Corría y corría, era un sueño, era un eterno vaivén, era la lágrima que se pierde en un rojo pañuelo, era saber que de aquel sueño no ibas a volver. Y volviste, porque la realidad no era tan triste, pero sucedía que no diferenciaría lo que yo desconocía, y así me perdía, no lo sabía, pero no te merecía, estaba soñando y me estremecía, pero ya, basta de rima y de poesía.
Desperté.
Porque lo primero no era un sueño, y lo segundo era su sueño, y desperté y estabas allí, a mi lado, respirando con esa tranquilidad agobiada, con tus hermosas pestañas pegadas, con esos labios un tanto hinchados que estaban provocativos para el desayuno, con esa persiana que desnudaba tus piernas con la lumbre del sol, contigo y sin ti, con el hermoso de tus ojos resplandor.
Despertaste.
Y llegó un medio dentro del día, y ya no había poesía, solo estabas tú allí, sumisa, mirándome sin pudor y con una media sonrisa, llena de estupor observabas el cielo nublarse, y es que la lluvia no tardaba en acercarse, por ello decidí abrazar tu cuerpo semi-desnudo y sentir por mi mismo el calor de tu piel, haciendo el debido saludo, como si permiso pidiera el coronel, antes de disparar a mansalva contra aquel nazi boludo.
Llegaba la cena y se leía al revés, se leían las dieciocho y veintitrés, árabes danzando al ritmo del ballet, y la tv encendida al tiempo de un 'llegué'. Abrí mis ojos y soñé, tus besos imaginé pero de inmediato desperté, porque llegaste y me besaste, como tal no lo sé, pero creo que doblemente soñé. De todos los modos encontré tu mano sobre la mía, tus recuerdos aun te dolían, y yo intentaba consolar la vida que se extinguía, eras tú recordando un viejo amor que había encontrado su fin en lo más seguro que tiene la vida, por ello no te contenías, por ello yo te merecía, porque haría lo imposible por lograr en tus ojos algo de belleza y poesía, algo de brillo ingrato de lágrimas, algo de sonata dentro de la inmundicia callejera, un hermoso vestido de bodas, que descubra tus piernas cuando fije mi demora, cuando encuentres en mi el pasado perdido, cuando te des cuenta de que soy un bandido que tu corazón se ha llevado a los alpes suizos a resguardar bajo un acorazado nido, imaginando lo maldito y soñando lo prohibido.
Y desperté de nuevo, porque había soñado después de un hasta luego, y se leían ahora al derecho y al revés, cuando me acariciaste por el cuello y sentí el veneno de un beso, era la historia prohibida y antigua de aquel árbol ciprés, eran tus dedos pasando por mi espalda y caricias en exceso, una mirada que me hacía declinar de lo seguro y 'si a todo' al entrevés, porque llegaba el momento cúspide y el climax del después, el futuro y el ladrido de un sabueso antes el peligro del amor ileso, era la hora quizá, la que no se sabía ni el más grande sabio inglés, porque me encontraba rodeando tu sexo y me encontré perverso, y un tanto descortés, pero repito el verso, era la hora de ese reloj francés, pues si no te has dado cuenta, son las veintiuna cero tres.
Y desperté de nuevo, porque había soñado después de un hasta luego, y se leían ahora al derecho y al revés, cuando me acariciaste por el cuello y sentí el veneno de un beso, era la historia prohibida y antigua de aquel árbol ciprés, eran tus dedos pasando por mi espalda y caricias en exceso, una mirada que me hacía declinar de lo seguro y 'si a todo' al entrevés, porque llegaba el momento cúspide y el climax del después, el futuro y el ladrido de un sabueso antes el peligro del amor ileso, era la hora quizá, la que no se sabía ni el más grande sabio inglés, porque me encontraba rodeando tu sexo y me encontré perverso, y un tanto descortés, pero repito el verso, era la hora de ese reloj francés, pues si no te has dado cuenta, son las veintiuna cero tres.