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Efimeridad

 




Imagínate vivir siempre tan melancólico que ni siquiera sepas qué es la melancolía. Y lo digo: justo aquí, el verbo haber me tienta, como me tienta un vacío o un par de luces en la avenida. En la melancolía hay sonrisas, es algo que se aprende, pero se aprende sin nombre: solo hay. Ya pequé, tan pronto. Y sé mucho pero nunca aprendo, por eso es que no sé nada. Todavía me cuesta perdonarme las náuseas y las cobardías. ¿Te imaginas ser tan cobarde que vomitas? Me ha pasado tres veces. El problema es, hoy, que sé que estuve muy cerca de tener todo el valor que se necesitaba; porque no es tan cobarde el que se asusta desde un principio como el que coge carrera y luego se frena. La valentía es irrefrenable. Y me preocupa vivir tanto más, a veces me da terror llegar a los veintiseis; no es como que no quiera, es que no lo quiero. Me duelen las piernas y el otro tren se va a tardar; tengo hambre y sed, sueño y, lo que es peor, sueños. Imaginate lo melancólicamente poético que es morir con sueños. Porque hasta los malos poetas aman la muerte. Los bocadillos de paz tienen sus nombres, a veces apellidos; normalmente son solo fechos: la risa de un niño, un sorbo de café, une petite mort, alguna multimedia. Pero te digo: los bocadillos de paz se apellidan crónicos, y su madre es la diosa de la efimeridad. El corazón del señor tiempo es de piedra con hielo, dijo el poeta. Ni porque es mi abuelo (porque soy hijo de Atenea). Solo me consiente Mnemósine, pero es más que un castigo memoriar a los melancólicos. Para una persona con los días contados la paz de unas horas sabe a minutos, y la guerra se mide en segundos. Solo sumergido en una neutralidad inerte y carente de sentido es que Cronos me perdona. Y río porque lloro, mas no lloro porque río. Los que me aman saben que moriré con una sonrisa a flor de piel. Decía que siempre se irán, y no me daba cuenta de que el que siempre se irá soy yo. Soy la fotografía de un acosado, de un metal magnetizado a la nada; no ha habido una mano de la cual no me haya atrevido a soltar. ¿Es esto de ser Eros por mis nombres lo que me ha provisto de estas alas? ¿O es mi regente astrológico, Mercurio (Hermes), el que me hace volar? Tal vez Cronos me pellizca por ser hijo de la espuma uránica; ojalá se supiera que vengo de Penia y Poros. A decir verdad, la abstracción es lo único que me permite saber ciertas cosas, pero, ¿a qué costo? De nuevo: hay una parte de mí que huele a un perfume que desconozco. Sé que huele a melancolía, pero porque lo dice el que me huele, no mi propia cabecera. ¿De qué vale tener pedales si el motor no acelera?










Como extraño







Yo te quiero más de lo que tú me quieres
(te quiero en los cerros,
trás los enseres)
Yo te quiero más de lo que tú me quieres
(te quiero férreo
como una fiera)
porque te quiero como los perros
quieren a las perras

y a sus amos;
te quiero así
como extraño.

Interlineado

 



Me escribí una carta a mí mismo
hace un tiempo,
dice «No».

Nunca comprendí tal abismo,
hasta hoy.

Fui a escribirme una carta a mí mismo,
para dentro de un tiempo,
y escribí «No».

Nunca comprendí tal abismo,
hasta hoy.







Flagelo

 





Corro detrás de ti
como un muerto
que persigue a la vida.

Hay una guitarra
que le da tonada
a mi viaje.

Son acordes tristes
como los de La Llorona.

El que no sabe de amores, Llorona,
no sabe lo que es martirio.

Eres mi martirio.

Ya estoy cansado,
mis piernas duelen
quizá tanto o más
que este tonto corazón.

Ni siquiera soy capaz
de gritarte, ni de juzgarte.

Me preguntas si reclamo,
me preguntas si te amo.

