Llegué a la sórdida
gramita,
pisada por todos estos
ingratos,
al tiempo que unas campanas
sonaban;
ya no buscaba encontrar llantos
ya había
madurado,
ya no quería duelos, ni, negros
trajes, hacían
falta.
Solo busqué
al Señor,
que funeraba
en la de
al lado
y no en la mía.
Me miró,
como sonriendo,
y me dijo:
"tú nunca saltaste
con fe,
eres un alma perdida".