Caía la noche en la fulgorosa ciudad y el atardecer se reflejaba en mis lentes, y en los de ella. Subimos al carro de Daniel y empezamos a disfrutar del pequeño recorrido por las calles. La música lo hacía rico y relajante. Mientras Luisana estaba sumergida en su iPhone, Daniel en el volante y la calle, yo me dedicaba a escuchar aquella canción y a observar las palmeras y los edificios, los transeúntes y los traseros, los puestos de comida y los perros callejeros.
La noche cayó por completo y aún no llegábamos, Luisana se recostó sobre mí y suspiró.
—¿Cuánto falta para llegar? —me preguntó.
—Más o menos, apenas estamos por salir de la autopista.
—No sabía que fuera tan lejos.
—No sueles estar ubicada en el mapa cariño.
—Te odio —me dijo riéndose.
—Hey, ¿será que pasamos recogiendo a Ana? —nos preguntó Daniel.
—No lo sé, ¿ella dijo que iría? —le respondí.
—No, pero podemos invitarla pasando por su casita.
—Puede ser, no creo que esté ocupada.
Llegamos a casa de Ana luego de salir de la autopista y se bajó solo Daniel. Dejó la música puesta y las ventanillas parcialmente abiertas. Cerré los ojos un rato y me parecía notar que Luisana estaba dormida. Mejor así porque la noche sería larga. Al cabo de un rato me dieron ganas de orinar, y Daniel estaba tardando mucho, por lo que me quité con cuidado a Luisana de encima y salí del carro. Se disparó la alarma y pude observar que Luisana se levantó, así que me devolví lo poco que había avanzado y le dije que iba al baño, que ya venía; asintió y se acostó.
Toqué la puerta y me abrió Daniel.
—¿Qué sucede, por qué tardas tanto? ¿Qué te dijo Ana?
—Pero si no he tardado casi nada, Ana se está vistiendo.
—Bueno, sí, me estoy orinando y eso me hizo sentir que tardabas; voy al baño.
—Vaya y venga.
Llegué al baño y mientras orinaba escuchaba la canción que sonaba en la enorme casa vecina, cerré los ojos y disfruté el momento; pequeño pero disfrutable. Antes de salir noté una caja virgen de Marlboro Gold en un estantecito bronceado y no pude evitar tomarla. Volví a la pequeña sala y encontré a mi par de amigos esperándome, saludé a Ana mientras me decía lo guapo que estaba y le devolvía el piropo. Salimos y entramos al carro, un Corolla plateado; nos fuimos.
Llegamos a la gigante casa de Daniel y entramos. Ya había ambiente, música, vodka, tetas, barbas, oscuridad: diversión. La sala principal estaba repleta de gente bebiendo y bailando, las luces hacían su juego y seguía sonando The Weeknd al ritmo de Kendrick Lamar; amaba esa canción. Saludé a unos cuantos amigos que reconocí y me quedé hablando con Daniel acerca de unos detalles técnicos de la fiestecilla esta, una con motivo de nada, o al menos yo no sabía el por qué, acepté la invitación porque sí, porque algún día todos nos vamos a morir.
Tomé un vaso de la mano de Alejandra y cuando me vio me saltó encima, me abrazó y me comentó algo que no escuché.
—Sorry, no escuché, ¿qué?
—Que te amo chico —me susurró al oído.
—Ya lo sabía —dije riéndome.
Empezó a bailarme. Respiré, bebí, y disfrutando la canción empezaba a disfrutar el trago y el cuerpo de Alejandra sobre el mío.
—Pensé que no vendrías —afirmó mientras movía su trasero en mi entrepierna.
—¿Daniel te dijo que vendría?
—No pero ustedes son uña y mugre, además, cómo ibas a faltar tú, un chico tan...
—¿Tan qué?
—Tan tú —dijo pícaramente al tiempo que se volteaba.
—Ah bueno Alejandra, le voy a decir a tu noviecito.
—Cuál novio loco, yo soy libre.
—Tan libre como yo.
—¡Exacto! —dijo casi gritando.
Al rato dejamos de bailar y me alejé un poco del grupo, me senté a digerir el ambiente. Me encantaba, todos estaban sumergidos en un mundo propio. La música estaba lo suficientemente alta como para que nadie tuviera intenciones de hablar, y el sitio tan oscuro como para que a todo el mundo se le pasara por la cabeza coger sin que nadie se diera cuenta. Vi toqueteos, besos, bailes sexies, alcohol derramado, risas descontroladas, humo flotando, y música bailando.
Mientras cantaba y bailaba en el banquito donde estaba sentado, con mi trago en mano, se me acercó Ana.
—¿Por qué tan solo guapo?
—Nada, viendo a todos.
—¿Vouyerista?
—Nada que ver —dije entre risas.
—Ven, vamos a bailar.
—Nah, déjame un rato más y ahorita hacemos lo que quieras.
—¿Lo que yo quiera?
—Upa...
—Está bien bebé —dijo y me besó los labios para irse.
Sonreí y me levanté para buscar los cigarros en la parte trasera de mi pantalón, los encontré pero olvidé que no tenía encendedor. Me acerqué a la cocina y no encontré nada, extrañamente. Salí de nuevo y le pregunté a Daniel, en cuanto lo vi, si tenía uno por allí. Me dio el suyo y me lo llevé, pero antes de irme me haló y me abrazó.
—Te quiero mucho hermano.
—También te quiero papi.
—Dígale papi al papá de Ana, los vi.
—Ah no vale, sabes como es ella, no te emociones.
—Además, cierto que... —me dijo riéndose.
—¿Qué?
—Nada, nada.
Me fui intentando entender qué había recordado el marico ese, pero lo que comprendí lo olvidé de inmediato porque no me interesaba recordar eso, ahora solo quería beber, fumar y tener sexo sin restricciones. Pero, ¿solía tener restricciones? No me respondí. Saqué el encendedor y como magia negra se me cayó. Lo fui a recoger y una mano hermosa lo tomó primero. Levanté la vista y sus ojos me penetraron, me intoxicaron de nervios, sin saber por qué.
—Bruja.
—¿Qué? —me respondió sorprendida.
—No no, nada, nada, ¿me das el... —le dije nervioso, aún sin saber por qué.
—¿Pasa algo? —me preguntó mientras me daba el encendedor.
—No, nada, no entiendo tu pregunta, ¿eres amiga de Daniel?
—No; digo, sí, pero no somos los mejores amigos pues.
—Oh, ya veo.
Encendí mi cigarro robado y no la miré por unos segundos. Sentí algo extraño en el ambiente. Estaba perturbado y seguía sin saber por qué. De pronto sentí la necesidad de mirarla, ni siquiera sabía si seguía ahí, al lado mío. Pensé en ofrecerle fumar y lo hice. Estaba allí. Justo antes de hacer el gesto me quedé mirándola fijamente sin que ella me estuviera viendo y aunque la distancia era particularmente corta entre nosotros, el tiempo pareció ser suficiente para simular una eternidad. Movía su cabeza al ritmo de A Lonely Night y parecía sobria y tranquila. De repente volteó y como si de antemano supiera mis intenciones me vio a los ojos, luego al cigarro y me lo quitó, y yo inmóvil como un imbécil. No tengo idea de cual fue mi cara en ese momento pero espero que no haya delatado todo el tormentoso caudal de pensamientos raros que estaba teniendo.
Compartimos el humo y el silencio conversatorio, porque la música estaba más alta que nunca y más ambiental y rítmica. Ahora todo era más oscuro, al menos para mí. Seguía pensando en ella pero esta vez más calmado. Su voz me resultaba familiar pero no podía distinguir de dónde, quizá la había visto por allí al lado de Daniel un día y no le había prestado atención, pero sus ojos me llamaron a la puerta prohibida en cuanto los vi, por eso me descontrolé, sentí algo raro pero no sabía exactamente qué. Quizá ya estaba ebrio y no lo sabía, quizá ya era muy tarde y tampoco lo sabía. Saqué el teléfono para ver la hora y noté un mensaje sin leer, apenas leí el nombre del remitente bloqueé el teléfono y lo guardé; era la una apenas. Cuando levanté la mirada noté que ella estaba viéndome mientras revisaba mi teléfono y traté de hacer ver que no me di cuenta, de por sí ya estaba incómodo, así que no quería empeorar las cosas.