Solo clamo
de rodillas, arrastrándome,
pagando una promesa que nunca hice.

Que este tonto corazón
hizo por mí.

Ya te has ido y sigo esperándote
y te espero sin paciencia
porque corro hacia ti
¿cómo se espera corriendo?
¿cómo es que te espero
mientras tiendo hacia ti?

Este pecho mío ya no resiste tantos vacíos
tantos temores
tanto miedo de gatear de una manera
que solo te lleve a volar más rápido y más lejos.

Soy solo miedo cuando me acerco a ti.





Solo miedo.





Ni siquiera espero rosas, ni besos;
solo espero que sepas que estoy aquí,
que me veas, detrás de ti,
que si te susurro me escuches, me sientas,
que si no me ves, me des tiempo de recuperarme.

De acercarme, así esté muy lejos y solo me acerque hacia un cálido lejos.
Esos lejos tuyos son mis cercas. Mis aguas, mis finales de ayuno.

La vida misma.

Parece ser que,
aunque parezca que no,
siempre estaré yendo hacia donde vas vos.

Parece ser que,
entonces,
siempre me vas a doler en este pecho
que es más tuyo que mío.

Y no te quiero perder,
no te quiero
perder.

Eso, tal
vez, es
lo peor.

Porque mis pocas promesas siempre las cumplo.
Y hasta las ajenas.

Sería fácil entender que solo quieres estar sola,
sería fácil.
Sería fácil.

Sería.

Sería fácil...



Tal vez lo es.



Y esto no es un poema
es mi llanto.







Celebridad






La luz de la luna,
mira, qué oscuro, mira que alumbra.


Y parece fiesta
(y cero alcohol
pero la
ebriedad a tope,
en sus grados:
el cigarro, la música,
el ruído, la coca
cola,
...,
vale, el sexo.

Luz de luna,
oscuro, alumbra.

Pero no en cero, ni unos,
más bien dionisios:
llama tras llama, humos;
rolas y letras, ritmos, sonetas;
bajos, líneas, jaijats;
gula, regula, azúcar, mani.

Luz de luna.
oscuro, alumbra.

Y los ojos blancos, y los gritos negros
y placer risas, y sinuosoidales)
pero no es fiesta.

Es velorio.

La luz de la luna,
mira, qué oscuro, mira que alumbra.







Dame diez minutos
volveré a brillar.








Las últimas

 



Mi amor, naguará.
Mi corazoncito ha recibido tantos coñazos...
Está todo aporreadito.

Por cierto, por ahí te tengo un cuento,
creo que ya te había comentado.
Acabo de decidir que se llamará
"Cardiólogo", o "Cardiología".
Espéralo.

Pero en serio, amor,
ojalá pudieras verme el pecho por dentro.

Quizá entonces no tendrías ese puñal en la mano
y no me estuvieses matando
porque no le verías sentido a asesinar
a quien ya está muerto por dentro.



Te amo mucho.




Latente

 

