Día tres, se me está acabando la tinta para escribir a ciegas, tú y tu pecho no aparecen, solo escucho un latido que envejece, lento y único, vacío aquí en este recóndito lugar. No es esa cosa el principal problema, es la mala suerte que me embarga de ni siquiera encontrar una linterna. Tú das igual. No, no mentiré aquí en este recóndito lugar. Das todo sin nada. ¿A cambio o de cambio? ¿Por cambio? ¡Eso no es nada! Estoy volviéndome loco por dentro mientras aparezco lúcido por fuera, quieto, quizá en mis ojos se note un poco la tristeza y la melancolía, el desespero y estas subyacentes ganas de morir, pero en realidad la sonrisa y los párpados niegan aquello y hacen sentir que es una alucinación, o quizá el entrecejo y la comisura invertida hagan parecer rabia aquello que es un dolor mortal que quema por dentro. ¿Cómo si no es doble el sufrimiento se hace uniforme? Hay sensaciones que quiero plasmar en un pecho ajeno porque ya no tengo espacio en el mío, se me hace imposible porque muero de frío moverme a una sala contigua en este recóndito lugar. No mentiré, no hay otras salas. No sé dónde estoy ni hacia dónde es la salida. No veo luces, tampoco cargas, no veo ni siquiera mis venas largas. ¿Sí? ¿Lo tienes? Es una dulce ironía que no saca sonrisas sino que preocupa y desmotiva, ¿este soy yo? Nostálgico y melancólico, la pluma lleva, arrastra y quema. ¿La tinta? Expresa y serena. Aire divino que me golpea y me enajena; mi alma ronda y ronda, círculos en ruinas, Borges en un túnel, Sábato amenazado, y la luz no aparece y me quema el frío, porque en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío.
Y me duele una mujer en todo el cuerpo.