Pasaron unos minutos y ni yo ni ella teníamos intención de alejarnos de los banquitos donde estábamos sentados, como si hubiésemos ido a la fiesta para sentarnos allí y no para bailar como lo hacían los demás. El Marlboro se había consumido y la música seguía siendo del mismo artista, ya durante más de veinte minutos. Daniel amaba a Abel y yo también, era magnífico compartir gustos musicales con las personas cercanas y por ello era magnífica mi relación con Daniel.
—Ven, vamos a bailar.
—No sé, no tengo ánimos, Luisana.
—Ay, ¿y por qué? —me preguntó ya visiblemente ebria.
—No sé, prefiero estar acá tranquilo.
—Pero... Bueno, sigo odiándote.
—Tú me amas.
—Lo sabes, lo sé, pero igual te odio.
—Cállese —le dije justo antes de que me besara.
—Solo me callo cuando me besan.
—Yo no te besé —le dije riéndome mientras notaba que la chica de al lado miraba todo atentamente.
—Gafo —dijo Luisana entre risas, al tiempo que se integraba a su grupo de nuevo.
—¿Es ella tu novia? —preguntó la desconocida y, tal como yo, amante de los banquitos.
—No, es una amiga.
—¿Y tienes novia?
—No, ¿por qué? ¿Lo quieres ser tú? —le pregunté mientras noté un extraño gesto en su cara, nada acorde con lo que le acababa de preguntar, puesto que no encajaba en los posibles gestos de reacción.
—Pues... —dijo justo después de guardar un silencio raro— No lo sé, ¿lo quieres tú?
—No te conozco pues.
—¿Y yo a ti sí?
—A veces siento que sí— le dije.
—Pues no.
—¿Segura? —pregunté sonriendo.
—¿Por qué sonríes?
—Me gusta sonreír —dije serio—, pero no evadas mi pregunta.
—Sí, muy segura. O no sé.
—¿Segura y no sabes? Me encanta tu ambivalencia.
—¿No me conoces y ya te encanto?
—Dije "tu ambivalencia", no tú. ¿Ya estás borracha?
—Qué va, solo un poco aturdida.
Me quedé callado sin poder descifrar lo que sucedía. Esa conversación fue inercial, no pensaba concretamente mientras preguntaba, y aún no sabía qué pasaba. ¿Pero por qué pasaba algo? No lo sé, quizá habían sido sus ojos los que me habían dejado dubitando. Seguí bebiendo y pasó la noche, seguimos hablando de cosas banales (riéndonos de los ebrios y sus locuras) y fumando los Marlboros robados. Salimos un rato a pasear por las calles alumbradas por la luna y al volver nos encontramos a Daniel y su chica besándose fuera de la casa. Pasamos de largo y cuando entramos notamos que todos estaban ya bastante ebrios, nos reímos y sin darnos cuenta de que probablemente estábamos igual, tropezamos con un par de enamorados, un par de chicos abrazados que bailaban sensualmente. Nos miramos los cuatro y el momento se bañó en risas. La música seguía siendo tentadora, ritmos macabros de ambientación lascívica y sentimientos exterminadores de la quietud, poemas rompedores y lágrimas de sonido que motivaban a todo lo que se cruzara por la cabeza.
Empezamos a bailar y eventualmente comenzamos a besarnos, a devorarnos los labios, las lenguas, el cuello, la espalda. Bailábamos y disfrutábamos. El alcohol era el mago, nosotros el truco. Me dijo al oído que quería tener sexo conmigo y, sin pensarlo dos veces, la llevé a la habitación de arriba, aquella que siempre me cedía Daniel para precisamente ese tipo de cosas. La habitación no era muy grande, tenía un par de ventanas que dejaban entrar la luz citadina y lunar; un ambiente sin duda sensual. Nos acostamos riéndonos y nadie tomaba la iniciativa, no sé por qué sucedió esa pausa, pues el hielo ya estaba más que roto, estaba derretido con tanta lujuria.
—¿Qué quieres hacer? —le pregunté.
—Lo que tú me quieras hacer.
—Estoy muy ebrio para saber qué es lo que quiero.
—¿Eres marico? —me preguntó al tiempo que yo estallaba en risas.
—Solo quería ser caballero.
—Ebrio y caballero, interesante.
—Yo me preguntaba si tú eras lesbiana.
—¿Porque aún no te lo estoy mamando?
—Precisamente; tú sí sabes, bruja.
—¿Por qué me llamas bruja?
—Porque haces como magia, no sé, estoy borracho, déjame quieto —dije mientras sacaba otro cigarro, de los últimos. Me lo quitó de la boca y me besó como loca apasionada. Me quitó la camisa, luego bajó a mi pantalón e hizo su magia. La música se escuchaba hasta el cuarto y tenerla a ella encima combinaba con la noche, el ambiente, la lujuria; empezó a cogerme como ella quiso y ya mis sentidos no respondían bien, ella estaba más sobria que yo, pero tampoco tanto. Solo sé que amaba su cuerpo, era perfecto, sus tetas, su cintura; toda ella. Acabamos y nos quedamos abrazados un rato, luego dormimos sin saberlo.
Al día siguiente desperté y ella seguía dormida, tapada con las sábanas. Levanté un poco para admirar su culo y su espalda; era hermosa. No recordé bien la noche anterior porque todavía estaba alcoholizado, pero sabía que había sido de los mejores polvos de mi vida.
Ni sabía su nombre.
Bajé las escaleras y noté entre pasos tambaleantes el desastre hecho. En una esquina vi a Ana sin su ropa interior superior acostada en el sofá y mi libido despertó de nuevo, tenía muy lindas tetas, pezones rosaditos y pequeños. Lo peor fue que pensé en la desconocida, sentí ganas de subir de nuevo, pero debía irme. ¿Por qué? No lo sé, en realidad no tenía nada que hacer, pero aparentemente el modo automático y aburrido de mi vida entró en acción y me ordenó marcharme de la casa de Daniel a eso de las siete de la mañana. Así lo hice.
Salí caminando y el sol me hizo un daño terrible en los ojos, estornudé un par de veces y caminé hasta tomar un bus hacía mi apartamento. Mientras recorría las calles de la ciudad somnoliento recordaba las cosas que había hecho la noche anterior. Sentía que había sido una noche muy rápida, no recordaba mucho. Me di cuenta de muchas cosas que no mencionaré por vergüenza, pero al fin y al cabo la había pasado bien. ¿Y la chica? ¿Qué con ella? ¿La volverás a ver? No lo sé, ¿por qué me lo preguntas a mí?
Mi mente hacía estragos mientras mi cabeza se apoyaba en la ventana al lado de uno de los asientos del bus. Las preguntas me causaron una ansiedad que logré liquidar con la suerte de tener aún un par de cigarros robados en mi billetera, ahí los guardé para que no se doblaran después de botar la cajita blanca. Solía coleccionarlas, no sé por qué la boté. Aunque, ahora que recuerdo, fue ella, luego de decirle que las coleccionaba. Me retó botándolas, me preguntó que qué iba a hacer, ¿acaso me vas a golpear? No eres capaz siquiera de darme una nalgada. Dios, empezaba a recordar todo. Porque, exacto, ¿cómo fue que terminamos tirando? Sí, era una desconocida, pero bastante puta, y yo soy lo suficientemente caballero como para no rechazar ningún tipo de petición lujuriosa. Mi discurso en ese bus era inconsciente de la existencia de la gramática, del orden; era amante de la teoría del caos. Mi mente era un completo caos, y no podía dejar de pensar en ella, ¿ella era la representación de mi caos? ¿Mi vida era un caos? Joder, ¿y si no era real? Tengo que llamar a Daniel, a alguien, para ver si alguien más me vio con ella. Basta, no llames a nadie, no estás loco. O bueno, no ahorita, llámalos después. Por cierto, no vi a Daniel antes de salir. ¿estará bien? Me encantó su fiesta.
Bah, tengo sueño.
Bajé del autobús un par de paradas después de la mía porque me quedé dormido. Caminé más tranquilo y con la mente en blanco de vuelta a casa. No encontraba mis llaves, pensé que las había botado hasta que las encontré en un bolsillo de mi chaqueta. Abrí y subí los cuatro pisos hasta mi apartamento. Entré y todo estaba ordenado, como siempre. No me quería duchar, quería dormir, así que pasé directo al cuarto y me sumergí en la cama. Me pareció escuchar un ruido en la cocina y supuse que Daniela estaba en casa. El reloj me susurraba las ocho de la mañana.