Latir. Late. Palabra intrínsecamente ventriculada. Irónico ventrílocuo, pues lo que late, lo latente, no habla, no exterioriza su subyacente locuacidad potente. Potente de potencia, como pasión de pasivo. Ambas terminologías aristotélicas; al fin y al cabo lo pasivo es potencial. Lo latente, ¿activo o pasivo? La respuesta es fácil. Hay no solo una vida detrás. ¿Cómo se lidia con las emociones inasibles? ¿Cómo se asen las existencias latentes? Ya de por sí existe un elemento disuasivo en el constante intento, o intentar, interdiario de sujetarnos a nuestras propias existencias. Ya porque es hoy, hay una irrefutabilidad pragmática. De por sí, porque es esencialmente sine qua non, metaintrínseco. Existe después de ser esencia solo sintácticamente, porque bien sartrianamente podríamos recordar (galeánicamente, porque bien amado es Jean Paul) que la existencia precede, siempre, a la esencia. Un elemento que se autoadjetiva disuasivo porque la propia disuasión es más disuasión; todo elemento disuasorio abstrae, no contextualiza: esencializa. Constante intento porque hay un irreverente desenfreno en el solo vivir, y vivir implica, siempre, llegar a la bien conocida pregunta fundamental de la filosofía según Leibniz. O intentar, porque el intento es una especie de sustantivación de un participio que adjetivalmente refiere a un pasado, y hablábamos de un ya, de un hoy; intentar es infinitivo, es decir, abstracto y atémpore, como antisincrónicamente ─porque tampoco es diacrónico─ se manifiesta el desenfreno, la constante al cuadrado que multiplica a la masa. Interdiario oximorónicamente a constante pero a su vez, no, porque la diaribilidad solo termina siendo una convención; la permutabilidad de las energías ─cinéticas, potenciales, gravitatorias─ da cuenta de que, aunque algún cuerpo esté pasivo (en el día de descanso), hay una potencialidad presente, o, mucho mejor dicho, latente. Sujetarnos porque el sujetamiento es la difuminación de la pasividad, y, al fin y al cabo, esto es lo que el elemento disuasivo oculta a plena luz del día, porque no porque sea de día deja de existir la caverna del mundo sensible, porque, la sujeción, acto de ser o convertirnos en sujetos, también es el acto, inherentemente, de activar nuestro nous, el de nuestras propias existencias, porque después de todo sigue siendo solipsista este posmodernismo asesino de Dios. 

Las preguntas siguen sin respuestas precisamente por este estilo de etimología epistemológica que deriva de cualquier existencia, sea latente o no. Quizá la fe, tal éter aristotélico ─y no solo aristotélico sino newtoniano y hasta einsteniano─, es el elemento de respuesta plausible; lamentablemente fallecido pero fácilmente revivible: solo es necesario un avión cayendo. La muerte termina siendo una existencia latente, y allí, cuando está cayendo el avión, surgen las preguntas sin respuestas al principio de este texto. Es decir, la fe siempre está prevenida ante el emergimiento de estas, la fe siempre puede ser la respuesta: un éter fluído y luminífero que baña y fecunda. No es nada nuevo, ni siquiera Tales de Mileto fue el primero, aunque eso convengamos dadas las limitaciones de la Historia con hache mayúscula. Quizá lo que más asusta, entonces, de la ausencia de respuestas, es la multitud de posibilidades de respuestas, e, irónicamente le solemos temer a la muerte, que, según otro posmo ─porque la culpa siempre es de los posmodernos─, vendrá siendo la posibilidad de la imposibilidad de todas las posibilidades. Por eso es que quizá Nietzsche liquida a la culpa: esta viene siendo tan cristiana como la linealidad del tiempo, y la uroborización del tiempo que muestran Schöpenhauer y Nietzsche ─y que se le muestra al pobre Zaratustra─ desmitifica todo lo construido canónicamente por la Iglesia Católica ─y lo mostrado por Dante Alighieri─. No hay infierno latente: todo lo latente es vida porque late, o, en su defecto, muerte en vida, porque aunque late, no hay éter que llene los vacíos.





Néctar





de alguna manera
somehow
hay una latencia que se olvida
un camino desdoblado
pero oculto;

(aquí iba un verso que se me olvidó)

[ no hay un bajo irreconocible
esas cuerdas tienen apellidos

run - joji - nectar, 2020

no hay un solo indistinguible
esas cuerdas tienen nombres ]

en algún lugar
somewhere
hay una distancia que se alarga
un abrazo apaciguado
pero lejos.

es la idea
es platón
maquiavélico
el ratón y
el queso

* * *

¿acaso no es
de cobardes
aquello de los niños muertos?

dígame usted, emperador nerón

«me declaro culpable»

y respondió uno de los niños:

«el sentimiento ha muerto

lo maté yo»






Riesgo





Hay un riesgo
inminente.

Su inminencia
pasa por un desdén
una mirada llena de
displicencia.

