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Clítico







Vírgenes corrían
en estos verdes campos, llenos de mieses;
no hubieron de ser vistas por nadie, puesto que 
desnudas llegaron, a mis espaciosos y grises patios:

aquella que llamé fría,
otra que llamé tímida,
una que llamé dúo francés
alguna que llamé cangrejo,
otra cualquiera que llamé arpía,
aquella que llamé tonta,
una que llamé quelonio,
una que llamé turrón,
otra que llamé cabrita,
y otra que llamé pozo;

les cuidé,

nunca toqué;

pero,
de repente,
un día les ví
con ganas de partir
a los senderos más desprovistos
y,
por un momento,
de lógica y razón,
pensé en levantar-
me
de mi sillón,
pero no lo hice,
se me quedó en la garganta
el grito de posesión,
y les ví marchar.

Pasaron los tiempos
como solo ellos saben pasar
y en mi patio quizá
una o dos vírgenes quedaban
por cuidar.

Siguieron pasando los tiempos
como solo ellos saben pasar,
y llegaron de nuevo a mis espacios
(en jodidos intervalos para mi
corazón)
una por una.

Cada una me miraba
con perdón
en la mirada,
y tristes sonrisas
desbocadas.

Paseáronse, desnudas,
sin oficio más que ese,
el de mostrarme sus culturas,
sus miradas y cimientos;
danzaron un poco,
como si de un ritual se tratara,
invitándome con la mirada
a que no les hiciera nada.

Paradójicamente imperfecto.

No, no fueron
todas
al mismo tiempo,
pero para mí,
el ritual siempre era el mismo; es
decir,
en mis memorias
todas juntas las sonrisas
coexistieron,
tal jugando
como niñas
sin conciencia,
sin remedio.

Sentáronse.

Entonces,
con esa sonrisa tan
maldita-
mente
grácil,
cada una
me relató
los momentos
en los que
dejaron de ser
aquella celebérrima
María Santísima,
madre de Dios


Es una maldición
que duele.


Espero antes que se cumpla
con las otras dos
que mi muerte.