Desperté a las cuatro y doce de la tarde, me sentía sumamente cansado aún, pero ya no podía dormir más. Me levanté y fui al pequeño baño azul y blanco. Abrí la llave y pasé el switch de la ducha corona. El agua caliente me cayó como una bendición de los dioses. El jabón, el champú, la espuma, el vapor; todo me parecía hermoso luego de una noche tan sucia. Duré más de veinte minutos allí, dañando al planeta. Me sequé bien y salí desnudo por algún motivo que aún desconozco. Cuando llegué al cuarto estaba Daniela haciendo la cama.
—Hola guapo —me dijo al verme, cabe destacar, con una mirada inquisidora.
—Hola —respondí besándola.
—¿Qué tal dormiste?
—Uff, como un bebé, aunque aún estoy cansado. ¿Puedes hacerme un café?
—Ya está colándose cariño.
—Gracias baby.
Me vestí al tiempo que ella terminaba de hacer la cama y se retiraba del cuarto donde tantas veces habíamos hecho el amor. Me puse una guardacamisa y un mono, luego salí al balcón a tomar aire y a los pocos minutos me trajo el café. Lo bebimos sentados sin siquiera mediar palabra, ella sabía comprenderme bien y notaba mi cansancio en los ojos que pertenecían a mi rostro. Me levanté, le di un beso largo y me fui a llevar la taza a la cocina de nuevo. Me serví un poco más de café, lo tomé allí mismo y luego lavé la tacita de peltre beige que siempre me hacía compañía por las tardes. El atardecer apenas empezaba y no sabía qué hacer, quería dar una vuelta para respirar un poco más pero me sentía agotado. Ella siguió allí en el balcón mientras yo salí a comprar unos panecillos para la cena y luego un sacacorchos, pues el que teníamos se había estropeado.
Volviendo me encontré a unos amigos en la parada del bus y hablamos largo rato; compré una caja verde de Lucky y volví al apartamento por fin. Llegué y la cena estaba casi lista, Daniela solía cocinar muy rico, así fue que logró enamorarme unos dos años atrás. No, miento, su picardía fue lo que me flechó: me encantan perras. ¿Un botón de muestra? Llevé lo que había comprado a la cocina y aunque me provocó agarrarle una nalga, no lo hice: al verme me besó y con su mano toqueteó mi entrepierna por unos segundos. Ella siempre era así.
Cenamos algo muy rico y conversamos aún más rico. Estaba más entusiasmada esa noche, se mostraba más interesada en todo lo que decía y sonreía mucho. No era muy común eso. Todos los temas que hablamos eran muy ajenos a nosotros. Los atentados a Niza, el ataque verbal del presidente de Filipinas al de los Estados Unidos, las olimpiadas, las nuevas noticias sobre el colisionador de hadrones, un poco de metafísica, y para finalizar filosofía; nada estúpido del tipo, ¿qué hiciste hoy? ¿Qué hiciste anoche? ¿Qué harás mañana? Qué va, ya estábamos grandes para eso.
O... no sé.
Mi mente empezaba a dar vueltas de manera extraña al finalizar la cena así que me fui a acostar temprano. Apagué las luces y me coloqué los audífonos, quería olvidarme de todo. Pero sonó I Feel It Coming; lo recordé todo. ¿Todo? No. ¿O sí? No lo sé. Basta de estos pensamientos y disfruta la canción. No puedo. ¿Por qué no? Bah, no s...
—¿Qué tienes cielo? —me interrumpió Daniela encendiendo la luz—, ¿te sientes bien?
—Nada, solo estoy un poco cansado.
—Ven, ¿qué escuchas? —me preguntó al tiempo que colocaba en altavoz la canción.
—Amo esa canción.
—Lo sé, yo también, me da ganas de coger.
—¿Ah sí? —pregunté riéndome.
—¿Y de qué te ríes? Es en serio.
Se desnudó en cuestión de segundos y luego apagó la luz; eso bastó para excitarme. Se acostó encima de mí y comenzó a besarme, a acariciarme y susurrarme cosas que no comprendía. Quizá no decía nada. Ella tenía sus mañas. Yo jugueteaba con su espalda, su trasero y sus tetas, sus mejillas, sus clavículas. Besaba sus pómulos, sus párpados. Se dio la vuelta y me dio la espalda, aún encima de mí, mientras me acariciaba las piernas. Yo le tomaba la cintura y pasaba las yemas de mis dedos por su pelvis, las yemas de los otros cinco por sus pezones, luego los anteriores cinco por sus piernas, y luego los otros cinco por su cintura, su ombligo, sus costillas. Su piel era suave y excitante, extática, afrodisíaca; mis dedos eran exploradores de su tiempo y su espacio, a ella le encantaba ser mi presa. Era sumamente astuta y a mitad de canción alargó su mano al iPod para activar el modo bucle, por lo que la cancioncilla se repetiría, y se repetiría. Eso me hizo sonreír y saber que esto iba a ser largo. Ya me lo estaba tomando con calma, pero ahora aún más. Mis dedos jugaron con sus labios como si tuvieran vida propia, ella estrellaba la parte alta de su espalda contra mi pecho y separaba su cintura de mi abdomen cuando llegaba al volcán en erupción de su planeta. Mi querida Venus. A partir de entonces todo empezó a volverse poético. Nacieron los gritos mudos no de sus pulmones, sino de su Dodge's Logo, nacieron los espasmos dolorosos que se apoderaban del techo. Sus rasguños en mis piernas eran incesantes, su cabello respirándome en el rostro era inevitable, por eso mis ojos estaban cerrados mientras su cuerpo desnudo yacía sobre el mío aún vestido. No por mucho. Fui a cambiar la canción por Sidewalks porque sinceramente me había aburrido y aprovechó eso para darse la vuelta y empezar a quitarme el mono que tenía puesto. Lo arrancó en cuestión de segundos, al igual que mi franelilla. La nueva canción aceleró su corazón, el mío, y su cadera. Me abofeteaba con ella la pelvis, sus senos golpeaban mi barbilla y su salvajismo empezó a salir a flote. Alcancé un cigarro de los que había comprado y lo encendí mientras ella besaba mi abdomen y pecho. Se lo ofrecí y nos turnábamos los besos: besábamos el cigarro y luego nuestros pechos. Así hasta que ella se fue abajo y empezó a hacer su magia de bruja.
Allí atacó una especie de déjà vu.
Pero era demasiado buena con sus labios y la lengua, lentamente se apoderaba de mí, era yo el que se estremecía ahora, el que se movía al ritmo de la canción. Lo tomaba, subía a mi abdomen, bajaba hasta donde mis sentidos explotaban junto conmigo y el cuello me quedaba completamente descubierto, como quien grita: ¡dególlame! ¡Venga, hazlo ya! Maldita perra, sabía dominarme a su antojo, sabía que su lentitud allí me retorcía, me degradaba, me ensuciaba el alma, el corazón, la garganta, la mente. Irónicamente sonaba Attention; eso lograba ella, tener mi atención y alejar cualquier fantasma, sin sábanas, sin luz, con sábanas, con luz; como fuera, pero lo lograba. A veces yo, en mi estado de éxtasis, abría los ojos y no podía ser peor: observaba su silueta atrevida e inhumana devorándome, sus curvas, el corazón que formaban sus nalgas a contraluz, su cintura arqueada y su cabeza concentrada, sus ojos lascívicos y su cabello enredado en el placer.
Suspiré.
Lo demás es historia de otro cuento.
Lo cierto es que ella transformó todo en un jamais vu. En el momento no me di cuenta, pero sé que fue así. ¿Por qué lo sé? No lo sé, no vamos a tener esta discusión de nuevo. ¿O sí? Bah, seguiré durmiendo. No puedo. Necesito café.
Me levanté y el reloj susurraba las cuatro y treinta y tres de la mañana, ella dormía, probablemente aún con sudor y semen pegado a su piel, al igual que yo. Quería darme un baño pero preferí tomar primero un rico café. El sol comenzaba a aclarar el cielo, lo vi al pasar por el lado del balcón y llegar a la cocina. Me sentía muy cansado, demasiado, y la espera para el café se me hacía extremadamente larga. Lo bebí en la misma cocina, sentado y con un cigarro entre los labios. Era muy temprano pero mi mente quería colapsar, motivos desconocidos. Ya saben como es esta relación con mi mente. Ella se levantó al rato, debía ir al canal de televisión donde trabajaba, era actriz de telenovelas o algo así, nunca estuve realmente interesado en su carrera. Se notaba más cansada que yo, la saludé, y se fue al rato. Yo no sabía qué hacer con mi vida, ni ahí ni nunca. Es decir, en general y en específico. Me refiero a que era un fracaso, pues solo sabía hacer una cosa.