Igual, termina en
tristeza. Hay una lágrima
que no me atrevo a soltar.

Son ciclos. Las mismas letras.
El mismo crujir, la misma tierra.
El fango y las arenas; una nena.

Cerrarme para siempre (sic).





Falta

 




Lástima que no puedo decir las cosas,

a veces solo es posible recitarlas

como si en años no hubiera historia

que contar,

que narrar,

que leer.


Dame espacio, para tanto tiempo.

Dame risas, coñazos, nostalgia.

Sonrisas, balazos, la magia.


Hay un piano a destiempo,

una voz rota, Capaldi.

¿Y cuándo falta el amor?


Hay una columna que sigue estando ahí,

de hecho, es la única. Eres la única.

Pero solo es un dato, una anécdota.

Una "curiosidad", de esas que matan al amor

que parece gato pero es un perro.


¿Y qué fue de ti, de mí, de aquello?


La vida me ha enseñado algo muy valioso:

todo pasa, y todos pasan.

Todo vuelve, y todos vuelven.


Todo nace, y todo muere.

O era al revés:

todo muere, y todo nace.


No lo sé.


Creo que todavía me falta aprender.







Intempérico





Pretender escribir sin haber leído es perderse de un reflujo enriquecido que, extrañamente, no molesta, uno que no fastidia. No se escribe igual cuando se escribe desde el dolor o desde la «simple» tristeza, de un «me rompieron el corazón» no salen los versos más tristes de una noche. Ilusorio el de Compostela. Hay un granate persuasivo displicente a la coalescente invectiva que destaca los albores de un perenne decurso del atardecer. Hay una serie de palabras que marean en plena boya, hay analogías sosas y sin lucidez. Como Baudelaire y los ojos castaños de María Luisa al escuchar los pluricordes versos de la cabeza de Gardel. Incluso sin el como, es vagamente la esquina por la cual no me atrevía a pasar, en aquella manzana cuyo nombre no quería recordar. Si pudiera, te lo dijera, pero hay ensayos y aseveraciones atravesadas en esta monocorde faringe. Vocálicamente malmorigerado, y neologista como siempre, te mando un abrazo, de esos que compensan la ausencia de merengue en esa torta, o un arroz con pollo sin salchichas. Pretender escribir sin haber leído, es perderse del reflujo de esas salchichas.

In Memoriam: Armando Rojas Guardia.






Yesquero






Luces
que se me apagan
destinos
que descomprendo
inercias
buenas y malas
ratones
comiendo queso.

La oscuridad llama
el yesquero titila.

No hay manera de ser feliz
solo queda miseria y llanto.

Solo soy un hombre
eternamente desconsolado.








Tablero






yo no puedo creer
tus mentiras
me lo dice la manera en que me miras
ni creer tus pesajes
tú sin tus botones y sin trajes

no puedo creer en tus inconsistencias
ni en la vereda levemente herida
de mi subconsciencia

no puedo creer en la relevancia
de la ventaja insalvable
que me ofrece tu nostalgia

no puedo creer en tu maldad
disfrazada hermosamente 
con orejas de bondad

no puedo creer en tu comida
que si leche que si miel
que si para toda la vida

no puedo creer en la molestia
que sin duda y sin esmero
uno disfraza con tristeza

no puedo creer que
aún estando tan débil
pueda no ceder
ante la impesable presencia
de un súcubo suculento

sea capaz de ignorar sus pechos
sus voces, sus encantos

que aún tan débil
tan cerca de acabar
haya una luz roja
titilante
iterante;
en tu cara
y adiós





Y no vuelo






tal vez es la ausencia de un dios
no sé de qué va
¿cuáles gracias?
cualesquiera

nunca o quizá sí
me había llamado tan fuerte
nunca había sido esa misma brisa
tan fuerte
o mi cuerpo tan ligero
ni mis cholas tan resbaladizas

hay corrientes, contracorrientes
le temo a ese vacío
y por eso comprehendo la seriedad
de su llamado
de su mensaje vacío

y me da una enorme pena con ellos
y me detengo
hay hilos muy frágiles
y no los hay
pendo y no, a veces vuelo

y no vuelo

tal vez es la ausencia de un humano
no sé de qué va
¿cuáles gracias?
cualesquiera





Cerati











Dime adiós
          crece.
















