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Madrid





-Izquierdo.

Caminó, y caminó. Luego entró.

-¿Qué desea? 
-Deme algo para morirme. 
-Pero... 
-Ya. 
-Doce con cincuenta. 
-Gracias. 

Salió, y caminó. 

Un platillo, un timbal, lanzó monedas y bendijo. 

No creía pero aún así era algo que existía, era como lo que le sucedía. 

-No lo creo, tiene que ser mentira. 
-¿Perdón? 
-Disculpe, hablaba solo; por favor, uno de manzana. 
-¿De este? 
-Sí, y que sean dos botellas mejor. 
-Vale, 18 euros exactos. 
-Gracias, tenga. 

Un atardecer sombrío, y una chica linda sonriéndole. 

-¿Me dices la hora, por favor? 
-18. 
-Gracias... 
-... 

En el mismo vagón, pasaron dos minutos lentos para él, y extraños para ella. 

-Venga, ¿ni me mirarás? 
-¿Te conozco? 
-Al menos ya me miraste. 
-No entiendo tu punto. 
-Yo tampoco, solo pensé cortejarte con la mirada pero veo que estás sumergido en un mundo perdido. 
-Supongo... 
-Te ha de gustar Julio Verne. 
-Sí. 
-Es aquí donde dices que soy buena observadora. 
-Eh... eres buena observadora. 
-Y luego me preguntas como me llamo. 
-¿Qué quieres de mi? 
-No lo sé, algo me atrajo y no sé, simplemente paso el tiempo aquí en el vagón hablando con un extraño. 
-... 
-Tampoco me entiendo, tranquilo. 
-Eres linda. 

Salió, y caminó, era su estación.
Las luces apagaban sus pensamientos, no podía dejar de mirarlas, amaba caminar de noche, y más aún si le liberaba el estrés de esa vida que cargaba en sus hombros. 

-Buenas noches, señor. 
-Buenas noches, ¿algún correo?
-Ninguno.

Sacó las llaves, y entró. 

-No me dejes afuera. 

Abrió. 

-¿Me has estado siguiendo? 
-... 
-Estás loca, no te conozco siquiera.
-Claro que sí, nos conocimos en el tren, aquel día. 
-Pero... eso fue hace quince minutos... 
-No importa. 
-No entiendo esto. 
-El amor no se ahoga con dos de vino, así que traje esta otra. 
-No es pa... pe... ¿cómo sa... 
-Calla, déjame entrar... no tienes nada que perder, ¿no? 
-Precisamente. 

Bebieron.

-Salud.

Brindaron.

-Maldición. 
-Ya... 

Lloró. 

Hicieron el amor.

-Dios. 

Hicieron el amor...

-Es tarde ya, ¿no tienes casa, familia, algo?
-Es muy tarde para preguntar eso ¿no? 

Durmió.

Él subió a la azotea.

Amaba ese aire fresco y esas luces apagadas que aún así se notaban.

Amaba esa luna... la amaba.

Vio hacia abajo y sintió todo lo que se podía sentir.

-Ten, es un trago especial, brindemos por esta ciudad y esta luna.
-¿Desde cuando estás allí?
-Acabo de subir.
-...
-Salud.
-Salud.

Y descansaron en paz.





Madrid II