Salí, di unas vueltas a la manzana, luego volví. Me quedé dormido hasta las seis de la tarde, fue una de las 'siestas' más largas de mi vida. Desperté y ella no había llegado. Cené (almorcé) y me puse a escribir largo y tendido. Un poco enrollado, pero desgraciadamente poético; trágico. Siniestro por naturaleza siempre, pero en ese momento carente de ciencia política, tercerizado a la lírica. Algo así, aunque esa palabra es un poco política ¿no? Se te nota en la sonrisa, siempre andas en una nota de aquel lado tan justo y utópicamente equitativo. Digo yo. Lo cierto es que Daniela llegó a eso de las diez de la noche, se bañó y se fue a la cama, estaba agotada y no la fastidié. Faltaba media hora para la medianoche cuando Daniel me escribió que estaba abajo, que quería charlar conmigo un rato en el bar. Como yo no tenía el más mínimo sueño me fui de inmediato con él. Conversamos de todo, él ya estaba ebrio y yo no tenía ánimos de volver a beber así que me cuidé en demasía. A las dos fuimos a su casa, lo dejé allí y me llevé su carro a mi edificio, por obvias razones.
Llegué y estaba dormida aún, al entrar al cuarto hice un poco de ruido y se despertó, me observó atentamente, pensé que iba a preguntar dónde había estado pero no lo hizo, se tapó con la sábana y prosiguió en su sueño. Yo me cambié y fui a la cocina, bebí y fumé, luego a la sala y a escribir largo y tendido. Un poco enrollado, pero desgraciadamente poético; trágico. Se hicieron las cuatro de la mañana y sonó la alarma de Daniela, me timbró y me desconcentró así que apagué todo y me fui a la cama. Daniela estaba en el baño así que no me la crucé. Al rato de haber agarrado algo de sueño entró y me dio un beso en la mejilla, eso fue lo último que recordé antes de dormir. Me desperté a las doce del mediodía, tenía hambre. Salí, compré pan y jamón, luego unas hojas de té y otra verde de Lucky. Me encontré a unos amigos en la parada y hablamos largo rato. Llegué a la casa e invité a uno de ellos a almorzar, al que estaba libre, a lo cual aceptó. Comimos y conversamos. Lavé los platos, recogí todo y lo despedí en la puerta.
En ese momento me di cuenta que mi vida era un asco, completamente monótona, simple, vacía; si fuera una novela sería demasiado aburrida. Me dieron ganas de lanzarme por el balcón, miré al techo como si fuera el cielo y pregunté el por qué de algo que no tenía definido, quería escribir pero no tenía nada bueno que contar.
A los pocos segundos tocaron la blanca puerta.
Era la una de la tarde según el reloj que estaba encima de ella. Estaba mal vestido, así que empecé a razonar quién podría ser. ¿Debía vestirme mejor en caso de que... ¿En caso de que qué? No creo que sea el presidente quien venga a visitarme. Puse la mano en el picaporte, y dudé. ¿Por qué dudé? ¿Podría ser el presidente? Como va a ser el presidente, por dios. Bueno, no el presidente, pero sí alguien importante. No creo. ¿Entonces? Me pondré la bata. ¿Y si es una chica? Podrías causar una impresión sexual si abres justo así como estás. ¿Qué chica podría ser? No lo sé, quizá... ¿Cuál? ¿La bruja? ¿Cuál de las dos? Ah, ¿es que hay dos? No, bueno, no sé, ¿a quién entiendes tú por bruja? Eso te pregunto yo a ti. Ya va, por cierto, ¿preguntaste a Daniel si te vio con ella? Ya sé a cual te refieres, y no. ¿Por qué no? Lo olvidé pues. Qué irresp...
Tocaron la puerta de nuevo antes de seguir desvariando.
—Ya voy.
Me apresuré a ponerme la bata y abrí la puerta.
Era Luis, el que acababa de almorzar conmigo. Qué estúpido me sentí.
—¿Qué pasó? ¿Se te quedó algo?
—No, no, solo que olvidé mencionarte que Daniel quiere que vayas a su casa hoy, me lo dijo esta mañana.
—¿Para qué? ¿Y por qué no me lo dijo él?
—No lo sé, creo que anda sin saldo.
—Ahm... Vale, ¿a qué hora?
—A la que puedas.
—Allí estaré.
Cerré la puerta y me quedé pensativo mirando el dorado picaporte. Lucía flaco allí en ese extraño reflejo, digo, más de lo que lo soy. ¿Qué quería Daniel? ¿Él sin saldo? ¿Y desde cuándo le dice a Luis que me diga cosas a mí? Todo era raro, pero al saber que tan hipocondríaco como paranoico soy, hice caso omiso a las advertencias que yo mismo creaba.
Me vestí rápido y me fui. Llegué al rato con el carro de Daniel. ¿Quizá era el carro lo que quería? No creo, Daniel tiene otro carro qué es el que precisamente más usa. Otras veces me ha prestado este por días y no hay problema. Llegué entre pensamientos difusos. Me bajé y toqué el timbre. Abrió el papá de Daniel y me invitó a pasar. La mansión estaba mucho mejor que hace un par de noches atrás. eso sin duda. Subí a su cuarto y entré.
—Habla, ¿me necesitabas?
—¿Yo? Siempre. ¿Qué tal estás? Necesitaba el carro porque al otro se le quemó un cablecillo de la batería y lo mandé a revisar. Era urgente porque esta noche debo ir a las afueras de la ciudad a ver un acto teatral de mi hermana en un festival que hacen por allá. ¿Tienes algo que hacer?
—Ya, ya, entiendo. Está allá abajo. Por cierto a ver si le limpias los asientos que están del asco. No tengo nada que hacer, te puedo acompañar.
—Nunca tengo tiempo para limpiar. Salimos en una hora, cenas con nosotros.
Asentí y fui al baño a orinar. Esa era como mi casa ya, desde los catorce la visitaba y pasaba horas allí. Eran tiempos memorables. Bajé al comedor y no había nadie así que decidí dar una vuelta por la casa. Subí las escaleras y apenas poner un pie en el segundo piso me pareció escuchar A Change Of Heart sonando en una de las habitaciones. Me acerqué a una de ellas, desde donde parecía provenir el sonido. Amaba esa banda así que no dudé en abrir la puerta; obviamente eso no era justificación válida. Al abrir la puerta noté unos tonos negros y rosados en las paredes, algunos pósters, otras menudencias; pero la verdadera distinción la tuve al observar en la cama una hermosa silueta femenina. Llevaba puesta solamente la ropa interior inferior, arriba nada, quiero decir: un par de hermosos senos pueriles y juveniles que poseían ese característico color piel—nunca—tocada—por—el—sol que me hipnotizaron.
—Joder —exclamé.
De inmediato la chica pegó un brinco y su cara reseñó una vergüenza sin igual, se tapó al tiempo que yo cerraba la puerta rápidamente y me iba sin siquiera decir que lo sentía. A los dos pasos noté que la puerta se abría y no tuve el valor de voltear siquiera.
—Oye tú —me llamó mientras sacaba su cabeza y la larga cabellera por el marco de la puerta.
Volteé y la reconocí. Venga, es que con esas tetas ni tiempo había tenido de ver su rostro. Era la prima de Daniel, tenía como diecisiete, la conocía como desde sus trece. No sabía mucho de ella, apenas la veía de vez en cuando, estudiaba en un colegio de monjas, o algo así, y no tenía mucho tiempo libre. Hasta me pareció haberla visto en la fiesta, pero no recuerdo bien.
—Ehh, hola, siento lo de... Bueno, me gusta The 19...
—Lo sé, lo sé, no importa, no sabía que andabas acá, ¿me puedes ayudar con algo?
—Sí, claro, ¿qué cosa?
—Ven, entra.
Ay.
Me acerqué lentamente al cuarto como para darle tiempo de que se pusiera algo, si es que ya no se lo había puesto, entré lentamente y divisé bien su cuarto, era si bien moderno, aún serio. Apenas la vi me quedé frío por dentro. Seguía en topless sin ningún tipo de pudor. ¿Lo peor?
—Allí bajo el colchón guardo unas cosillas pero no tengo fuerza para levantarlo y mi primo que es el que me ayuda no anda cerca, no le puedo decir a nadie más porque bueno, ya verás que cosas son —me dijo sin inmutarse, como si estuviera vestida de pies a cabeza, o como si no, pero yo fuera su madre, o su mejor amiga. Tuve que tragar saliva y obviamente aunque estuviera sorprendido por dentro, por fuera mi actitud era de plena normalidad.
