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Filo








Solo enceras tu filo
porque aparte de filoso
brilla.


Y tus cinco me excluyen
y te da placer excluirme.
Y tus amigos me excluyen
y te da placer excluirme.


Y adoras decir que te han dicho cosas lindas
y no soy yo
y que los hombres no sirven
y que te encanta aquel tipo
tan distinto a mí
(aunque antes te canses de
ser hipócrita
diciéndome que soy bello)
y que quieres estar sola para siempre
y que nunca volverías con tu anterior amor
y que te gusta la prenda no el dueño
porque obvio, es obvio.
Y adoras querer a quien nunca te querrá como yo
y amas adorar a quien se te irá menos veces que yo
(una sola) pero que nunca volverá.
Qué ilusa eres al creerle a los que más dicen verdades
y no creer en el que más dice mentiras.
Porque el primero te miente sin que te des cuenta
y el segundo te dice tu verdad sin cubierta.
Pero esas son mentiras
¡claro! Porque si te las creyeras
te pasaras las horas llorando
(la verdad
duele).

Y te encanta hacerme saber
que mis virtudes
según yo
son defectos
para ti
y amas hacerme sentir basura
en un planeta extraño
cuando vives diciendo que soy oro
en mi propio planeta
(aunque luego me juzgues desde
el otro).
Y al final adoras hacerme sentir
sentir que soy un fastidio
que no tiene sentido
más distinto a la existencia de
Fukushima.

Y al final solo quieres que yo reciba
todo
como si
nada.

Y mientras yo me siento en el cielo
tú te sientes estúpida.
Y mientras yo quiero renunciar al mundo
tú solo quieres darle la vuelta.

Porque todo lo que quieres
es ser libre
(de matarme).

Te fascina herirme
porque sientes que te hiero
(y no es más que el frío de tu corazón
y de las sillas donde te recuestas).
Te encanta dispararme
porque crees que soy a prueba de balas.
(Y lo único que tengo de titanio
es la tristeza y la decepción).



Y rosas azules
y muchas risas y soles.











Mirlo









¿Te acuerdas de todo? Fue como un rayo. Ese día estaba clarito clarito, pero oscuro. Se notaba en la brisa. En el sueño. Mis párpados se caían sobre tus tetas. Mis lágrimas se confundían con felicidad porque el alcohol nos abrazaba. Y nos abrasaba. No había frío por fuera. Solo calor. Era un infierno. Pero te tocaba el pecho y podia sentir tu frio, tu alma congelándose. Decidimos hacerlo juntos. Más de treinta pastillas. Quién diría. El pecho se apretaba y la cabeza estaba en otra dimensión. No sabía si mis manos eran mis píes o al revés. No podía poner un dedo en el aire, siquiera. Ni las pestañas en los caminos, ni la lengua en los cerrados. Ni abiertos. El piso era un cielo infernal lleno de ebriedades. Solía pensar que era el alcohol. Te veía y sonreía, sonreíamos. Pero estábamos muertos de miedo. Yo sabía, lo veía en tu cara. No te querías morir. No es lindo morir viendo morir a quien amas. A quien quieres, adoras. Por eso sobrevivimos, yo lo sé. Esa noche estábamos muertos solos, pero vivos juntos. Quién diría que seguiríamos contándonos estupideces. ¿No?


Después la muerte igual llegó, no la tuya ni la mia. Sino la nuestra.

Pero pronto cumpliré con mi parte. Esta vez serán sesenta, la mitad en tu honor.










Supermercado









Vi ese par de muslos
tus piernas
y senti que estaba lleno
de lascivia
de lujuria.

Busqué entonces una 
navaja
de esas que tú usabas
y me abrí
el pecho.

No había lascivia
ni lujuria
ni concupiscencia.

No había nada.







Siete y siete









Es catorce
catorce que es el doble de siete
catorce
el año en que te conocí.

Catorce porque
siete y nueve y catorce
y catorce es uno y cuatro
y uno y cuatro cinco
y cinco y nueve catorce.