Del recuerdo









Mi cuarto está diestramente ebrio, la inerte media luz de la luz y el sucio medio amor del amor danzan en mi pecho. Faltas. Fumo, bebo. ¿Desde hace cuántos años no me veo? La cabeza me da vueltas, duele, rasguña, hay venas. La guitarra me cierra los ojos. Y te veo. El bajo me cierra las arterias. Y me fluyes. La batería me sepulta bajo tierra. Y me desesperas. Tu piel gravita sobre mi piel, flotas porque no tocas la cama, floto porque no toco el piso. No puedo olvidar la suavidad de tus labios porque están constantemente rozándome. Mis ojos acrisolan tu piel blanca, ciega, inmune. Se pierden las pestañas entre las piernas, los pómulos acarician los muslos, las yemas burlan el aire, aguan el amor. Somos fuego y mundo, somos un cigarro encendido volviéndose polvo: una ceniza perenne. Hay una idea preliminar, una precuela vacía. Los borradores borran lo borrado, las almas aman lo desalmado. Los juegos de palabras sin otro sentido arguyen en clave de Fa, y el Sol bemol solea la insolación de tus hombros. Hay una cerveza que me alivia, si pudiera me la tomara, pero tengo una botella de vino nunca abierta atorada en la garganta. Hay una copa rota por la que sangro y disimulo. Hay un mesero que me ayuda, él limpia y te mira de reojo. A veces sueles mirarme, me dice, pero me miras como quien mira una luz cegadora, me comenta. Hay una muerte que me enciende los viciados cigarrillos: rotos, doblados, magullados, desesperadamente malguardados. Hay una mesa que me desostiene, y un papel que me deseleva. Una pastilla desvivida que me desmuere y un alcohol que me exaspera. El bombillo entonces mastica sus sales envuelto en aguas naranjas, cada tecla minusválida emplea sus tablas para divisar los nubarrones de verde fuego, hay un pistolón en sus orejas, colgando de una escalera como un lucero, hay una carta que atraviesa todo el Pacífico, como si de un aire capital el sostén se trenzara. ¿Cuándo estamos? La lucecita azul eres tú. Los trombones, la batería, la guitarra, el saxo, el sexo. Un chasquido me abre los ojos. No hay fondo, hay un veneno derramado sobre mi piso, mi mesa, mi cama, mi boca. Un cigarro prendido que prendió sábanas y papeles, cartas y facturas, llamas tenues. Tiembla, se cae todo. Arde, quema, incinera. Mi cuello tensado se relaja, reclino la cabeza, sonrío y cierro los ojos. Si moriré, moriré sintiéndote a ti, moriré viviendo del recuerdo.






In memoriam.


Dos cigarros

Dicen que nunca muere
la mala hierba.

Por eso
aunque esté completo
me rompo.

Y yo
que como Willie Colón
en lo profundo de mi corazón soy malo.

Lo tengo tatuado.

Pero el café no se rompe
y los cigarros no se rotan.

Y tengo un café en los ojos
una mirada que no descansa
y un amarillo colilla en los dientes
una sonrisa que te perdona.

Absolución.

¿Y tú?

¿Me perdonas?

24.

Amor ir







Y te me he visto
cobarde
             como si nada
y yo
siempre
             como si todo.

Te me he sentido
en cada lunar,
en cada verso,
en cada luna,
en cada beso.

¿De qué vas?

Y digo
así
como si nada

''no quiero que vuelva,,

como si
el desquerer
existiera.

Hay un hecho silviano:
los cobardes amores
se mueren sin ser amores
ni poemas, ni versos
ni verdades, ni verbos.