—Vale, déjame ver qué puedo hacer —le respondí mientras levantaba el colchón. Había una bolsita como de regalo y la sacó. Esperó que bajara el colchón y puso la bolsa en la mesita de noche.
—Ajá ¿y no la vas a abrir? —dije como para evitar cualquier tipo de incomodidad.
—Sí, ya va, por allá están las tijeras —respondió al tiempo que yo pensaba, ¿tijeras? Pero si no tiene sello, no está cerrada herméticamente la bolsa... No entendía. En ese momento hizo un raro movimiento de pies, tropezó sobre sí misma y cayó encima de mí, empujándome a la cama. Fue muy obvia. Traté de no tocar nada y actuar como si la mercancía fuera frágil—. Ay, me caí —dijo con voz extremadamente sensual e inocente al mismo tiempo.
—Ya veo... —dije en tono sarcástico al tiempo que me la quitaba de encima y me incorporaba—. ¿Ya no necesitas nada más? —alcancé a decir antes de que la voz de la mamá de Daniel, tía de la nudista, apareciera por el pasillo llamándola. Ella saltó de la cama como un canguro (o como una actriz porno) y corrió a cerrar la puerta justo cuando la señora estaba empujándola.
—Me estoy cambiando tía —dijo al son del seguro de la puerta.
—Ahh, pero cierra la puerta mi cielo. Abajo está la cena, vístase decente que hay visita.
Apenas la señora dijo eso la nudista me vio y se río, yo también me reí aunque por dentro sentía un pequeño temor, no quería manchar mi reputación con la mamá de Daniel, respetaba mucho a esa señora, siempre cortés, educada y amable; era inigualable cortesana.
—Gracias tía, bajo en un rato.
La música seguía sonando, Loving Someone, yo me acerqué a la puerta y puse la oreja en ella para ver si ya la señora se había ido y salir, a lo que ella se sienta en la cama, y me dice pícaramente y sonriendo:
—¿Ya te quieres ir?
La vi de reojo y debo admitir que me encantó. Me encantó todo lo que había hecho. Suelo valorar mucho las iniciativas de las personas por sus intereses si estos no son perjudiciales. El hecho de que hiciera todo tan torpemente me recordaba a mi juventud, cuando creía idear los planes más perfectos y resultaba que todos se daban cuenta de mi ingenuidad. Aún así muchas veces me salía con la mía y lograba lo que quería. Yo solía ser muy tímido e introvertido, pero siempre que necesitaba o simplemente deseaba algo, luchaba por ello sin importar los medios, pues estos estaban siempre justificados por el fin, uno que casi siempre era placentero. De cierta manera me veía en ella por sus ideologías de directicidad y sinverguenzura, pero a su vez veía en ella esas cosas que ya no estaban en mi, ni en ninguna de mis amigas o compañeras: la juventud plena y la inexperiencia, creo que por eso disfrutaba el momento. Últimamente mi vida había estado rodeada de monotonía y adultez, de seriedad, de experiencia y todo bien hecho, nada mediocre, todo calculado. Sin fallos, sin torpeza. Y ella estaba allí, sentada en la cama, a punto de revolcarse con alguien unos cuantos años mayor que ella y sin saber que se iba a someter a un juicio que dependiendo del juez (o su actitud) iba a ser inescrupuloso o considerado. ¿Cómo iba a ser? Pues viendo que ella estaba rescatándome de la monotonía que arrullaba mi vida en el plano mental—temporal, era casi obvio que debía ser agradecido. Decidí jugar.
—Quiero pero la puerta está cerrada. ¿Sabes dónde está la llave? —dije en el tono más serio posible. Se quedó pensando unos dos segundos, lo que demostró que mi juego empezaba a funcionar. No pude evitar reírme—. ¿La tienes tú? —dije al tiempo que su cara se sonrío y noté que captó que quería colaborar.
—Creo que sí la tengo pero deberías revisarme.
Se acercó y con los brazos arriba se me insinuó. Yo no es que estaba precisamente excitado o interesado, así que inconscientemente hice un gesto que demostró precisamente eso. No sé cuál fue, pero ella lo notó y aparentemente se molestó. Se sintió rechazada quizá. No era mi intención. ¿Lo peor? No se quedó con esa y me tomó con mucha fuerza y me empujó a la cama. Se subió encima de mi y comenzó a desvestirme apresuradamente, sacó mi pene y se lo llevó a la boca. No era precisamente una bruja (me pregunto si hubiese querido que fuera, y no sé por qué me lo pregunto), pero no lo hacía mal. Me preguntaba si era virgen y lo dije en voz alta.
—¿Eres virgen?
—Ahá —afirmó con mi trozo dentro de su boca. Debo admitir que fue algo tierno.
Siguió en su proceder de manera afanosa y más tierno me parecía. Yo le ayudaba guiando su cabeza al ritmo que me complacía y me gustaba. Su cabellera larga y castaña era muy hermosa, la apartaba con delicadeza porque simplemente el arte ha de ser tratado de esa manera. Noté que estaba enfrascada en mi miembro y no pretendía salir de él, así que le enseñé a complacer a un hombre, saqué su cabeza de él y la llevé a mis testículos, captó rápido y me llevó más allá del techo de esa habitación, luego la dejé que hiciera lo que quisiera y no me parecía nada mal su trabajo. A los minutos me dio sed y le dije que moviera su trasero a mi cara y a trompicones obedeció. Le quité la prenda interior y comencé a lamer y chupar. Era tan inexperta que cuando mi lengua exploraba tanto como podía sus profundidades ella dejaba de mamar y se arqueaba. De inmediato noté que si llegaba a pasarle mi lengua por su virginal ano la llevaría a un nivel desconocido. Así fue, le pasé la lengua suave y lentamente y su gemido se pudo haber escuchado fuera en el pasillo. Su trasero se apretó contra mi cara y entré en una especie de pánico extraño.
—Hey, pueden sospechar...
—¿Tienes miedo? —preguntó mientras me lamía.
Joder. Yo, que me jactaba de ser un sinvergüenza innato y sublime, al que no le importaba nada en el fondo, el que podía improvisar y manipular todo a su antojo para salir de aprietos si así sucediese, iba a tener miedo. Maldita carajita. Tiene diecisiete, puedo ir preso. ¿Tienes miedo? ¿Vas a renunciar al placer para complacer al sistema? ¿Tu placer vale menos que el placer del sistema? Maldito sistema. ¿Tienes miedo? ¿Acaso no te encanta su puerilidad y juventud? ¿No te distrae su inexperiencia? Joder, es otra cosa. No puedes ponerme en esta situación. ¿De qué hablas? Me decepcionas, pero bueno, es tu decisión.
—Debo irme —dije mientras me la quitaba de encima con intenciones de vestirme.
—¿Es en serio?
—Sí.
—Pues de aquí no te vas sin cogerme. O mejor dicho, no me voy sin cogerte.
De nuevo me empujó a la cama con una fuerza que yo no sospechaba, se tiró sobre mí y me mordió el cuello fuertemente, sentí todos sus dientes y me quedé sorprendido. Mi pene seguía erecto y eso a mi consciencia le daba risa, lo usaba para burlarse de mí y mis "ganas de irme". Se ensartó en mi pene de forma violenta y empezó a moverse muy rápido. Estaba muy húmeda, pero estrecha. Me preguntaba si de verdad era virgen hasta que vi su cara, estaba luchando en la línea entre el placer y el dolor, pero lo disfrutaba enormemente, estaba cruzando la línea de sombra de Conrad y empezaba a madurar, a crecer, empezaba a comprender que venimos a esta vida para sufrir, a sufrir para ser felices.
—Se siente demasiado rico, me encanta tu verga —me decía entre gemidos—. Quiero estar aquí toda la vida.
Se seguía moviendo rápido y no puedo mentir: yo lo disfrutaba, y mucho. Hace tiempo no tenía el placer de degustar una vagina tan estrecha y corta, no es que fueran mis preferidas, pero... Era algo distinto. ¿Vino blanco para acabar la cena? Ella pareció leerme el pensamiento.
—Mierda, el condón.
