Quiero que sepas que todos mis blancos son tuyos; yo sé los rosas y las violetas. Nuestros capullos. Tus espectaculares tetas. Susurros y murmullos cavilan nuestras siluetas. Es esta cama, y tu mala fama. Y aquella cama, y mi mala fama. ¿No lo ves? Nos repetimos, nos repiten. Así es. Vivimos entre los que nos exciten: la carretera, una montaña, una luna; es temprano, nunca tan tarde. El demiurgo nos regaló el tiempo, nos quitó el espacio. ¿Sigues sin verlo? La abnegación, los sacrificios: Cronos y Casio.
¿De qué vas? Dices mi nombre con orgullo, pero todavía no sabes gritarme. No es el mismo orgullo. Has de confesarme que no te faltan los vientos, ellos aguardan tu voz, tus gemidos, tus sonidos. Tú quieres mi hoz. Yo tu cuello, tus nalgas. Anhelo el rubí que puedo refinar en ellas; vivo de esperanzas y sueños. Tú de imaginación. ¿Crees que no estoy practicando tu control? Ya me sé las cláusulas que te calmarán, y en mis ojos están apartadas las miradas que desatarán. Tengo un arsenal de trucos solo para ti, y después de ellos no volverás a decir que no existe la magia.
Allá estás tú invocándome, pero sin gritarme.
Y yo solo te pido que me grites.
Así, cuando me apuñales, todos sabrán que eras solo tú la que estaba conmigo.
¿Sinceridad o desconfianza?