné la fórmula de la masa por la constante al cuadrado igual a la energía empíricamente, pero luego no supe aplicarla a lo práctico en sí, quedé tan frustrado que empecé a buscar DeLoreans en los concesionarios. Eran muy caros. En mi obsesión empecé a frecuentar bares bohemios y a leer proyecciones de para cuando la famosa maquinita del tiempo. Pero dicen que para 2010 o 2020, y no sé si vaya a estar vivo para ese entonces.

Terminé al lado de los cajones con lágrimas en el piso, en las fotos y en las mejillas. Terminé sin ella y sin mí, porque me he vuelto loco. Quiero llegar a esos años pero no creo que la soledad me deje. También está el dinero, no creo que pueda comprarla.

Un día bebí y una botella empezó a hablar conmigo. Me preguntó que por qué bebía si yo era tan buenmozo. Me reí y le dije que no tenía nada que ver, que estaba loca. Se rio y me dijo que el loco era yo, que lloraba por no poder ver a una mujer. La botella se quedó mirándome como si me hubiese herido y no era esa su intención, pero me reí y le dije que no quería verla, que quería devolver el tiempo para volver a tenerla. La botella se quedó callada, ni se inmutó. Pareció compartir mi tristeza y se vertió dentro de mí, completa.

Al día siguiente ella seguía allí, vacía, pero allí, y comprendí que amaba esa botella.

¿Algún día se han sentido cuerdos y sobrios? Yo no, desde 1977.








Pérdidas de tiempo





Tic toc, sonaba y sonó,
todo inició tan pronto acabó.


La ciudad se liberó,
y aunque debo admitir en el momento menos indicado,
liberada quedó.


Se perdió, se perdió,
gritaba el ruiseñor,
hasta el día en el que llovió.


Perdí tanto al verte marchar,
perdí tanto que no lo puedes imaginar;
perdí demasiado,
perdí lo anhelado.


Lo peor es que lo perdí en mi propio templo,
en mi propio juego, en mi propio aposento,
porque al fin y al cabo fuiste mi peor pérdida... de tiempo.







Taurus A




¿Cómo crees que te iba a olvidar?


Si los amantes suelen confundir su mayor amor con inolvidable, tú que fuiste más que un mayor serás una nueva palabra, más allá de las más lejanas y más allá de las mundanas, nominales, sociales y convencionalizadas. Una taza de café con el ajuste exacto de azúcar que me brindaban tus cursilerias, con el agua a la temperatura justa de tus piernas y el polvo de café tan plácido como en tus ojos; inenarrable. El chocolate como en los besos que imaginamos, las fresas como en las caricias en los costados; clásico como un V8 inglés, excelso como un dieciocho escocés, atractivo como un pequeño siamés. ¿Sinfonías? Hablémosle a Tchaikovsky de cisnes porque en nuestro lago danzaron más de cinco mil, y que él nos aplauda tanto como las focas fanáticas que nos admiraron y a la luna de hoy nos admiran. Qué decir de ella, musa de ambos por cuanto amor derrochamos. ¿Anotamos? Todo está escrito en tu memoria y en la mía, un par de sofocadas tantas que en su sana lejanía siempre se amaron más de lo que todos creyeron que podían. Tu voz fue ese poema que Ruben Darío no pudo superar jamás, y mi voz fue esa cascada que siempre superó a tu más grande e interno Niágara. Tu cuerpo fue de esos que marcaron las líneas más precisas en los cuadros de Miguel Ángel, y las pinceladas más perversas en los trazos de Rembrandt. Mi cuerpo fue tu más grande misterio, de esos que en crisis llamó a Einstein a la imaginación, y a Nikola a la obstinación. Fuimos gases que se posaron encima de los planetas para indicar que no había vida en ninguno de ellos, haciéndoles creer que no, pero en realidad estábamos acaparando cada centro y cada luz, cada vez más y más, hasta que un día, tal como el sol en unos millones de años, nos quedamos sin combustible y nos volvimos una estrella apagada que al fin y al cabo, fue, es y seguirá siendo una hermosa estrella, blanca, lejana y siempre inalcanzable. Hasta que explotamos, tal supernova. Después de allí todo fue historia, y vaya que historia.




Té abandonado



Esto baja.


Plataforma en la que estoy,
lava ardiente cubriendo el cielo,
y estoy al revés bajando hacia el cielo,
bajando y bajando, al revés estoy.


No tienes idea de cuanto me dolió,
puñales fríos y sin control,
justo en mi herida cayó el alcohol,
ardió.


Pérdidas de tiempo,
infinitos,
finitos,
no te siento.


¿Por qué suelen atacarme cuando estoy desprevenido?
Sin protección ni defensas.
Mucho menos declaraciones de guerras extensas.
Llegué perdido.


El amor llega,
me toca,
se va,
sofoca,
y no llega.


Se va antes de llegar.






Me golpeas,
me cacheteas,
luego me sonríes,
te ríes.


Me desnudas,
sin censuras,
me excitas,
me quitas,
la ropa,
la copa,
derramas,
a la cama.


Pero apagas la luz y te vas,
así, sin más.


No entiendo nada de lo que sucede entre nosotros dos,
y por eso estoy débil.


Me atacan por los flancos,
me hieren y lo celebran con vino blanco,
me dejaste al descubierto,
pero no es tu culpa que yo de iluso tenga mi corazón abierto.


Hoy es noche fría,
sin ti,
sin nada de ti.








Noche vacía.








Te quiero justamente aquí, pero estás tan allá,
eres como una fuerza sin gravedad,
te alejas tanto que ya casi ni te veo,
tan alejada que ya no te veo,
demasiado lejos, en serio, ya no te veo,
oye, vuelve, en serio no te estoy viendo,
espera, ¿qué me estás haciendo?