Se salió y fue a la mesita de noche a por los preservativos que estaban en la bolsita que antes estaba bajo el colchón. Cuando los buscaba divisé un encendedor y unos cigarros en la misma. Era lo que me hacía falta para calmar mi subconsciente. Mientras yo encendía el cigarrillo ella me ponía el condón y se subía de nuevo, esta vez se movía más rápido, era una buena marca. Me relajé fumando y ella se movía maravillosamente, probablemente sabía bailar bien. Estuvo un rato así la cosa hasta que me acabé el cigarro. Si era por ella yo nunca iba a acabar porque hacía falta más para ello, y era raro que no hubiesen venido a buscarme, o que me hubiesen llamado. Probablemente pensaron que me fui o que estaba encerrado en el baño. Cualquier cosa estaba pasando pero no quería pensar mucho en ello. La tomé por la cintura y la recosté en la cama justo al borde, me puse de pie, le abrí las piernas completamente, disfruté por unos segundos de su hermosa pelvis y abdomen y se lo metí hasta el fondo. Gimió suavemente de placer y dolor, que al cabo son lo mismo, y empezamos a disfrutar el epílogo. Quería acabar rápido y por ello debía penetrarla muy rápido. En dos minutos ya sentía un torrente correr por mis testículos, el pecho se me apretaba y mi pene se contraía, lo saqué, quité el condón y me empecé a masturbar para acabarle encima, quería ver de qué estaba hecha esta niña. No me defraudó. Se acercó inmediatamente después de que hice lo que hice y recibió en su cara y su boca todo el semen tibio que expulsaba de mi cuerpo. Lo saboreó y se tragó hasta la última gota. Se tiró en la cama y yo fui al baño. Me lavé por encima lo que pude y me limpié rápidamente. Ella entró al baño y se acercó aún desnuda y me abrazó por detrás.
—Gracias. Siempre quise perder la virginidad contigo. Desde los trece años estoy enamorada de ti. La primera vez que te vi sentí una cascada de sentimientos que eventualmente se volvieron sexuales, siempre que te veía me excitaba y te imaginaba de todas las maneras posibles. Me tocaba pensando en ti día y noche, dos, tres, cuatro y hasta cinco veces al día. Cada vez que nos visitabas y yo estaba aquí para mí era como un sol en invierno, me gustaba venir aquí por el hecho de que podías venir en cualquier momento e iba a poder verte una vez más y saciar la sed que siempre tenían mis ojos de verte. No sé por qué pasó, pero pasó, me enamoré de ti y de lo que desconocía de ti. Hoy conocí de ti lo que más anhelaba y debo admitir que no era tal como lo imaginaba, es mejor. No sé qué puedas pensar de mí, pero por eso aprovecho y te doy las gracias por complacerme hoy, pues no fue precisamente que yo te violé. Sé que tienes novia y que no me pararías bolas ni en un millón de años, y en realidad sé muchas otras cosas de ti, pero espero que al menos valores lo que siento por ti y no sé, si alguna vez deseas tener sexo de nuevo conmigo, vengas con confianza, mi vagina y mi culo y todo mi cuerpo es tuyo, a tu servicio y disposición. No, no soy una puta, pero contigo me fascinaría serlo. Y ya, eso es todo —dijo mientras me daba una nalgada—, ve a cenar que te deben estar esperando, campeón. Gracias de nuevo.
Primero, mientras me decía todo eso, volteé a medias, anonadado, luego ya me había dejado de abrazar así que volteé completo y sentí que estaba frente a un ángel. Su cuerpo aún estaba allí, desnudo, perfectamente despojado de su virginidad minutos antes y me parecía hermoso, radiante; su sonrisa era incompetente frente a la mía, sus ojitos de antes me llamaban a la puerta del alma porque parecían pinturas de las medias noches del Renacimiento. Mi boca no era sonrisa, era abertura y sonrisa al mismo tiempo. No podía procesar todo lo que me había dicho y tampoco quería mantener la "normalidad" por fuera, ya valía verga, ella se había abierto —literal y figurativamente— ante mi y yo no podía actuar como si de piedra fuera. De piedra si estaba mi pene, algo normal en mí después de coger, pero extrañamente sentí ganas, por un segundo, de echar otro polvo con ella, eso nunca me pasaba y allí comprendí la magia que causaba, esa "niña" con sus "dientes de leche", en mí.
Le di un beso y me fui del cuarto con sumo cuidado de que nadie me observara.
Bajé al comedor y allí estaba toda la familia. Me senté junto a el papá de Daniel, un empresario bastante refinado que... Bueno, no perderé mi tiempo detallándolo. La parte importante de esa cena fue cuando llegó a la mesa la prima de Daniel. Me interesé mucho en cómo actuaría, y la verdad es que quedé admirado ante su sobriedad. Saludó a todos y al invitado no con especial afán, simplemente con educación, y sin hacer el más mínimo gesto que indicará nada extraordinario. Hasta yo, por un segundo, dudé de lo que justo había pasado en el piso de arriba. Miré a todos mientras ella llegó y nadie, tampoco, pareció sospechar nada. Lo cierto es que, con motivo de su llegada a la mesa, la mamá de Daniel me dirigió la palabra.
—Oye, tú tocas el piano, ¿no?
—Sí, aunque ya no practico mucho... ¿Por qué?
—Es que mi hermana me ha comentado que ha estado buscando un profesor de piano para mi linda sobrina, y qué mejor que alguien de la familia para que le enseñe, ¿no?
—Vaya... No tengo una pedagogía en eso así qu...
—No te me hagas de rogar ah.
—No es eso, solo le estoy advirtiendo que —su sobrina me va a violar— no es que soy un "profesor" como tal...
—Eso es lo de menos, lo importante es que vaya aprendiendo algo, ¿no? Además, creo que a ella le gustaría la idea, ¿cierto, cariño? —le preguntó, mientras yo volteaba a verla esperando algún gesto que la delatara, pero qué va.
—Hmjú —asintió sin mucha emoción.
—Pues perfecto —dijo la tía—, el lunes empiezan, acá en la casa o en la tuya, como prefieran, supongo que tienes piano allá, pero también sé que es...
Bla bla, el resto sobra, además que mientras ella hablaba entré en modo automático. E imaginativo. No sé qué sucedió conmigo, pero mi deseo estaba más que despierto, y no tenía intenciones de detenerlo, no mucho.
Terminó la cena y de una vez nos fuimos Daniel y yo en el carro.
—No sabía que tu hermana hacía teatro.
—Yo tampoco, por eso debo ir, ha estado bastante mal últimamente y me lo sacó en cara en una de esas discusiones por ver quién dejó la vajilla sin lavar. Me sentí culpable y bueno, digamos que quiero darle una sorpresa.
—Entiendo, ¿de qué trata la obra?
—No sé, y tampoco creo que te interese ah —rió.
—Jaja, solo trato de estar preparado. Nunca me ha gustado ver obras de teatro, es algo tan anticuado y natural que me desagrada.
—Pero si alguna vez me dijiste que te gustaba actuar...
—Sí, pero actuar es una cosa y ver actuar a las personas es otra. Digamos que mi nivel de exigencia actuacional es bastante alto.
—¿Daniela no hace actuaciones ya? No pude hablar con ella el día de la fiesta.
—¿El día de la fiesta? —pregunté confundido.
—Sï, ella fue, ¿no?
—Tsk, no. No que yo sepa.
—Me pareció verla pero bueno, supongo que estaba muy ebrio. Entonces, ¿quién era esa con la que te la pasaste toda la noche revolcándote? No creas que no te vi, pillo.
—Jaja, ni yo lo sé. Al menos ya sé que es real, lo dudé durante varios días.
—Clásico, siempre enredándote con personas que ni conoces, no me sorprende.
—Soy como un camarón siempre dormido —dije riéndome.
—Ya me dio hambre de nuevo...
—Tampoco me sorprende; deberíamos ir por unas cervezas luego de la obra.
—No me parece mala idea.
En eso, llegamos. No era a las afueras de la ciudad, como había dicho Daniel, pero sí era lejos del centro. Nos bajamos y nos chequeamos dentro del complejo, que era bastante prominente. Buscamos nuestras sillas de una vez y las estrenamos. Estábamos un poco lejos. Faltaban al menos quince minutos para que la obra empezara así que Daniel fue a comprar algunas baratijas plásticas que las nuevas generaciones viven tragándose y yo preferí quedarme a reposar los ojos allí en el asiento. Pues resultó que me dormí por más de media hora, y Daniel me dejó dormir tranquilamente, pues porque no mucho tiempo atrás le había dicho que no me gusta el teatro, lógico. La cosa es que esta vez si tenía interés en la obra, y me perdí el jodido principio. Me desperté alarmado y le pregunté a Daniel cuánto había dormido y qué carajos había sucedido al comienzo. Medio me comentó y empecé a entender un poco lo que pasaba. A los pocos minutos sentí que reconocí a alguien en el escenario. De inmediato pensé en lo mucho que había adelgazado la hermana de Daniel. Se lo comenté y se rió, pero no me dijo nada. Sinceramente no entendí. Lo gracioso fue que minutos después vi a la hermana de Daniel en el escenario, igual de gorda como siempre, así que mi mente colapsó. Sentí que estaba alucinando, así que en vez de forzarme, decidí dormir, otra vez.
