La cúpula debía ser cerrada al día siguiente. ¿La hora? Diecinueve en punto. Los cálculos estaban hechos y llamaron al coordinador de la zona.
—Will, le necesitamos; en tus manos lo está todo.
—Estaré listo para cumplir.
El aerolito se acercaba a una velocidad vertiginosa. No había manera de detenerlo, pero los expertos aerodinámicos y físicos rescataron teorías pintorescas en las cuales se notaban desviaciones de cuerpos masivos sumando velocidades con similares direcciones.
Vectores.
Pasaron horas y Will sentía un pudor en la mente que le impedía pensar en algo más. En sus manos estaban los cálculos finales y preventivos que salvarían la cochina pero aún útil sociedad. Encendió su carro y un cigarro, partió a su casa mientras llamaba por teléfono al tío italiano que tenía en la pizzería más famosa de la ciudad. ¿Por qué esta ciudad? Quizá era la moira, dirían los griegos. Pasó el tiempo y las luces le absorbían, amaba la noche. Llegó y bebió un vino que supo el último de su vida.
¿El último de su vida?
Presagios como en amores clásicos cruzaron por la mente de ese servidor de la sociedad, era de naturaleza pesimista. O realismo pesimista. No tenía razones, pero apenas durmió: fase uno, fase dos, fase tres no llegó, y los movimientos oculares rápidos, MOR, tampoco.
Nació el día como siamés de la noche, que nunca murió.
Eran las nueve.
Se asomó a la ventana y vio el día gris, sintió que el mundo se acababa. No era mentira.
¿Era verdad? Pero y...
Salió y caminó a su vehículo.
Ingresó, condujo y llegó.
Entró a la oficina, eran las diez apenas.
Empezó a rehacer los cálculos: debía presionar un par de botones (de cierre) justo tres segundos antes de la hora pautada, así las velocidades sumadas desviarían el fragmento fuera de la atmósfera.
No podía haber ningún fallo, la humanidad dependía de él y de su reloj.
***
Pasó el día demasiado lento, el café lo mantenía despierto.
Iban a ser las dieciséis y decidió salir a dar una pequeña vuelta, el aire se le hacía pesado.
Salió y caminó a su vehículo.
Ingresó, condujo y llegó.
¿A dónde?
Su café preferido.
El reloj de allí marcaba las dieciséis, donde encontró a su chica besándose con otro.
Se dio la vuelta sin el menor estorbo, sin inmutación.
Salió y caminó a su vehículo.
Ingresó, condujo y llegó.
Eran aún las diecisiete, retrasó su reloj tres horas y un minuto.
(Así, pasaron a ser las trece y cincuenta y nueve.)
Pasaron dos horas y, según su reloj:
Murió a las quince y cincuenta y nueve,
y todo el mundo con él.