Un deseo
Veía tu cuerpo
y siempre
queria cortar tu cabeza.
La anomalía era intransigible.
Al final, tú, y nadie más que tú
después de tus noes, de tu cansancio,
terminaste degollándome a mí
mientras en silencio planeaba algo
que jamás me atrevería a hacerte.
Anita
¿Cómo fue? ¿Cómo es que se escapa este colibrí de una jaula sin puertas? ¿Cómo es que tengo tantas preguntas y tan pocas respuestas? ¿Acaso no hay respuestas? ¿Cómo le explico a mi racionalidad tu irracionalidad? ¿Cómo lleno este tipo de vacío que estoy tan acostumbrado a llenar? No odio a nadie, pero, ¿te tengo que odiar? ¿Cómo lidio con algo con lo que nunca he tenido que lidiar? Me acostumbraste tanto a tus explicaciones y a tus mentiras que aquí estoy sentado esperando otra más de ellas, no sé si para creerte o descreerte, pero mis oídos anhelan tu voz, tu dulce tono, tu brillante mirada y esa sonrisa encantada. Con esta ansiedad tan trémula y grandilocuente que grita tus nombres y tus apodos no me atrevo a tomar café, porque me muero, ni me atrevo a verte, porque me matas. Las líneas tangentes me cortan como tus mentiras y salen a borbotones como ratas. El té caliente me empaña las pupilas y el puñal frío de tu lengua me las dilata, ¿cómo? Solo cómo.
¿Cómo?
Esas mentiras con patas cortas que yo hice largas me costaron uno de los ojos, un hueso de los oídos, un diente de arriba y una muela de la derecha; doscientos treinta y dos cigarrillos y miles de gotas de valeriana; lágrimas, gritos susurrados, nudillos rotos, bebidas insanas. No hace falta recitar las líneas melancólicas de un diario para darse cuenta de que me engañé más yo a mí mismo que tú a mí. Una incesante obsesión por no fracasar a veces desvirtúa el fin que justifica los medios; así es el amor, parece perro pero es un gato. Después de todo Eros siempre tuvo alas. Hay una palabra que no forma ninguna de estas letras, la conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente, y es porque nunca hubo correspondencia entre tus cosas y mis conceptos, las palabras admitidas siempre fueron rechazadas en el plano en el que yo no podía ingresar, poco podía hacer por confirmar sospechas y aliviar dudas de manera real, en cambio, de manera ideal tenía que mentirme a mí mismo, creyendo que me decía la verdad. Repetía tus mentiras y me mentía, pero mi amor sentía que solo la verdad iteraba entre estas paredes llenas de un eco que antes susurraba y ahora grita. ¿Cómo?
Más se perdió en la guerra, pero cómo duele esta batalla.
Carmesí
Hay una soledad particular en la letra de costado; existe, sin duda, un canto frustrado que desafina en los arreboles del día, como si en los cúmulos, no de nimbus, hubiese una tierra baldía.
¿Me sueñas de frente? Pesadilla. Alteración inaudita del sueño más tenaz, angustia maldita que viste un antifaz. Nunca olvidaré la primera vez: el pasillo donde estudié poco más de un lustro, cubierto de sucias ratas, inundando el sendero como si una tina gigante se llenara de rosas un catorce de febrero, largas patas, cortas orejas, brillo vetusto, ocre, amarillento y sucio en cada orilla. Pertinaz pesadilla.
Hoy hay una niña que cruza mi calle por la mañana todos los días. Los primeros días buscaba en sus manos periódicos, o cartas, esas son sin duda las primeras cosas que descartas. Cartera no era aunque rondara siempre los buzones de mi acera. Sin comida, sin paquetes. Tampoco boletos ni billetes. Había algo pasado por alto, pues mirando sus manos evitaba sus ojos, y ese día encontré su brillante mirada. Circunspecto atisbaba con un admirable suave fisgoneo el curioseo reflexivo de su tenue contemplación. ¿Qué buscaba generar en mí más que observación?
Hay dos soledades particulares en las letras de costado; inexiste, con dudas, un canto llano y apergaminado que dilata los tímpanos carmesíes del día, como si no existiese una quimera sombría.