Y suerte que te vi
siendo valiente
"¿tienes novia?,,



A morir    
amor ir,
             talibán.


Digamos que
lo superficial
quizá mueve más
que lo real.

¿Adónde va la felicidad real
que no está ocurriendo?

Aferrarse a lo mundano es cobarde.

Y le digo así
como si nada

''no quiero que vuelva,,

como si el
desquerer
existiera.

Flaca, entre no me olvides
me dejé nuestros abriles olvidados
en el fondo del placard.
Como esperando abril.
¿Quién me ha robado el mes de abril?

Y no creceré nunca, Cerati,
porque poder decir adiós, es crecer.

Y es que nadie se ha muerto
por no crecer.

Pero es que hay cosas que no se olvidan.
Pero es que decir adiós no es olvidar.

No quiero olvidarte
ni decirte adiós.

Y miento al cantar que
quiero que seas feliz
aunque no sea conmigo.

No me culpes
cúlpame
por tu rencor
si no has sabido perder.

Te culpo.

Parece todo mentira.
Me quiero morir.

Y ojalá que la lluvia no te moje
y que el sol no te seque
y ojalá que la tinta no pinte
y que el viento no pegue

y ojalá que no consigas flores
ni recuerdes tus fechas
ojalá por lo menos que me lleve la muerte.

Para no verte tanto, para no verte siempre.

Y de nada valdría mi muerte
porque siempre se puede amar
después de la muerte
y siempre me puedes dejar
antes de ella.

¿Y para qué quiero salir?

No hay un minuto de mi tiempo
que valores más que uno de los tuyos
y no hay una esquina de mi vida
que no sacrificaría por la tuya.

No hay palabra tuya que disienta
su presencia perenne en el neceser
que esplende la ojeriza animadversión
para con la sonrisa de un recuerdo morigerado.

¿Y todavía preguntas si te quiero?

Tu verdad siempre es tu mentira más eficiente.

Y está bien, verdadosa.

Porque la vida es un ratico
y los amores de la vida
son de a ratos
ratos con cigarros
ratos con birras
ratos con versos
pero ratos.

Aunque hay ratos que duran para siempre.

Clamaré sentado.









Ínfimo





Firmé un pacto con Mnemósine
y recuerdo y me acuerdo de todo.
Firmé un pacto con Atenea
y lo sé todo y los sé a todos.
Firmé un pacto con Afrodita
y todas las que quiero me aman.
Firmé un pacto con Apolo
y soy magnético aunque me evadan.
Firmé un pacto con Eros
y destilo y despierto deseo.
Firmé un pacto con Hera
y domino y mando y poseo.
Firmé un pacto con Hermes
y soy libre hasta que muera.

Y todavía
el humano no es divino.






Yo solo






Los grises sentidos, las paredes y las aceras, las calles,
los ríos de lluvia, las gotas que sufren en los vidrios,
la sombría solitud de la calzada, la triste alevosía del ser.
El horizonte destrozado, las montañas caídas,
las cuerdas del tren, las ruedas del piano;
la cara tendida, los ojos, siempre, cerrados.
Nada rápido, casi nada lento. Una sola cosa: la vida.

Un silencio enternecedor: la conmoción de la ausencia.

El recuerdo de un ayer rodea mi ser.

Aquí de rodillas te imploro misericordia,
te pido desde lo más intimo de mis huesos
te ruego desde los más sinceros arrepentimientos,
te suplico, sin cesar, que desaparezcas,
como solo tú sabes
este dolor tan añejado, tan atelarañado,
tan acrisolado en mis cavernas
que parece haberse convertido en las lágrimas de un ángel celestial,
me destroza.
Desaparece, por favor, por amor,
por compasión,
por lástima o dolor,
todo este amargo resplandor que enceguece mis alegrías
que predestina absurdas mis sonrisas,
que dirige al abismo mi insensata felicidad
me destruye.

