Una señora
muy linda y muy amable
y muy educada y muy emperifollada
gritaba que la maldita juventud de hoy en día
no sabía qué era la jodida y desgraciada sinceridad.
La observé como un Mitsuki o un Sai cualquiera
mientras sonreía y le asimilaba las expresiones.
Entonces decidí ser sincero en ese vagón.
Entró un señor con las cejas muy raras
y pensé en ti. Me sinceré.
(Porque hay veces en las que
nos mentimos
hasta en nuestros pensamientos).
No supe por qué, pero había pensado
en ti.
Después fue más normal la cuestión,
¿no?
Una chica con un lindo trasero,
aunque un par de senos primero.
Luego unos enamorados toqueteándose.
Recordé lo libre que eras lanzándote
asemejándote a una fiera
saboreando con tus yemas
mi fiera en asta bandera.
Recordé tus libertinajes
y mis inauditas timideces;
(casualmente no recordé
tus ropajes,
y no preguntes por sandeces)
Me imaginé allí en tu frente
mirándote como por vez primera,
esforzándome por eliminar al vulgo
intentando suprimirlos con nuestra lubricidad.
Recordé tu maldita libertad.
Recordé tus ojos obsecuentes.
Recordé tu liviandad.
Tu lengua, tus dientes.
Me sentí de nuevo libre
siendo sincero.
Me sentí insuprimible,
siendo libre.
Y te extrañé.
Y no tienes idea.