Y el instante pasó, solo una historia más.
Un café a las seis de la mañana, tan inexistente como el de las ocho, pues en realidad sin ti despierto a las diez; tan poco que no se me hizo costumbre. La sonrisa y aquellos días, buenos o malos, no siempre estaban, pero a veces estaban. A veces la noche se me teñía de rosa y me rodeaban tus caricias, tan falsas que te hacían llorar en mi pecho, otro tan falso que se me quebrantaba por dentro. Sin ganas de admitir que realmente me adapté, asevero que tan blancas las nubes de un día soleado no hice de mis ojos agua cuando te observé por primera vez; al cabo lo admití. La posibilidad reinaba en la habitación y no soy de desaprovechar oportunidades, he allí las puertas, abiertas. El perfume de tu cabello era tan fresco que nunca lo respiré, y el de mi cuello tan intenso que te desmayaste antes de poder respirarlo. Escribimos en la arena historias de amor modernas y calladas, escribimos en las nubes a punto de lloverse en nosotros, escribimos en la guitarra sonidos que más nunca volverían, que para siempre se irían.
Entre dormido y despierto me atacó como un ladrón tu recuerdo,
trato de atraparlo y se me va entre los dedos.
Porque no existe, ni existirá, es un fantasma que ya pronto se irá.