Yo solo te lo suplico.








Libertinaje





Hay una línea maltrecha que no me atrevo a cruzar, no porque no me atreva, sino porque no soy atrevido con ella. Le respeto aunque no le tenga miedo. Reto al mar con sonrisas porque el mar reta a las brisas. Mis ojos no dan para más, apenas veo, pero me lanzo ese viaje sin rodeos, sin miedo a la prisa de sus paseos. De vuestros porque hay que ser ambidiestro pa' satisfacerlos. Y hacer los deberes hoy en día es imprescindible. ¿qué pretendías, pirarte al lindero del Támesis gracias a tu insensata totona edible? Dale trompo a la manivela, decía el indio antes de prenderse en candela, pero terminaba rodeado por unas pastillas peligrosas que despertaban a las fieras de las fosas. Y hay que decirlo: hay fieras pasivo agresivas. Y hay niñas a las que les gusta jugar con fuego. Y se queman, pero se queman tarde, porque pretenden ser más papistas que el Papa. Siempre hay un paso que ella ya tomó, que ellas no se atreven a tomar, y no porque no sean atrevidas, sino porque no se atreven. Y hay diferencia. La ignorancia es atrevida, pero el conocimiento se atreve. No es adjetivo sino verbo. No me modificas nada con adverbios. ¿Acaso no te mueres por morder la carne? No basta con mirar y babear, acerca la boca y no mojes más. Y aunque mis ojos no dan para más, aquí sigo viendo como veo a ver qué veo. Y de carne no hay escasez, pero tu carne les da hambre.




Edítame lo que sé, hazlo saber inverso, critícame los cabos tersos y dislócamelo al revés.
¿Crees que me importa un maldito comino el él? ¿O la ella? Ni Plutón ni las estrellas.
Mucho pa' ti mucho pa' ellas. Vuela y vacílate el beta porque ni bien se estresa la ciencia
los ciegos se embotellan. Y los mudos, y los sordos. 




Si bien la condición recíproca de la ley fundamental del cálculo
asintotizada con la entropía ideal que deriva en cadena la termodinámica
real de la transferencia visible por la mecánica de fluidos da cuenta de lo
extremadamente experimental que puede llegar a resultar un paso en falso
en la cadena de eventos sucesivos que se dan en una acetilamida de carácter
orgánico, no hay manera no abductiva de demostrar que no tienes libertad excesiva.

No me cojas con libertad, cógeme con libertinaje.
Babéate en mi barbarroja, acábame en el traje.






O





Quizá algún día podré volar contigo.

El piano sigue siendo parte fundamental de este sicariato que deriva en uno de los más elementales momentos de esta historia, parece que integra cuando la progresión resulta ser una regresión y parece que la cadena se baja naturalmente cuando cada una de las notas se aseptima en cada novena. Júzgame por evitar lo obvio, pero no me mires con tus ojos baldíos cuando lloro ante lo inevitable, como si no existiesen todavía suficientes pájaros en este cielo tan lleno de verdes y rosas, como Piscis, como lo que creía y no era. Como lo que llega y se va sin que puedas siquiera parpadear porque nunca estuvo, como cada uno de los atardeceres que titilan entre las rejillas de tu canción, de esa que sube y sube hasta que me suelta justo en una nube que me desvanece con sus falsas esperanzas. ¿Acaso no te das cuenta que de un momento a otro ya nada parece tener un norte? De la nada sale una curva ennegrecida por el uso incesante de los ojos y los falanges que dividen los lunares de tonos sepias, esperándose entre las miradas coloridas de cada uno de los relojes que avanzan entre los trenes, llegando a las escaleras de este grandioso y majestuoso quebrantahuesos que no ha siquiera empezado su acción en las tablas movedizas de una serie de teclas que se entrelazan como si la esperanza de un tono no fuera suficiente para dejar de alimentar una de las más altísimas promesas de carácter moral y social. Me pides que deje de sangrar, una vez más, cuando la sangre ya es parte de mi piel. 