Me desperté al final como por arte de magia. Siempre me he preguntado porque siempre me despierto cuando el programa que quería ver se termina, o el juego de fútbol, o la carrera de F1. Es extraño, es como si el universo quisiera restregarte que no sirves para una mierda y que te dormiste y te perdiste lo que querías ver. Aunque esta vez no fue así, pues no quería ver esa extraña obra que no tenía sentido para mí. Sin mencionar que el nivel era menos que amateur; decepcionante.
Nos levantamos de las sillas y mientras salíamos sentí ganas de orinar, así que le dije a Daniel que nos encontrábamos en el carro. Me fui a los baños pero estaban colapsados, por lo que le pregunté a uno de los organizadores si habían otros y me dijo que podía intentar ir al de los camerinos. No perdería nada, pues podía ir y venir y aún la multitud seguro no había salido por completo, así que fui. Cuando llegué, medio perdido, transité por un pasillo en donde estaban todos los camerinos. Estaba nervioso, pues pensaba que me regañarían si me veían por allí, y eso me dio más ganas de orinar. Al llegar al baño de hombres, bam, sorpresa, estaba cerrado por limpieza. Qué cagada. El de damas estaba abierto, así que, haciendo caso a mis extraordinarias ganas de orinar, me asomé a ver si había alguna chica. Apenas abrí vi a la rubia que había confundido con la hermana de Daniel. Bueno, he de ser sincero, lo que vi fue su hermoso culo, pues se estaba maquillando en uno de los espejos con una pose muy llamativa. Me parecía conocida, mucho, pero no sabía de dónde. Definitivamente no era la hermana... Pero... ¿Quién? Mientras pensaba, otra chica salía de uno de los compartimentos del baño y de inmediato cerré. Me devolví rápido a la zona central y luego a la salida. Fui al carro y me monté.
—Fue rápido.
—Sí... Ni oriné, estaba cerrado. Y el otro lleno, un desastre.
—Bwoah, siempre me pasa en el cine así que te comprendo.
—¿No saludarás a tu hermana?
—Mierda... Cierto, debería... Si no no se enterará de que vine, joder.
—Si quieres te espero acá, ya hasta se me quitaron las ganas de orinar así que...
—Vale, vale, ya vengo.
Se fue, y al rato llegó con ella y una amiga de ella. Venían bastante alegres. Cuando se montaron supe que Daniel las invitó al bar al que pensábamos ir, así que intenté ser amable con ellas. Me preguntaron por la obra y tuve que decirles que yo no entré, para no quedar mal. Mientras tanto, habíamos llegado al bar y nos sentamos a beber en una de las mesas. La hermana de Daniel pidió una quinta silla porque supuestamente una de sus amigas también venía en camino pero en su propio carro. Me dio igual, lo que yo quería era desligarme un poco de lo que había vivido todos estos días, me sentía exhausto, programado para estresarme, y eso no me gustaba.
Al rato llegó la amiga... Y sí... Era predecible que fuera ella.
La peor parte fue que apenas entró y nos vió, saludo a la mesa, y me hizo señas directamente a mí, con el dedo índice, pidiéndome que fuera hacia donde estaba ella. Las amigas hicieron broma de aquello, como si ella me estuviera coqueteando. La hermana de Daniela me preguntó si la conocía y la pregunta me dejó un vacío existencial. No respondí y me levanté de la mesa nervioso. Sentía que iba a pasar pena cuando la chica me hablara y yo no supiera quién carajos era. ¿Debía ser sincero y decirle que no tenía idea de quién era ni dónde la había conocido? ¿O decirle que sí sentía que la conocía de toda la vida pero que aún así no sabía? Bah, solo sé tú mismo. ¿A qué viene esa frase tan mainstream? ¿Acaso no puedo usar lo cliché también? Sí pero... No sé. Idiota. Calla.
Cuando estaba a dos metros de ella me paralicé. Justo como si hubiese visto a una bruja. Y ese era el caso, era aquella chica, de aquella fiesta. También era predecible, pero solo después de saberlo.
—Hey... ¿Tú eres...
—Sí, veo que me recuerdas, jaja.
—No tan bien como debería... ¿Qué ha pasado que me has llamado acá?
—Pues, verás, mi carro está algo descontrolado y necesito ayuda.
Fuimos al carro y era su reproductor el que estaba "descontrolado". Simplemente estaba en un modo no correcto. Lo "arreglé" y me dio las gracias mientras me ofrecía un cigarro.
—Creo que te lo debo.
—Jaja, sí, eso creo.
—No no, quédate dentro del carro, bajaré los vidrios.
—Vale —dije mientras ella colocaba música. Precisamente el álbum que habíamos estado escuchando aquella noche: Starboy. Guardamos silencio, también, justo como aquella noche. Y fumamos, justo como aquella noche. Me sentía extraño, pero no quería pensar. De verdad era lo menos que quería hacer.
Pasaron quizá dos o tres canciones y dos cigarros cuando le dije que quizá deberíamos entrar.
—Y bueno también quiero tomarme algunas cervezas.
—Hmm, yo me tengo que ir, en realidad, solo vine a verte.
—¿Cómo sabías que andaba con Daniel?
—Te ví en los pasillos y cuando vi a Daniel hablando con su hermana todo encajó.
—Muy perspicaz, interesante.
—Bueno, igual ya debo irme.
—Entiendo...
—¿Quieres coger?
—... —no me dio tiempo ni de responder.
—No ahora, pero otro día, digo, podemos cuadrar una cita, ¿qué dices?
—Pues...
—Te llamaré dentro de tres días, el martes, ¿vale? Yo le pido tu número a Daniel.
—Hmm, está bien...
Me bajé del carro y se fue. Me pareció estar soñando por un momento. Era precisa, directa y hasta parecía leerme la mente, a pesar de que en ningún momento expresé externamente las enormes ganas de cogérmela ahí mismo en el carro. Fue de película. Me llamaba mucho la atención y no sabía a ciencia cierta por qué. Incluso me parecía un rostro familiar, pero supongo que porque era muy bella, y muy esbelta, tenía una figura entrañable. Lo cierto es que decidí tomar un bus a la casa. Le dejé una nota a Daniel en el carro. Sabía que no se preocuparía porque probablemente pensaría que me fui con la rubia a tirar por allí —ojalá—, pero luego sabría que solo me quise ir a dormir, y no se preocuparía tampoco.
Ya eran las nueve de la noche y el trayecto hacia la casa se me hizo muy corto. Disfrutaba mucho ver las luces de mi ciudad siempre tan despiertas e incesantes, y se dice que cuando uno disfruta, pues el tiempo pasa rápido. Llegué y subí, cuando entré al cuarto me di cuenta de que Daniela estaba en casa, dormida. Me duché y comí un durazno mientras bebía un poco de leche. Mi cabeza estaba en blanco, algo bastante raro, pues siempre, sobre todo después de situaciones como las que había vivido, mi cabeza empezaba a revolotear. Quizá era el efecto de la chiquilla aquella, que me impregnó con su adolescente manera de ver las cosas simplificadas. Ser adulto aburría, y me di cuenta más que todo ese día. Luego de llegar a esa conclusión, me fui a dormir más tranquilo que nunca, no sin darle antes un beso a mi amada Daniela.
***
Las 4 de la mañana y desperté. Estaba sudando. Sentía ganas de correr, de volar. En un impulso salté de la cama y así mismo quise saltar del balcón. La ciudad iluminaba el cielo y el cielo mis rostro. El vacío me llamaba. Vi la calle tan solitaria y oscura que quise, de cierta manera, dormir en ella. Estaba pasando de nuevo, y tenía tiempo sin pasar. Cerré todo con el corazón hecho trizas, pues mis latidos casi me rompían el pecho. Hice algo de ruido cerrando el ventanal y Daniela despertó.
—¿Qué pasá?
—Nada, nada.
