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Divino extrañar






El veintiseis me pegó la maldición de los dos meses, pues ¿de qué sirve tanta libertad si al final la cambiarías por solo una palabra, por solo un final, por un final absurdo y común, lleno de comunidad? ¿De qué va tanta miseria llena de vacíos si al final las cosas van a solicitarte llenos y precios baratos al primero que te pueda saciar? La jodida y radiante rueda rueda, y cuando rueda me da el premio mayor, pero resulta ya no tener sentido. Cada sabado un culo de magnitudes hermosas y ¿De qué vale si no es mío?, puedo creer que es mío aunque no lo sea, pero eso no significa que lo sea. Son minutos, horas. Nada más. ¿Extraño los siempre? ¿De qué sirven tantas bocas en el mismo lugar si solo necesito una en la comunidad? Al final la verosimilitud hace falta, y las historias increíbles sobran. No hacen falta. Sobran, sobran, sobran. De qué tanto vale estudiar si tus amigos te abandonan por estudiar cuando te das cuenta de que de nada vale estudiar. La moral tampoco hace falta porque es un juego de realizar, de darse cuenta de que nada funciona y nada va. Nada irá. Vivimos como si la vida fuera una sola cuando en realidad se siente como si fueran miles, como si la persona que queremos al lado nos va a acompañar en cada una de ellas, en cada reencarnación. ¿El humano es saciable? No lo es. ¿Crees que apostaría tanto por alguien que le va a durar solo cuarenta o cincuenta años? No lo creo. Hay esperanza de eternidad. Me falta eternidad. Me faltan siempres y nuncas, me faltan fantasías. Me falta un dios, quizá.