Y siete al cuadrado
cuarenta y nueve
que son cuatro y nueve.
Y cuatro y nueve son trece
y si le metemos el que crece
es decir
el uno del catorce
que es uno y cuatro
son catorce.
(Y si no lo quieres
igual
muchos treces son catorces
como los pisos de algunos edificios
por esto de la mala suerte
al los trece
les ponen catorce)

Por eso catorce.
Catorce como los catorce versos de un soneto
(como algunos que te he escrito).
Catorce como el infinito de Borges
en La casa de Asterión.
Catorce como la letra N,
(ene de nosotros).

14.
Catorce.
Feliz porque no estoy sin ti.

Feliz catorce, catorce feliz.








Colateral






Tú me disparas
 acudo a mi esquina
yo te disparo
vas al médico.

Te recuperas rápido.
Sanas. Te sanan.
Yo sigo malherido.
Sangrando, pierdo sangre.

Solo, en mi habitación roja.
Antes blanca.
Tú quedas en un mundo con todos.
Feliz y amarillo, con largas sonrisas.

Eso te gusta y te llena.
Tienes recursos. Tienes personas.
Yo sigo malherido.
Cangrenando.

Solo, en mi habitación vacía.
El teléfono no es que cortado,
es que sin destinatarios.
¿Para qué?

Solo la música me mantiene vivo
pero con nudos
con nudos en la gar
garganta.

Mis torniquetes.
Y solo pienso en pasar los torniquetes
para llegar a un andén.
Y viajar lejos.

Al final te veo por la ventana.
Sonriendo.
Sin saber que ahí estoy yo.
Y mientras nos disparamos creyendo que todo estará bien
solo tú lo estarás, al final.






Daniel




Caía la noche en la fulgorosa ciudad y el atardecer se reflejaba en mis lentes, y en los de ella. Subimos al carro de Daniel y empezamos a disfrutar del pequeño recorrido por las calles. La música lo hacía rico y relajante. Mientras Luisana estaba sumergida en su iPhone, Daniel en el volante y la calle, yo me dedicaba a escuchar aquella canción y a observar las palmeras y los edificios, los transeúntes y los traseros, los puestos de comida y los perros callejeros.

La noche cayó por completo y aún no llegábamos, Luisana se recostó sobre mí y suspiró.

—¿Cuánto falta para llegar? —me preguntó.
—Más o menos, apenas estamos por salir de la autopista.
—No sabía que fuera tan lejos.
—No sueles estar ubicada en el mapa cariño.
—Te odio —me dijo riéndose.
—Hey, ¿será que pasamos recogiendo a Ana? —nos preguntó Daniel.
—No lo sé, ¿ella dijo que iría? —le respondí.
—No, pero podemos invitarla pasando por su casita.
—Puede ser, no creo que esté ocupada.

Llegamos a casa de Ana luego de salir de la autopista y se bajó solo Daniel. Dejó la música puesta y las ventanillas parcialmente abiertas. Cerré los ojos un rato y me parecía notar que Luisana estaba dormida. Mejor así porque la noche sería larga. Al cabo de un rato me dieron ganas de orinar, y Daniel estaba tardando mucho, por lo que me quité con cuidado a Luisana de encima y salí del carro. Se disparó la alarma y pude observar que Luisana se levantó, así que me devolví lo poco que había avanzado y le dije que iba al baño, que ya venía; asintió y se acostó.

Toqué la puerta y me abrió Daniel.

Cadáver









Y ahí estás tú
hablándome
diciéndome lo lindos que son mis ojos
(aunque nunca te crea y sepa que te gustan otros)
mirándome
demostrándome que también tienes ojos
(aunque sepa que los usas para admirar a otros).

Allí estás.

Estás ahí
juzgándome
cuando frunzo el ceño
y me quedo quieto,
callado, incompleto.
Estás ahí
señalándome
cuando te preguntan por mí
sin decir mi nombre
como si no lo supieras todo de mí.

