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Famas y cronopios





Pensando en voz baja llegan recuerdos, susurrando las palabras ya dichas estamos, permítame escribir como me plazca, la libertad me la concede este tiempo en el que estoy viviendo y del que soy amo, mi dios es ante humanos, aunque la palabra le quede chica, aunque a estas alturas sin él ya el espacio nazca. Y Cortázar lo indica, año 62 del siglo XX, aquel argentino lo exterioriza, demuestra en letras redundantes que el que siempre criticado por cronopio tenía la más infalible razón después de todo, y antes que nada, creyéndose alguien importante como para dar instrucciones al momento de dar cuerda a un reloj, pero esa razón está condicionada, si la decisión llega intuitivamente a la mente del humano, correr y adelantarse al tiempo, comprendiendo que lo que en verdad importa es mundano, que la absolutidad son palabras vacías que se quedan adentro.
¿Por qué prosa si existe verso? La pregunta existe desde inmemorables tiempos y aun en esta época la respuesta es un espejo convexo, con reflejos de irises y venas pequeñas, rojos fríos y azules cálidos, una contradicción continua, un caos inmenso. Y es que el tiempo está sujeto al humano, y el humano a su vez sujeto al tiempo, solo es una palabra que se atraviesa en el diccionario, si no me cree pregúntele a los célebres universales y su raro e infame problema milenario, saldrán los nominalistas a ebullir sus palabras para que empañen los ojos de los niños en las escuelas, quemarán los ‘catálogos de palabras’ y se dedicarán a mostrarles los satélites y aquellos notorios fenómenos astronómicos como significados de aquella deidad significante, grupos de élite que aburren abogados para que se arrojen desde el saliente, y no precisamente por delante.
‘¿Qué más quiere, qué más quiere?’ ¿Busca acaso que todo se absolutice y se deje en claro que solo se puede confiar en una religión absurda que lleva miles de años esclavizando a individuos innatamente ingenuos de razas diversas? No sé si se le pueda pedir al papa que beba cervezas, pero en todo caso las monjas lo besan y de allí no sale ni la más mínima palabra de condena, se esfuman las acciones como la ilusión después de la desavenencia de los cantos de sirena, después de todo y de nada.
Y es que después de todo ni siquiera el nihilismo está exento de lo hablado, después de todo hasta los agnósticos se rigen por las palabras, y los conceptualistas y realistas no pueden hacer nada mientras tú hablas, después de todo la vida ya está fijada y el sistema implantado, pero la pregunta es, si aún existe un futuro ¿por qué ‘después de todo’? ¿Será que el todo no lo es todo? ¿Y si es solo una palabra más? De no-entendimientos nacieron los dulces aposentos de los sabios alquimistas, que por más que buscaban nunca hallaban las necesarias pistas, y después de tanto pensar inventaban caras planas y obviaban las aristas, el tiempo les reservaba las credenciales y el cuarzo les marcaba las horas para que no hicieran desastres, para que descansaran la vista, para que lavaran sus prendas y luego las arreglaran con el sastre.
Con su cara lavada y blanca se presenta la tan vagamente nombrada y ya en esta era moderna codiciada, aquella que quita y da al mismo tiempo, nominada por alguien como muerte, nominada por otro como defunción, quizá solo fue la emoción que les hizo no estar de acuerdo, en fin creo que deberíamos preguntarle a los cerdos, a ver si entre sus patas encontramos algo más absurdo, algo menos sensato, porque después de todo está la muerte, y la muerte es el futuro preciado, es la esperanza al fin y al cabo, es la fe y el apocalipsis mezclados. Pero incondicionalmente (y matemáticamente) existe el límite por la izquierda de la muerte, izquierda por que los números a través del tiempo humano van en aumento, nominados como edad, y cuando llegamos aproximadamente a cien, llegamos al límite, a la muerte, cabría preguntar ¿la muerte es positiva o negativa? Ya el sistema está instaurado, ya lo hecho no se puede cambiar porque si lo haces eres revolucionario y en mi país esta palabra es repugnada por muchos, cuidado sino la mayoría, y cuidado si no hay pena de muerte en un futuro no muy lejano para todo aquel que la haya en un pasado adoptado. El límite tendería a infinito si al caso vamos, pues nadie sabe que es el infinito, nadie sabe que es la muerte, y aquí Pitágoras sonreiría como tonto, con picardía, después de todo la matemática si servía, pero igual nadie la entendería, ignaros de excremento, diría un presidente muerto.
Y allí está, la humanidad, como siempre omnipresente desde tiempos memorables y feniciamente escritos, en constante búsqueda de una creencia, buscando algo en lo cual dejar plasmados los deseos personales y confiar en que aquella deidad se ocupará de su encargo, suplirá y proveerá, siempre dejando a un lado lo real para observar lo surreal y fantástico, estableciendo como válido algo absoluto que no cabe en este mundo relativo, pero al fin y al cabo cada quien es dueño y señor de su consciencia, de aquello que nos lleva a tener fe o no tenerla, aquello que nos indica si creer, no creer, o no saber.


Y esta cláusula; después de todo, al fin y al cabo, pleonasmos y reiteraciones necesarias, aunque no lo parezca, debería ser algo como la nada, simplemente decir que nada importa, que al final solo es una medida de una duración y que ya las palabras no merecen distinguida mención, que ya lo que no tiene sentido pasó de moda y que ahora hay que escribir seriamente y en llana prosa, que la ironía no tiene cabida y que el sarcasmo es inusitado, que las licencias poéticas se vencieron y que ya la burocracia ha hecho fiesta múltiples veces en la casa de los Cisneros, que nada tiene sentido y que hay que vivir por vivir, al fin y al cabo y después de todo, todo acabará, todo terminará, y el reloj estará allí observándonos, quizá burlándose, quizá llorando, se va sufriendo un humano, se va un esclavo, todo debería tener sentido si abre su mente, quizá lo que he escrito es claramente imberbe, pero por más que sea, creo en el tiempo, y en que me dará la razón, solo si sé correr y si se adelantarme, porque de trampas está hecho el mundo, y al fin y al cabo y después de todo, yo también soy parte de este puto mundo.