El frío de sus puñales solo se compara a mis pérdidas tras las cartas, tras los billetes de apuestas, tras los golpes a las puertas y los raps violentos de esos que acaban con mi pecho y a la larga, con mis pulmones, estos cigarros dobles, casi tan pegados como erguidos, cantando baladas de muerte en japonés: perdidos. Jodido y sumido. Y así se combate un dolor con más dolor, como si en la vida no existiese más que miseria y traición. Porque, en el fondo de esta habitación, así se siente, y solo gracias al brillo de tus ojos no me atrevo a decir que así es. Porque, ¿qué es lo que no es sin ser lo que realmente no es? Es, sin duda, lo que es, a la vez que lo que no es. Disonancia cognitiva relacionado heideggerianamente a lo intrínsecamente óntico de eso que no sé qué es y que, sin embargo, sé qué no es.
La palabra
¿Dónde estoy?
No. Dónde estás tú.
¿Quién eres?
Búscame cuando te encuentres,
cuando en el espejo tu sonrisa no tenga magulladuras,
o cuando en tu sonrisa la magulladura no tenga espejo.
Vacilas y muero.
No dudes, víveme.
Páreme.
Todo es diferente, no me puedo quejar.
Tú lo haces. ¿Por qué?
No creo que esto sea una respuesta definitiva. Creo que todo circula.
La muerte no es definitiva, es temporal.
¿Alabado sea Cronos?
Alábame con tu lengua.
Porque lo que más me gusta de tu sexo es la palabra.
Veterinaria
Te saltan las pulgas
de las mugrientas greñas,
como quien obligado pasea,
y se codea con la jalea
de sucieza, de tibieza
solecina.
Bencina y bencitracina.
Existe la sinvergüenzura
en la travesura
de mano derecha
y la sutileza
grandeza
en lo que ácida
y realmente
nunca eres
hay que pasearte al médico canino
en alguna de estas tenues fechas
para que te revisen como la perra que eres.
Pretérito
Siempre me fastidió escribir en pasado.
Y me llaman Mnemósine, y me creo Funes.
Pero es que una cosa es escribir
y otra -en segunda- es orar.
Ora callas
ora escuchas.
(La ignorancia reduce lo poético al sinsentido
la sapiencia rescata el 'ora' quijotiano).
(Debería dedicarme a escribir notas del editor)
no me narres,
explícame,
no me cuentes.
Que lo que mueve el recuerdo es el pathos,
no el logos, ni el ethos.
Por eso te quiero.
Si quieres
Lo sé.
Casi todo.
Pero es lo de menos.
¿Lo de más?
¿Por qué no lo intentamos?
¿Qué es la vida sino un rumbo desconocido?
El miedo fundamental es a la vida,
porque el miedo fundamental es a lo
desconocido.
Decir que no, es morir.
Por eso mis nos nos rodean
por eso mis síes sí están.
No soy el mismo, ya cada vez voy siendo más yo, pero dejando de ser yo.
Es lo que llaman evolución. Ya llega un punto, el de máximas revoluciones
en el que no cambias de marcha, porque ya vas a máxima velocidad,
la distancia entre el tiempo, es la edad entre la edad, espacio-tiempo.
¿Cero?
El matemático lo sabe, al final siempre da cero.
El químico lo sabe, al final el oxígeno envenena.
El físico lo sabe, al final la energía se transforma.
La Santísima Trinidad.
Y es mentira.
Y el estoico de Nietzsche sabía que el final es de mentira.
Que las cosas se repiten, como en El Gaucho borgiano,
como en el napoleónico discurso, o la shakespearena obra.
Como César, como Jesús, como Judas, como Casio, como Bruto.
El cero es indeterminación resoluble, L'hôpital.
El oxígeno mata y revive, la transformación es obvia.
Si quieres.
Salida con título
¿Se borran acaso los tatuajes? La peor respuesta es sí, pero no es poética.
A veces las situaciones poéticas son lo contrario a lo esperado.
De tanto sí resulta resaltar el no. Libras. Libras.
No todo en la vida es sexo -le dije, y luego pensé-, bueno, en realidad sí, solo que no lo
puedes decir frente a este tumulto de retrogrados que es tu familia -mientras lo decía.
Imaginate vos. (¿Es usted lo suficientemente ávido como para distinguir la ausencia
de las tildes en las ies?) La respuesta es no si leíste eso como imagínate y no imaginate.
No es lo mismo, ni es igual.
Porque la vida es un ratico pa' ser solo malo,
o solo bueno.
¿Aceptas?
I
Por un momento empecé a recorrer mis sentimientos como quien abre una cajita de recuerdos. Empecé a quitar el polvo al cerrojo mientras buscaba la llave, mientras recordaba la combinación para la aceptación de realidades bastardas. No es fácil, no tanto. Incluso eso es parte de la combinación, hacerme creer que es difícil. Son sucesiones recursivas. De valor requerí un montón, agoté mi cupo semanal (soy muy valiente al ser cobarde, y eso se renueva semanalmente). Al igual que en el coito desde la perspectiva masculina, el introducir la llave es la parte más excitante. La sensación es inenarrable.
