—Tú otra vez escribiendo, interesante.
—Tenía
tiempo sin hacerlo.
—Sabes que
siempre escribes en tu mente.
—Sí, quizá.
—Y ¿cómo te
sientes?
—Bien.
— ¿Estás
seguro?
—Sí.
—No me
mientas.
—Bah, la
verdad es que no lo estoy.
— ¿Por qué?
—Porque existen
problemas que me afectan mucho.
—
¿Problemas? ¿Qué clase de problemas?
—Los que
todos tienen.
—Tú lo has
dicho, todos tenemos problemas.
—Sí, lo sé.
—Hay gente
que tiene problemas peores, los tuyos son minúsculos, y lo sabes.
—Entonces,
si tengo problemas con cosas minúsculas y me siento en el fondo, en el
subsuelo, ¿qué crees que pasará cuando me enfrente a los grandes problemas?
—No lo sé,
¿tienes miedo?
—Sí, mucho.
— ¿A qué le
temes?
—Pues… no
lo sé, eso es lo peor.
— ¿A
fracasar?
—No lo sé.
— ¿A la
vida?
—No lo sé,
no lo sé.
— ¿A qué le
temes? Contesta.
—No lo sé,
son muchas cosas, siempre he tenido miedo, por eso lo quiero saber todo, por
eso cuestiono todo, pero tengo miedo.
— ¿A qué?
—No lo sé, a…
a mí mismo… quizá.