Mátame, dije alguna vez.

Rosa más blanco, el mañana




Parece que suenan los hielos en los vasos,
como si mucha gente caminara sobre nuestros pasos,
y somos cuando éramos. Y éramos cuando somos.
¿Hay concordancia?

El sol rueda bajo la alfombra, y debería estar marcándote;
la silueta.
Acaricio y tactúo lo intactuable. ¿Qué me impide nada?
La muerte.

Cada tecla del piano me destroza, cada escena me llora
cada verbo me incomoda, cada sintaxis me refleja.
Glorifica mi gracia, florifica mis rosas. ¿Y?
Las letras ya no son bonitas, una tecla me llora.

Mi pecho mira ese atardecer, esa luz, esa puerta,
mi pecho te busca en cada pequeño parpadeo,
mi pecho te olfatea tras la corbata, tras el saco,
mi pecho toca cada pared, cada gota, cada toalla,
mi pecho prueba cada polvo, cada plato y olla.
Mi pecho no rima, mi pecho aperpleja, dibuja, acompleja, libera lo útil y apresa lo equívoco.

Mi pecho susurra.

Hay una puerta que se acomoda entre las paredes como si la luz no le tecleara,
y una luz se apareda entre las cómodas teclas que se apuertan por 'ai.
¿Y la tecla que se alumbra por las puertas que se teclean en los paredones?

Fusílame, maldita sea. Fusílame la mente y hazme recobrar el sentido.

Quizá con el tiempo...






Saca el pecho








Ayer me dijo "no olvides que forzar está bien"
ese dueño beligerante de un curul depuesto.
Irónico pues que aquella atenéica dueña de la verdad –
asesorada y feculada por aquella crónica con voz chillona–,
pretenda que el forzamiento pragmático de aquel poder
no sea muestra suficiente de su falso señorío.

O señoriteo.

La paz de tu paloma nívea no contraría a mi fuerza.
La fe que acompaña a esa fuerza, en tanto fieles, ¿no vale tampoco?
Y en tanto darvinianos, ¿no sobrevive acaso el más hercúleo y forzudo?
No justifiques tu quebradiza y endeble verdad
con los ataques sesgados a una diferencia opulente.
Ni camines llorando luego ante cualquier mirada displicente.

Saca el pecho.








Cuestión de Cronos





Como un acto extraño
todas las Euménides callaron
cuando una intempestiva ola aplayó.

Una ola de ojos alegres pero triste en su andar
un buen observador notaría sus pliegues pluriformes
y los compases desfasados que desviaban su transitar.

Parecía una reina triste, con un trono desvalido,
la mirada caliente por la ira eufemizada y las manos frías
con una inaudita sed de venganza pintada de reivindicación.

Erinias cómplices y aplacadas porque la astucia y la paciencia
ante la caída, es más importante que el golpe final.
Lo que es del Hades con Cerbero se encuentra.

Cuestión de Cronos.






Que te extraño






Entre las olas, entre la espuma.
Entre almas azules, lluviosas,
llenas de ámbares de mariposas.
Rayitos pequeños entre grandes oleajes,
que restan, que suman,
senos (cosenos) mezclan tristes brebajes.

¿Me vas a venir a contar a mí, tú, los presagios de esas calaveras que yo mismo sembré?
¿Vas a decirme cosas que no quieres decir que yo una vez dije sin quererlas decir también?

Te pareces tanto a mí
que no puedes engañarme.

De tanta saliva, lengua y semen,
los carácteres se copian.

Peléame con los puños de los cuales en mis pechos tengo los moldes
muérdeme con las muelas que yo diseñé con mis pinceles dobles.

Rasgúñame con las uñas que mis piedras amolaron,
ámame con los labios que un día los míos amaron.

Ódiame con los ojos que un día en mi pecho lloraron.

Y abrázame si me encuentras por ahí en tu mente,
como decía Cortázar,
que te extraño.