Tierra.
Quise responderte desde el primer instante, lo juro, pero si lo hacía, dejaría de ser despedida. Siento que pasó otro instante, pero hoy, ya treinta y tres años después, sé que no ha sido un instante; no uno normal. No sé cómo empezar. De cierta manera me molesta que seas tan importante para mí. No puedo explicarme por qué ocupas tanto espacio en mi, nunca he logrado entender estas necesidades siempre tan implícitas, que suelo notar cuando estoy en mis oscuridades, en mis momentos de silencio, melancolía y soledad. Tu primera frase fue la que más me dolió. Una vez más, todo lo que haces me duele. ¿Solíamos amarnos y luego nos quisimos? O, ¿luego me quisiste? ¿Por qué los amantes se cansan de amar? Dímelo tú, tu deberías responderme, porque yo, porque por esta parte, siempre te amé, y te amaré. Futuro indicativo. Y ese estaba presente en ti, pero me indicabas que eventualmente me dejarías de querer. No basta con. Digamos que ni te amo ni te amaré, y como te quiero te dejaré de querer. Como me dolió. No tienes idea. Pero, para eso crearon las despedidas, ¿no? Como dice Sabina, ningún amor verdadero tiene final, y si lo tiene, no es feliz. No soy feliz. ¿Sabes? Sé que no convienes en mi vida, porque sabiendo lo miserable que soy, me regalas más miseria. Sabiendo que necesito el suero fisiológico que tienes en tu carrito de sueros fisiológicos, te marchas cuando te pido que me quites la vía y me dejes de administrar el suero fisiológico que tienes en tu carrito de sueros fisiológicos. Intento comprender cómo puedes hacer caso a un enfermo. Intento comprender cómo es posible la sumisión de un psiquiatra ante un blanco bulto en paredes blancas. Intento. Lo intentaré, lo estudiaré. Quizá piensas que sé lo que hago. Pero nunca sé lo que hago. ¿Por qué piensas cosas que no son, Mathilda? A veces siento que no sabes mi nombre siquiera. ¿Sabes mi nombre acaso? No necesito suponer que no lo quieres saber, porque tú misma me dijiste que querías olvidarlo, y olvidarme. Hay que tener mala memoria; o ausencia de corazón. Hay cosas que no se olvidan, como los verdaderos amores, como los mejores amores, como las hondas huellas; allí rompes el principio de no contradicción de Aristóteles. No lo sé, Mathilda, no me preguntes esas cosas. Yo solo intento analizar esta herida, quiero, tal perito, saber cómo entró el puñal, a qué velocidad y en cuál momento. Dónde. De igual manera servirá de poco, ¿no? Dentro de poco, lo poco que queda, se irá poco a poco. Perdón por lo paronímico. Como la canción. Perdóname, entiéndeme. Perdóname por lo que ha pasado, y por lo que va a pasar, porque quizá te piense sin querer. Nunca fui yo el que se marchó, Mathilda. No. No. Está bien. También dijiste que por tu propia decisión mi amor no fue tuyo. Eso fue lo primero que quise preguntar, porque no lo entendí. Luego entendí, pero no estaba de acuerdo. Y luego me puse de acuerdo. Tiene que ver con esto, con que no fui yo, tiene que ver con que siempre fuiste tú la que tuvo complejos y lejanías. No se trataba de que yo quisiera y tú no quisiste, no como lo ves tú. Se trataba de que todavía yo no queriendo, podía acceder a ser junto contigo, y a estar junto a ti. Es lo mismo, pero no igual. Vamos, Mathilda, yo sé que tú conoces mis libertades, sé que sabes lo lateral que mi ser suele ser al ser. Aquello, sí, en aquel momento me dolió muchísimo porque, nada peor que un rechazo a una propuesta que no era seria. Es devastador, y más cuando todo el mundo se está alejando de ti. Por eso me dolió, por eso lo marqué, y por eso, eso, marcó nuestro futuro; más allá de eso era más de lo mismo. ¿Entiendes? No necesitábamos nominales para ser y estar. Éramos y ya. Irónicamente, después de ello, dejamos de ser y estar. Tus complejos de fidelidad y mis complejos de libertinaje, chocaron, y nos destruyeron. Siempre me dolió porque a diferencia de ti, yo aunque estuve en prisión, nunca dejé de llamarte. Tú, cuando estuviste en prisión también, te querías olvidar de mí, solo por no molestar al guardia. Siempre me dolió. Aún así, las llamadas a veces caían en mi teléfono. Pero, lo que más dolió, fue no haberte contestado un par, por dolor, y que luego, dejaras de llamar. Que te fueras con tu carrito de suero fisiológico cuando te pedí que te fueras con tu carrito de suero fisiológico. Hoy ya no tengo hemoglobina, ni leucocitos, ni linfocitos. MI enfermera se ha ido, y me ha dejado sin fantasía. Se ha roto el contrato, se ha roto el pacto. Los amantes se dejan, y luchan para no encontrarse, como la otra canción. Porque eso fuimos siempre. Amantes. Amantes denotativos, y amantes connotativos. Quisiera ser más sincero y explicarte por qué pedí que te fueras, pero no me alcanza la sinceridad. Solo a Cronos ruego cosas, y quizá a Eros y Afrodita otras. ¿Por qué? Quizá sea simple y llanamente porque siento que a ti, yo te tengo en un Olimpo inigualable, allí con la de claras pupilas, Palas Atenea, y danzando con ninfas y nereidas; mientras que yo solo soy tu guardian del Aqueronte. Ni siquiera tu Hades, Perséfone. Porque 'te quiero demasiado' y no te amo, porque 'quiero olvidarte' y no nunca te olvidaré, porque 'quiero dejar de necesitarte' y no te necesito. Porque tus palabras marcan, duelen. Porque, al fin y al cabo, matas mi amor, que aunque inmortal, puede morir en vida, y, Mathilda, nada peor que morir en vida. Créeme. Eso es casi todo. Espero estés viva, y espero te acuerdes del remitente.
Sin más, quedo de ti.
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