II
Llegar al fondo, girar; todo en un trance. Como cuando ingiero leche con azúcar sabiendo que me joderá el riñón que ya una vez me operaron, como cuando cuando me fumo un montón de cigarros al día sabiendo que eso me creará dependencia y tolerancia a la nicotina. Como cuando estás por acabar dentro de su tibio y húmedo vestíbulo vulvar y por un momento te sabe a mierda todo y no lo quieres sacar. Como cuando suena la alarma y todo te da igual, la apagas y te vuelves a acostar, a pesar de que ese día tienes examen final, a pesar de que ese día del trabajo te pueden botar. A ver, que si el ser humano tiende naturalmente a la autodestrucción, entonces yo soy destrucción per se. Y giro, y suena el seguro, el mecanismo, y abre las puertas su infierno.
III
Lo irónico del epílogo, es que a veces no da tiempo de epilogar. Marzo no fue vacío, estoy seguro de eso. La certeza es, también, que fue oscuro. Hay realidades bastardas y hay realidades herederas. Y, además, heredadas. ¿Lamentable? Lambotable. De eso se trata, de la nada siendo solo nada, como diría Arya.
La noche que mataron a Rosemary Frown
Venía llegando, no sé. Creo que fue a eso de las tres. En ningún momento vi algo raro, más bien parecía todo tranquilamente normal. Realmente no recuerdo qué usé para entrar al lugar porque la llave la perdí hace meses. Apenas llegué puse el café a colar. En una de esas en las que estoy desvistiéndome, el frío que hacía me hizo dudar de mi propia existencia, como si la música de pronto se detuviera en un festival. ¿Es un sueño? ¿Qué hago aquí? Algo así. Fue hasta gracioso porque Patilla, que estaba ahí, con la voz cambiada, por cierto, se me quedó viendo como si un fantasma rondara la casa. Al día siguiente fue que me di cuenta de que había muerto la señora y por boca de Mati, que andaba vociferándolo por todo el edificio. Esa noche estuve con el frío congelándoseme en los ojos, como si un sentimiento se tratase de apoderar de mi mirada. Estuve tan concentrado en eso que no escuché casi nada de lo que Pat me confesó esa noche. Solo en retrospectiva logré hilar los pedazos y extractos, pero nada muy irrelevante. Es decir, todo tenía un punchline devastador. No sabía qué pretendía conmigo, deshilachando su propia convicción para ser una dévota de mi ser. Su edad ni siquiera le permitía estar conmigo moralmente, pero la decisión fue completamente inconsensuada. Es risible decir que fue una violación, porque yo era el dormido, el que no se enteraba de nada, el que se sumía en sueños, quizá a propósito, para no tener que afrontar una realidad tan pesada. Ya para esa noche había sacado de mí cosas que no quería que saliesen nunca, pero que eventual e inevitablemente, saldrían. Ya era normal verle sumida ante mí, y no había nada que hacer para que yo sintiese que la casa estaba siendo disciplinada por una especie de ente intersexual que discriminaba todo tipo de moralidad intrínseca a una sociedad posmoderna y desahuciada por el statu quo. Ya su piel blanquecina me devoraba, y sus vitriandales efectos eran devastadores. El sinsentido me comía.
4:07. SUN021019.
Witness' dec. #00493 from Ap. 33, 4th Fl.
"Rosemary, Frown murd."
TX State Police.
Dos susurros y un piano
Al final el susurro es como un conteo regresivo, un canto triste.
Sin duda con el alma rota.
El susurro, con duda, me dice que todos son como tú,
y tiembla.
Tiembla como un descuento progresivo,
un cantar de tristeza.
El azul del alma se apodera de mi viñeta dudosa,
la mirada del final que rota.
Y que nadie es como tú, después de tanto, me confirma la mirada
que tiembla.
Y te veo, y vuelvo a respirar.
( con tristeza ).
Pero siempre he preferido respirar con tristeza
que morir en vida ( con el alma rota ).
Escila y Caribdis
Las normalidades fundamentalmente básicas y
tus basicalidades normalmente fundamentales,
aunadas
a las fundamentalidades básicamente normales
de tu día a dia
de la rutina de tus días
de tus segundos
tus horas sombrías
acaba lo excepcional.
No es como si el naranja asumiera el blanco
entre la ventandalidad de nuestra puerta.
