Anoche soñé, y no solo soñé, la soñé. Lamentablemente fue solo un sueño, pero vaya sueño tan maldito, lleno de tanto, y yo acá tan vacío de todo, abismal. Algún día contaré el sueño, pero por los momentos no, tengo cosas más importantes que hacer. La empresa quiere que haga un viaje con unos cuantos arquitectos jóvenes que tienen apariencias engañosas, no sé si son muy exigentes y quieren parecer lo contrario o quizá justo al revés; ya veremos.
***
Han pasado dos semanas; estoy de vuelta a casa después de aquel largo viaje.
El hotel donde nos quedamos parecía una cosa de otro mundo, todo lleno de lujos que pocas veces había tenido en mi vida. La primera noche fue de descanso hasta que dejé de descansar. Eran las once de la noche cuando uno de los jóvenes llamó a mi puerta invitándome al bar de la piscina. Pensé perspicazmente y me imaginé una trampa, así que acepté para jugar un rato en su juego; amo los riesgos. Bajamos y la piscina deslumbraba, el bar también. Empezamos a beber entre todos y contar historias absurdas que no tenían nada que ver con nuestra profesión. A eso de las doce y media ya estábamos medio embriagados, las luces empezaron a bajar y todo empezó a ponerse más interesante, llegó un grupo de turistas entre las cuales habían varias chicas hermosas, se unieron a nuestro grupo y empezamos a disfrutar cada vez más de los juegos que se posaban en nuestras mesas. Corría la una, fui al baño un minuto y cuando salí noté desde la lejanía una cabellera con nombre y apellido. No era tan larga como la recordaba, pero era ella, ella era. No supe reaccionar, así que menos mal estaba lejos del grupo. Ya las luces de la piscina estaban apagadas, el baño quedaba al lado de ella, así que estaba oscuro el lugar donde me quedé pasmado intentando conservar la poca cordura que parecía quedarme.
Me acerqué al grupo como si nada, intentando evitar cualquier roce de miradas. Fue inevitable el encuentro implícito pues se me acercó una amiga de ella y mientras me la señalaba me decía que había venido. Yo intenté no voltear y le dije que ya la había visto, pero cuando de reojo noté su presencia ella estaba viéndome. Me sentí incómodo desde la carótida hasta la médula, pero el alcohol me empezó a ayudar. Seguí disfrutando de la música y el licor con mis compañeros mientras mi mente revoloteaba en mil cien pensamientos sin sentido que el mismo alcohol opacaba. Sonaban canciones que me recordaban a ella y las cantaba con la mayor pasión del mundo, sin verla pero viéndola.
Melodías inocentes, son un puente al pasado, pero cada pecado me deja marcado.
Habían pasado meses desde la última vez que nos habíamos visto, no podía entender tampoco como es que habíamos coincidido en el mismo hotel, demasiada casualidad. No quería hablarle, pero quería hablarle. No lo hice. Avanzó la madrugada y cada vez me embriagaba más, no quería parar, tampoco podía. Los jóvenes eventualmente se enteraron de lo que sucedía, borracho no guarda secretos. De aquel lado también parecían todos saber que yo era la anterior pareja de aquella cabellera. Es incómodo recordarlo, pero en el momento el alcohol y la música suprimían esos sentimientos, yo me sentía en una especie de juego macabro. Yo me reía y sonreía, empezaba a recordar, empezaba a fabular recuerdos, cosa peor.
Dime que todo está bien, que me quieres igual que ayer, cuando fuiste mi razón para estar vivo.
De la nada un tipo la sacó a bailar y mis celos se subieron al Himalaya, me preguntaba si era su nuevo novio hasta que el tipo la intentó besar y ella lo negó. Sonreí. Luego recordé que si tiene novio aunque no estuviera allí. Fue triste y melancólico.
Tanto tengo y tanto me arrepiento.
Una de sus amigas se me acercó y me invitó a bailar, un poco alejados del grupo, fue agradable porque necesitaba bailar un poco. En determinado momento pude verla viéndome bailar con su amiga y tuve que contener mi sonrisa, el hecho de que me viera era importante para mí, ¿pero por qué? No era una mirada cualquiera, era una mirada que aunque llena de alcohol poseía una sinceridad, un interés real detrás de cada retina.
Qué nuestro último gesto sea sincero, un amor de muerte natural.
Dejamos de bailar y un amigo en común que estaba muy cerca de ella me llamó, me acerqué tratando de evitar el cruce de miradas, era tan difícil que no tienen idea. El amigo me preguntó que qué hacía aquí. Me vi tentado a mentir pero le dije la verdad, un viaje de negocios y nos estábamos distrayendo antes de empezar. Me invitó una copa y empezamos a charlar. Ella escuchaba todo y trate de ser lo más natural posible, no decir ni hacer nada que la pudiera molestar, pues es antónimo de enamorar. Pero, espera, ¿la quería enamorar? Siempre intento eso con todas pero... ¿A ella? Digo, ¿otra vez?