Allí...
Quieta.
Después de tanto moverte
y hablar,
y mirar;
todavía no te das cuenta.

Y ahí estás tú
aburrida,
en silencio
cansada,
a punto de irte.

Ya ni me ves.
Ni me sientes.
Allí.

Y allí estás vos.
Como si nada.

Y yo aquí.












Consuetudinario









Que esta derecha es
como la pared
en la que me quiero
invisibilizar.

Al fin y al cabo
termino siendo yo
el más soñador
aunque sea el más soñado.

Irónico perderte.

Que este sermón
es como la oración
que todas las noches no
escucho.

Después de tanto
mis deseos no se cumplen
aunque sea yo
el motivo de los tuyos.

Herético perderte.

Que estos planes
son como los aviones
que en el cielo se estrellan
cada noche.

Inevitablemente
aunque se vean lindos
estarán siempre
estrellados.

Cómico perderte.

Y te dije que estas lágrimas
eran como los ríos
que de tanto viajar
se vuelven mares.

Extrañamente
no viajo
y me he vuelto
mar.

Melancólico perderte.

Y que esta izquierda
es la irreverencia
que se queda muda
sin audiencia.

Simplemente
la poesía sin oídos
es como el odio
sin amor.

Antitético perderte.

Que las fotos
y los recuerdos
siempre están
aunque no estemos.

Pero el fuego siempre
aguarda
tus más oscuros
secretos.

Amnésico perderte.




Que tus voces son bajitas
y a mis oídos
siempre supe;

que las veces que decías
que me amabas
nunca conté
porque siempre esperé
(y me en eso me quedé)
que los demás te dijeran cuanto lloré
al esperar un conteo improbable con fe.

Soy un niño que sueña
que la tienda de dulces
tenga su nombre
sin ser de él.

Así como por casualidad,
"¡mira, la tienda se llama Josué!"

Tu vergüenza y tu sonrojo
tus risas, tu enojo.
¿Mis ojos?
A veces no veo nada
y prefiero pensar que estoy ciego.

Pusilánime perderte.

(Sabiendo que no es así)

Y una vez
sin verte
y otra vez
al volverte
y una tercera y cuarta
(nada de suerte)
quinta y sexta
séptima:
clásico perderte.

















Claudicaciones












Tu mirada, ebria de felicidad, no me bastará;
quiero que sepas que querré también
tu mirada implorativa,
obsecuentemente subyacente;
indecente y al tiempo que inocente
mente
tu mano tocase e inervase mis
paces.
(A punto de entrar en guerra).

Destrúyeme la espalda a nivel nervioso
(ya su merced sabe que tengo problemas
en el cuello, la cabeza y la nuca)
"¿Me desnucas?"
La invitación a la poesía estaría implícita,
¿no?
La verdad es que no,
"quise decir que 'no me imaginé esto nunca'"
Mentí, mirame aquí.

Pero es que mentir ya no solo me gusta
sino que te.
Porque sabes que como mis extremada
mente suaves
labios besan
bien
sé.
(Te dejo las comas a ti
edítame la humedad en la piel
edítame los textos que oran mis venas
sagrada y maldita sea nuestra primera cena).

¿Sabrás que sí te iba a desnucar?
Ese cabello debe
aguantar tanta arrechera
porque si no
hay en la via óptima carretera
le petite mort
te espera.
¿Implicito?
Subliminal, más bien.
Mas no sublime,
porque sublime es lo que ya:
lo que no podemos
tocar.

Así que pídeme perdón mientras
besa tu úvula mi pelvis
(¿entiendes
que no podrás hablar?)
Tus opciones son
morse, braille, signado
o mirarme implorativamente.

(Nada que no pueda
viceversearse
señor mister oficial).







En honor a "¡Violación, violación!",
de nuestro dios Charles Bukowski.