—¿Estás bien?
—Tuve una pesadilla.
—Nunca tienes pesadillas... Solo cuando...
—Nada...
—Hey...
—Iré por cigarros.
—Son las cuatro de la mañana, cariño.
—No sé, necesito respirar. ¿Tienes cigarros?
—En mi bolsa, busca en el closet— fui a buscar, pero los nervios no me dejaban en paz y terminé peor.
—Bah, ¡maldita sea!
—Ya voy, espera.
—No, no. Ya no quiero una mierda. Maldición.
—Espera.
Encontró un par y los encendió. Mi pecho tenía vida propia. La vida se me cortaba cuando no respiraba. El azul de mis párpados era azul. Y nunca había sido azul. Estaba frío. Me abrazó.
—¿Mejor?
—No. ¿Tendría que?
—No...
—¿Entonces por qué preguntas?
—Solo fue una pregunta...
—No. Las preguntas no surgen porque sí. No hay solo preguntas. Toda pregunta tiene un objetivo y nace con la esperanza de una respuesta. No respondemos preguntas si no hay preguntas. Siempre las hay, aunque sea implícita.
—¿Y no crees que técnicamente todo lo que decimos es en potencia una respuesta a algo?
—Pero solo en potencia. Las respuestas solo son respuestas cuando tienen función, y la potencia no provee función. Tú esperas que esté mejor con un maldito cigarro, y por eso tu pregunta.
—Tienes razón.
—No me des la razón si no lo sientes en verdad.
—La razón no se siente.
—Crees.
—¿La razón se cree?
—Creemos o no, tenerla.
—Está bien.
—¿Entonces?
—Sí lo creo. ¿Qué te está pasando? ¿Por qué recaiste en la maldita depresión?
—No es depresión. Es melancolía. Es... No sé qué es.
—¿Con qué soñaste?
—No fue un sueño, fue una pesadilla.
—Ok, ¿con qué tuviste una pesadilla?
—No lo recuerdo.
—¿Qué es lo primero que recuerdas?
—El vacío. La ciudad.
—¿Despertaste ahí?
—No.
—¿En la cama, no?
—Sí. No entiendo esta necesidad de sentirme mal. Es como si necesitara tener todo perfecto o no tener nada. La vida se me escapa en esperar la perfección venir y tocar la puerta, como si fuera un ente vivo que algún día conoceré. A veces estoy en mi propio ser, divagando, y me doy cuenta de tantas imperfecciones, que termino volviéndome loco. Las cosas se me hacen extremadamente predecibles. Además, juro siempre tener la razón, porque mi mundo es extremadamente inductivo. Lo peor es que eso no le quita espacio a las deducciones. Llega un momento en el que la lógica te puede hacer descubrir que las deducciones tienen un margen de ser correctas bastante pequeño pero alcanzable. La parte más triste es que nadie lo entiende. ¿Y lo peor? Lo peor es que a veces, en esos mismos hilos inductivos, sé que mis acciones me van a llevar a un abismo del cual dificilmente podré escapar. ¿Y sabes que suelo hacer? Nada. Me dejo llevar. Es como si necesitara que las cosas estuviesen mal, solo para intentar hacerlas perfectas de nuevo. Como jugar con plastilina y al llevar mitad de la figura construida, arruinarla para intentarlo de nuevo. Y con la vida no se puede hacer eso, porque en una de esas pierdes la vida. Literal o figurativamente. Los grises son necesarios. Y es irónico, porque veo y analizo todos los grises, pero como precisamente no me gustan, los intento borrar para conseguir el perfecto negro, o el perfecto blanco. Sin saber siquiera si quiero uno o el otro. La gente suele decir que me complico mucho. Que pienso demasiado. Que esto, que aquello. Estoy cansado de eso. Últimamente he llevado mi vida a un nivel monótono y superficial y, ¿adivinas? Nada. No me llena. Me siento peor. Me siento castrado y coaccionado. Nada peor que vivir sintiendo que no eres tú. Pero también es triste saber que vives siendo tú mismo pero que aún así no te quieren como tal. Es un punto medio en el que la única salida es el vacío. Y eso es lo que siento. A veces las personas solo quieren sonreir y ser felices, y se les respeta. Hay personas que solo quieren entender por qué la vida es vida y cuál es el significado de esta, y no se les respeta. Se les ofende, se les insulta, se les lleva a especialistas, como si estuviese mal problematizar todo. Heidegger siempre preguntó donde quedó la pregunta fundamental. La Metafísica había dañado al mundo, dándole a todo una explicación basada en un jenga mal formado. Bases de agua para techos de titanio. No son más que patrañas y estúpidas mentiras. Vivimos en un mundo de mentiras. El lenguaje es la primera mentira. ¿Qué tiene que ver la palabra rojo con el color rojo? ¿Y árbol con el árbol? ¿La a son las hojas y la bé es el tallo? Son convenciones, y las convenciones sociales son mentiras. Son comunes acuerdos para poder continuar. Eso es la Metafísica. Darle sentido temporal a algo que no tiene sentido. Y siempre nos vivimos preguntando qué está bien o qué está mal. Al final siempre responde la sociedad, como bien demostró Hegel. Y Kant. Los imperativos categóricos. En Corea del Sur es de buena educación comer con la boca abierta, pero si lo haces acá, eres un mal educado. Literalmente: mal, educado. Pero allá es bien educado. Más allá del bien y el mal, se llama el texto de Friedrich, ¿no? Es mentira. Si nuestros pensamientos también son desarrollados cognitivamente por el lenguaje entonces, nuestros pensamientos son falsos. Allí fue donde llegó Descartes, ¿no? Todo era falso, pero lo único que no era falso, era que dudábamos de todo lo que dudábamos. Y si dudo, pienso. Y si pienso, existo. El discurso del método. ¿Vale? ¿Y luego? Luego está la nada. ¿Sabes qué le pasó a Descartes? Hay una palabra para ello: solipsismo. No pudo probar más nada que la existencia misma. Solo él, y más nadie. Es decir, la nada. Yo y la nada. Por eso fue que después derivó en loco, según yo, y terminó explicando que Dios existía solo porque teníamos, los seres humanos, siendo imperfectos, concepción de perfección. Concebir perfección no es más que una mentira. La sola duda es lo único cierto, ¿entonces por qué percibir como cierto una concepción basada en el lenguaje? ¿La duda dónde queda? El solipsismo es la única respuesta, pero el no quiso aceptarla. Creó a Dios. Porque su discurso crea a Dios. Feuerbach lo dijo, creamos a Dios a nuestra imagen y semejanza. Luego el mismo del 'bien y el mal' nos sacó de las sombras, antes de que Heidegger deconstruyera la metafísica: Dios es una metáfora, creada por los seres humanos para explicar lo que no podemos explicar. Es una necesidad basada en el eterno retorno. Y solo el 'súperhombre' puede darse cuenta de ello. El que pasa de ser camello, por león, a niño. Y ya hay Ubermenschs, ya Dios ha muerto. Nietzsche.
—Lo sé. Lo sé...
—¿Cómo lo sabes?
—Tü lo sabes, ¿no?
—A veces lo veo por allí.
—Exacto, pero yo no lo veo por ti desde hace mucho tiempo. Incluso cuando estabas en ese modo monótono y tristemente patético que me daba ganas de empujarte por la ventana.
—Pero tú amas la normalidad que brinda la Metafísica.
—En mí. En ti no. Tú eres otra cosa.
—Un niño en el borde de un abismo. Un niño con la cara seria. Sin sentimientos. Insensible ante el peligro. Un niño de esos que asustan porque parecen saber que la vida no vale la pena, y que necesitan escapar desde pequeños.
—¿Al final nunca salta, no?
—Es como el gato de Schrodinger.
—Si nadie lo empuja, nunca muere.
—Ni nunca vive.
—Ni nunca vive...
El silencio permaneció por dos segundos. Me besó apasionadamente y se fue al balcón. Quise seguirla pero preferí lanzarme a la cama. Quería dejar de respirar, pero recordé que no podemos asfixiarnos a nosotros mismos, jamás. Así como un dormido nunca puede estornudar. Ni una hoja de papel puede ser doblada ocho veces por la mitad. Al rato, volteando la cabeza, me dormí.
[N. del. A:
Esta entrada fue concebida en diciembre de 2016,
a lo largo de 2017 la he ido escribiendo,
sin terminarla.
No creo que algún día la termine,
así que he decidido publicarla tal como está.
No me atrevo a decir que continuará.]