Y ahora que vienes y que vas, al no poder quererte... te quiero más.
Terminamos la charla y volví a mi estancia con los jóvenes, ya era avanzada la madrugada, quizá tres, no tenía en realidad noción, unos cuantos juegos, algunas chicas cortejándome, mi melancolía se había disipado por unos minutos hasta que volvió como por arte de música, o literalmente así fue, para ser sinceros. Había un colmo y era que la luna estaba llena, la piscina se veía reflejada en ella, o quizá al revés, el alcohol no me dejaba notar eso.
Cuando me enfrente a mi último abismo, seguiré sintiendo lo mismo, ¿no escuchas mi lamento? Es como un grito contra el viento.
Me alejé del grupo y me acerqué a la oscuridad de la piscina, empezó a sonar una canción que me destrozaba el alma y me senté en el borde, coloqué el cigarrillo en mi boca y comencé a sufrir por dentro. Los recuerdos me invadieron y me golpearon, me aruñaron, me patearon. Sacaron sus armas automáticas y las vaciaron en mi pecho, traspasaron mi alma, la dejaron irreconocible
Hoy es de cada uno lo que fue de los dos.
La sorpresa llegó a mí cuando escuché una dulce voz tan única que timbré de nervios.
—¿Puedo sentarme?
Si el orgullo es pasajero, y mi dolor es eterno, todos mis excesos yo los pago con corazón.
Quise hacerlo especial.
—Mi lugar sigue siendo tu lugar.
Pude notar su sonrisa.
—¿Y tu cigarro puede ser mi cigarro?
—Claro.
—¿Qué haces acá tan solo?
—Disfruto de la soledad.
—Debo irme entonces...
—¿No has escuchado que la soledad se disfruta mejor acompañado?
—En realidad no, mi vida cambiará después de saber eso.
Quien sabe cuantas lunas contemplamos pasar, echados en la terraza.
El silencio se apoderó de la escena. Yo veía la piscina, las estrellas tan narrables, la luna tan épica. Ella probablemente veía al vacío, siempre le gustó. También le gustaba verme a mí, y en tanto volteé a verla en alguna ocasión estaba viendo mis manos, o viendo al vacío mientras sus ojos físicamente miraban mis manos, nunca lo sabré. La nostalgia se apoderaba de la noche con esa canción. La luz tenue era perfecta para las medias sonrisas y las miradas eventuales. El hielo de la noche era agradable hasta cierto punto, uno en el cual el cigarrillo se consumió.
No dejo de pensar en lo que dijiste, no dejo de aferrarme a lo que me diste, no cambia lo que siento la distancia es como el viento, de vivir en el pasado, quererte a mi lado.
Me levanté y la invité a pasear en los alrededores de la piscina, nada especial.
Aunque sé que al final de la madrugada nunca queda nada.
—El frío me está matando.
—Las nalgadas quitan el frío.
Miénteme con sentimiento, miénteme como yo te miento.
—¿Por qué hiciste eso? Respet...
—A ver... respóndeme una pregunta con total sinceridad, por favor; ¿aún consideras que soy tuyo?
Sonrió.
—Sí.
Sonreí.
Además en algún sitio alguien te debe esperar, no te quiero atrasar, no te quiero atrasar.
—Pues así como tú consideras que yo aún soy tuyo, yo... aún te considero mía.
El alcohol estaba haciendo su trabajo. La luna también. El calor de la piscina también. Las sonrisas no faltaban gracias al ambiente, para suerte la canción se prestaba, para más suerte mi maestría sale a flote también bajo los efectos del alcohol. Me fui a una esquina bastante oscura y saqué un cigarrillo que prendí al ritmo del mar, tan sensual oleaje que atrae, sin marear. Inevitable. Se apoyó de la pared tal como yo a mi lado en silencio y empezamos a disfrutar nuestras soledades.
Me dejas pero siempre estás aquí, conozco muchas lobas con más pedigree.
Salí de dicha oscuridad para bailar la canción, intentando provocarla con la letra, me sumergí en el alcohol mientras lo hacía y las guitarras eléctricas hacían la noche, la batería dictaba el ritmo preciosamente y sus ojos me miraban como un búho con insomnio, atentamente. Sonreíamos y nos divertíamos, era lo importante. En determinado momento me pregunté por qué hacía lo que hacía. Yo sabía a dónde iba el sendero de mis acciones, ¿a ella? Digo, ¿otra vez? Supongo que en el fondo era lo que quería, y qué más daba desinhibirse en esa noche tan mágica. ¿Si ella lo quería? Si yo lo quería ella más aún lo quería. Y si yo lo quería ella lo quería, así ella no quisiera. Tajante.
Así así así, bésame con frenesí, así así así, mi capullito de alhelí.