Testamento








Quiero que sepas que todos mis blancos son tuyos; yo sé los rosas y las violetas. Nuestros capullos. Tus espectaculares tetas. Susurros y murmullos cavilan nuestras siluetas. Es esta cama, y tu mala fama. Y aquella cama, y mi mala fama. ¿No lo ves? Nos repetimos, nos repiten. Así es. Vivimos entre los que nos exciten: la carretera, una montaña, una luna; es temprano, nunca tan tarde. El demiurgo nos regaló el tiempo, nos quitó el espacio. ¿Sigues sin verlo? La abnegación, los sacrificios: Cronos y Casio.

¿De qué vas? Dices mi nombre con orgullo, pero todavía no sabes gritarme. No es el mismo orgullo. Has de confesarme que no te faltan los vientos, ellos aguardan tu voz, tus gemidos, tus sonidos. Tú quieres mi hoz. Yo tu cuello, tus nalgas. Anhelo el rubí que puedo refinar en ellas; vivo de esperanzas y sueños. Tú de imaginación. ¿Crees que no estoy practicando tu control? Ya me sé las cláusulas que te calmarán, y en mis ojos están apartadas las miradas que desatarán. Tengo un arsenal de trucos solo para ti, y después de ellos no volverás a decir que no existe la magia. 

Allá estás tú invocándome, pero sin gritarme.

Y yo solo te pido que me grites. 

Así, cuando me apuñales, todos sabrán que eras solo tú la que estaba conmigo.

¿Sinceridad o desconfianza?










Libídine








Una señora
muy linda y muy amable
y muy educada y muy emperifollada
gritaba que la maldita juventud de hoy en día
no sabía qué era la jodida y desgraciada sinceridad.

La observé como un Mitsuki o un Sai cualquiera
mientras sonreía y le asimilaba las expresiones.

Entonces decidí ser sincero en ese vagón.

Entró un señor con las cejas muy raras
y pensé en ti. Me sinceré.
(Porque hay veces en las que
nos mentimos
hasta en nuestros pensamientos).

No supe por qué, pero había pensado
en ti.

Después fue más normal la cuestión,
¿no?

Una chica con un lindo trasero,
aunque un par de senos primero.
Luego unos enamorados toqueteándose.
Recordé lo libre que eras lanzándote
asemejándote a una fiera
saboreando con tus yemas
mi fiera en asta bandera.
Recordé tus libertinajes
y mis inauditas timideces;
(casualmente no recordé
tus ropajes,
y no preguntes por sandeces)
Me imaginé allí en tu frente
mirándote como por vez primera,
esforzándome por eliminar al vulgo
intentando suprimirlos con nuestra lubricidad.

Recordé tu maldita libertad.
Recordé tus ojos obsecuentes.
Recordé tu liviandad.
Tu lengua, tus dientes.

Me sentí de nuevo libre
siendo sincero.

Me sentí insuprimible,
siendo libre.

Y te extrañé.

Y no tienes idea.












Lykeion







Son sus olores,
sus chemises
(de esas que nadie puede definir:
camisas del francés
del español franelas).
Son sus pubertades haciendo
eco
de sus costumbres.
Sus besos y gelatinas;
sus labiales malusados
sus Tommys empelusados.
Son filas,
son rondos;
lepes, coqueteos.

-hoy día
motos y azules
con maquillajes
de muñecas de ule-

Son sus olores,
sus chemises.
Sus -steronas haciendo
eco
de sus costumbres.

Son la poca tristeza
son la sonrisa y su pequeñeza;
hay ira, preocupación, ladilla
desmotivación
todo
menos tristeza.

Y aunque no se crea, poca flaqueza.

Es quizá este olor
tan peculiar
tan de un tipo de gimnasio
no de universidad;
es quizá esa tela, y esas
hormonas;
quizá la sonrisa mezclada con
los cromosomas.

Son sus olores,
sus chemises.
Sus gritos haciendo
eco
de sus costumbres.

No desconfío,
más bien esperanza tengo
en sus enderezos
y enderezadores.

Porque todos nacimos torcidos
y con la cabeza pa' abajo.