No.
Es más un azul que asoma al beige una
pincelada
de bruma y rencor, de suma y gran porción.
El cansansio es como un mal metastásico
y el tedio, el hastío, solo es. Es. Y eso es lo peor.
El dolor, entonces, ulteriormente inexorable,
y siempre inexplicable. Sin ser.
El padecimiento de la
inevitable pulsión para con el vivir.
Parece ser un periplo insondable
un estrecho eterno
que nunca abre.
Parezco estar (porque no tengo
tus ojos) en una asintótica
finitud llena de ilusión.
¿No te das cuenta todavía de la voluntad y representación?
Quizá me condena haber nacido el mismo dia que él murió.
Pobres sofistas que al enfrentarse a ti, (sin la cosa en sí,
noumenológica y fenomenológica) encuentran Parerga
y paralipómena. Libre de presión y coacción.
Hay frases emblemáticas.
Como cuando me dices «te amo».
Y no tienes sentido.
¿Acaso no sabes que hay una prerrogativa lineal en el caso de asignar significantes?
Lo simple de ti es tan simple que abruma y hace creer que lo complejo es mayor,
el asunto es que la asociación entre la existencia y la complejidad está completamente
ausente
dentro de los parámetros condicionantes que plantea, siempre sin consentimiento, tu ser.
Hay marañas irresolubles
y no son asunto de noúmenos
ni de epistemólogos como yo.
No hay philos por la sophía
cuando no hay sexo en la ecuación;
─creación─.
Escritos, vol. 5
Querida amada.
Nunca pensé que la complexión de tu inutilidad fuera tan exquisita. La savia que moldea esas pinceladas da cuenta de una imaginación extravagantemente incapaz. La capacidad de diseño psicológico es grandiosa, pero parece ser que una simple gota de agua desvanece todo el lienzo cuando alguien le mira. Eres un objeto tristemente inerte y una muñeca mal inflada. Me da lástima evanecer mientras te mueves, porque siento que son los momentos más valiosos de tu corta en novedad vida. Lo que menos añoro en la vida es la inocuidad, porque me hace sentir muerto. Muérdeme sin piedad y entenderé todo el sentido de esto. La sangre es vida y cuando te pincho desinflas. La similitud con un juguete es abrumadora: me acerco a ti y te quedas quieta, me alejo y te vuelves loca. Bailas, caminas, flirteas, exploras. Luego vuelvo y estás ahí, tirada en esa cama, con el comisario y el guardian espacial a tu lado. Eres incapaz de hablarme, de mirarme a los ojos. Siento necesidad de ser el chico de la calavera en el pecho para que me amenaces y tenerte miedo. Pero no te temo, ¿y de qué vale la vida sin miedo? Kierkegaard decía que una fe sin duda era una fe que no merecía la pena tenerse. No tengo fe en un par de anteojos porque sé que existen, los veo. ¿Pero creer en Dios sin haberlo visto? Vaya reto. Es de valientes, y no soy uno de ellos. Lo cierto es que mi fe es la valentia, y mi duda es el miedo: no hay una valentia que valga la pena tener sin miedo. ¿Qué tanta valentia se requiere para picar un pastel? No le tengo miedo. ¿Y para saltar hacia un tren? ¿Y para decirte que muero?
Te escribo porque espero, y espero mientras te escribo. A ti. Escribo tu ser y tu mirá, tu sonrisa y tu lágrima de ansiedad. ¿Qué te hace pensar que todos somos bellos? ¿Qué te hace pensar que todos somos suficientes? Si eres un cinco el tres te adora, pero ya el siete te deplora. La igualdad es utópica, la equidad sí es lógica. No pretendas que el feo sea bello excusándote en que la belleza es 'relativa'. Relativo quiere decir 'en relación a', y en relación a alguien útil, tú eres un desastre. Las comparaciones son tan necesarias como tu inutilidad, porque son la piedra angular de un progreso motivado. Nada que no sepas en el fondo, pero te encanta mentirte para tener ese anhelado bienestar bañado en la tristeza patética de tu mediocridad.
Nunca sabes qué hacer, y aunque quieras hacer algo, le dejas de lado por la ausencia de valor, de motoridad, de motus proprio. Hay dos tipos de personas: tú, y yo. Y nosotros es inconcebible. Soy el que se deja caer a propósito, el que coloca piedras para buscar fallas, el que derrama el vaso para limpiar el piso, el que rompe para volver a construir, soy el desequilbrio expresado en una entropía que tiende a infinito, soy la termodinámica de tus patológicos poemas, y la mecánica de sus pobres rimas asonantes. Siempre sé qué hacer, aunque no tenga nada que hacer. Pero no se trata de mí, el problema, de fondo, de plano, es que yo soy basura. Imagina qué eres tú, entonces.