Pero no era el caso, ella quería. Se me abalanzó encima en un momento que nunca esperé porque lo esperaba en cualquier momento sin esperarlo, la ciencia de las estrategias es ir pensando mientras pasan las cosas y no confiar en que pasarán. Me llevó a trompicones al muro a oscuras y nos besamos con frenesí. Su vestido se prestó y ella más aún. La noche no nos miraba porque estaba pendiente de la luna, y la piscina estaba pendiente de las estrellas, el calor era el único que nos miraba y aumentaba. Era imparable, inevitable, pero inconcebible.
Esta vez no habrá último polvo, no habrá último beso, no estamos para eso.
Si estábamos para eso.
—Espera... yo...
Me temí lo peor y por microsegundos mis neuronas entraron en pánico. Tracé todas las posibilidades en una mesa y medí las posibles respuestas, amenazas, consecuencias; las coloqué superpuestas, yuxtapuestas, las sinceré y las modifiqué, calculé, algebré, nada por aquí, nada por allá, tenía que pensar bien.
—Yo soy virgen.
Sonreí porque no sucedió lo peor, eso era un permiso camuflajeado, implícito. La respuesta aquí era tan intuitiva que ni siquiera la pensé.
Tu estrógeno, es adictivo, es alucinógeno, fenómeno.
—Recuerdo que hace años me dijiste que sería el primero, bonita hora para cumplir. Tú eres virgen y yo soy yo, no soy cualquiera.
Entonces llegó el momento en el cual no puedes permitir que piense, porque si piensa, pierdes. Tomé la delantera y toqué el botón que desactiva su cerebro. Botones, para ser preciso. Todo iba perfecto. ¿Olvidaba algo? No olvidaba nada, mágicamente. Ella perdió algo esa noche al lado de aquella piscina y ella sonreía, lo disfrutaba, al igual que yo, que al escuchar unos ruidos me detuve. Venía un grupo a hacer algunos cortes mágicos de humo tras bastidores, eran más de las cuatro y cuarto probablemente.
Quédate tranquila mejor menor, ¿no te das cuenta que yo soy un señor?
No había que vestirse porque apenas nos habíamos desvestido, o ni siquiera. Me acerqué a uno de los magos y le robé la bebida porque ya llevábamos más de una hora sin beber. Me devolví y lo compartí con ella, estaba sentada en el borde de la piscina de nuevo y muy pensativa. No tenía ni el más mínimo frío, ella tampoco. Tarareaba la canción y me abrazaba de lado, yo cantaba y veía las estrellas. No sabía qué esperar de ella, sinceramente, iba a entrar en pánico si había alguna acción no planificada. Bebí todo lo que pude porque quería perder la noción de todo lo que conociera.
Si el amor es la guerra no quiero paz, por favor no te rindas jamás.
Los magos se fueron y quedamos prácticamente solos de nuevo. Mi corazón latía a mil por segundo, la piscina me absorbía, sentía ganas de lanzarme. ¿Y ahora qué? Esperaba que se arrepintiera, que me dejara solo allí, que me insultara o que me golpeara y me odiara. Esperaba que llorara, esperaba tantas cosas negativas que quedé frío después de dos palabras.
—Quiero más.
Hiperquinética, electroestática, intergaláctica, aerodinámica, estereofónica, estratosférica, afrodisíaca, ninfomaníaca.
Apenas sonreí me besó. Se apoderó de mí y me hizo todo lo que quiso. Ella estaba consciente dentro de lo que cabe, no soy tonto, no lo suficiente para no notarlo ni tampoco tanto para mentirme a mi mismo. La brisa nos acariciaba con frío y la noche empezaba a terminarse. La llama nos quemaba por dentro y no nos dejaba en paz. Eventualmente nos extenuamos y el sol empezó a hacer el cielo tan claro como oscuras nuestras mentes. Yo no sabía que pensar, supongo que ella tampoco. Era tan extraño todo. Eran nuestros cuerpos y nuestras mentes en contra de nosotros mismos. Lo indebido, eso era lo que nos quería detener. Yo sentía faltas, ella más aún. Su conciencia no la iba a dejar quieta por mucho tiempo. Yo me sentía mal por eso, vergüenza ajena. Tenía que hacer algo, no podía ser tan cruel, yo era cómplice.
Cierta información, nadie debe conocerla, mi secreto es mi prisión.
Estaba medio dormida, le pellizqué uno de los cuatro botoncitos y me sonrió, me aproveché y le susurré.
—Todo este tiempo me habías sido infiel a mí, hoy me fuiste fiel por primera vez en mucho tiempo, me lo debías, nos lo debíamos.
A veces eres la enfermera, y otras más la enfermedad.
Sonrió y se durmió ya en la habitación.
Me fui a bañar y luego me acosté a su lado a dormir.
Y cuando me entregue a mi último sueño, seguirás sintiendo mi empeño, hasta que tu alma un día descanse con la mía.
***
Me desperté y tenía que hacer las maletas, un viaje con unos cuantos arquitectos jóvenes que tienen apariencias engañosas me esperaba.
En obvio honor a Caramelos de Cianuro.