Lo peor del caso es que, espero, y escribo. Lo peor de escribir, es que estas letras no tienen destinatario, ni nombre, pues inexistes. Alguna pobre alma identificada será victima de mi lástima y compadecimiento (que no es lo mismo, cabe aclarar), pero la pobre alma verdaderamente intrínseca a cada tilde y cada coma, es una que yace como polvo en un viento compartido, en una serie de habitaciones compartidas entre sí, pero separadas por la coincidencia, que aunque no lo querramos creer, tanto como junta separa. El asunto es que le romantizamos.
Epilogueo epilogando y, de una u otra manera, esperando.
Sin más.
La vida es sueño
Justo como un par de rayos de sol entraron ese par de pares de rayos de sol. Por un momento sentí que era tarde, lo suficientemente tarde, pero resultó no siendo ni un poco tarde. Levanté los párpados, hora exacta. En la radio Life on Mars?, y en mi corazón una lágrima de alegría, que fácilmente podía ser arritmia sin metonimia. La ducha frágil y ligera, el café fuerte y pesado; equilibrios. El desayuno parecía de reyes, dos días después de los tres. Cuarenta y cinco minutos y saliendo. Impecabilidades.
Los lentes reflejaban la alegría del sol, de la ciudadanía. Ciudadanía real, sin tener realezas. El vehículo parecía carruaje, y de repente las gotas de lluvia no me mojaban, y el cielo abierto, y a veces cerrado. En la radio del vehículo, Moonage Dream. De la Barca diría que la vida es sueño, ¿no? Llegué al recinto de tus ojos y tu sonrisa más bonita se fundía con la mía. El tercer café aguardaba en la lejanía del piso, y la primera carne en la cercanía del techo. Me senté como quien espera sentarse mal, y antes de que sucediese, trajiste la pastilla. Por un momento pensaste que me sentía mal, y fue el momento más lindo de toda la torre de ocho mil ciento cuarenta y siete techos. ¿Por qué no contar los techos en vez de los pisos? Al fin y al cabo no hay piso sin techo, y el último, nunca cuenta. Azotearidades.
Estuve tendido en la cama y mientras reposaba la carne, mis zapatos cayeron. El suéter se fue por el bajante lateral que tienen todas las camas que están pegadas a la pared. Y la pared cerró los ojos cuando me preguntaste, casi como leyéndome la mente, ¿quieres tirar? Por un momento estuve triste, pero ese momento fue hasta que nos empezamos a besar. Abracé la alegría de tu amor, para que contagiara la tristeza de mi pecho, de mi alma, de mi ser. Estaba abatido por la idea del sueño, a pesar de que el vecino tenía Wham Bam Shang-A-Lang. ¿Cómo iba a ser posible? Lo raro es que era posible. De la nada tu boca en mi cerebro, empezando a succionar neuronas y a causar estragos en mi sistema nervioso. Nerviosidades.
La cocina llamaba, en clave morse, en braille, en señas. Hasta que lanzó una seña de humo congeniada. Mis risas parecían ficticias. La animalidad. Nietzsche tenía razón cuando dijo que inventamos al hombre. Y a Dios, diría Feuerbach, análogamente. De la nada la comida estuvo, entre tus manos y las mías. Una nalga, en una de esas chispas de aceite, se besó con una palma. Y los dientes con la atmósfera, y las comisuras despertaron y se estiraron, preguntaban qué hora era. Antes del último bocado, todo parecía teatral, Wallace Collection atacó con Daydream. Faltaba más. Faltaba menos, quizá; menos para el final. La hora era tardía. Tardíasidades.
Lo suficientemente tarde. Iba tarde. Sin desayuno, sin café. Tres horas y media y saliendo. El sol y las ojeras luchaban. La sangre en la calzada al cruzar. El vehículo público, sin melodía. Sin pastilla, sin sonrisa, sin techos. El momento estuvo triste hasta el final, cuando se estaba quemando todo el apartamento, tropezamos con los muebles ardiendo y la atmósfera ahogaba. La ventana cerró sus ojos, la puerta se desmayó. La pared estaba sufriendo un colapso emocional. Jodidas eran las chispas de aceite. Bohemian Rhapsody, mentalmente, mientras saltaba por el balcón. Solo el solo de Brian May. No faltaba nada. Nada.
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