Querida amada.
Nunca pensé que la complexión de tu inutilidad fuera tan exquisita. La savia que moldea esas pinceladas da cuenta de una imaginación extravagantemente incapaz. La capacidad de diseño psicológico es grandiosa, pero parece ser que una simple gota de agua desvanece todo el lienzo cuando alguien le mira. Eres un objeto tristemente inerte y una muñeca mal inflada. Me da lástima evanecer mientras te mueves, porque siento que son los momentos más valiosos de tu corta en novedad vida. Lo que menos añoro en la vida es la inocuidad, porque me hace sentir muerto. Muérdeme sin piedad y entenderé todo el sentido de esto. La sangre es vida y cuando te pincho desinflas. La similitud con un juguete es abrumadora: me acerco a ti y te quedas quieta, me alejo y te vuelves loca. Bailas, caminas, flirteas, exploras. Luego vuelvo y estás ahí, tirada en esa cama, con el comisario y el guardian espacial a tu lado. Eres incapaz de hablarme, de mirarme a los ojos. Siento necesidad de ser el chico de la calavera en el pecho para que me amenaces y tenerte miedo. Pero no te temo, ¿y de qué vale la vida sin miedo? Kierkegaard decía que una fe sin duda era una fe que no merecía la pena tenerse. No tengo fe en un par de anteojos porque sé que existen, los veo. ¿Pero creer en Dios sin haberlo visto? Vaya reto. Es de valientes, y no soy uno de ellos. Lo cierto es que mi fe es la valentia, y mi duda es el miedo: no hay una valentia que valga la pena tener sin miedo. ¿Qué tanta valentia se requiere para picar un pastel? No le tengo miedo. ¿Y para saltar hacia un tren? ¿Y para decirte que muero?
Te escribo porque espero, y espero mientras te escribo. A ti. Escribo tu ser y tu mirá, tu sonrisa y tu lágrima de ansiedad. ¿Qué te hace pensar que todos somos bellos? ¿Qué te hace pensar que todos somos suficientes? Si eres un cinco el tres te adora, pero ya el siete te deplora. La igualdad es utópica, la equidad sí es lógica. No pretendas que el feo sea bello excusándote en que la belleza es 'relativa'. Relativo quiere decir 'en relación a', y en relación a alguien útil, tú eres un desastre. Las comparaciones son tan necesarias como tu inutilidad, porque son la piedra angular de un progreso motivado. Nada que no sepas en el fondo, pero te encanta mentirte para tener ese anhelado bienestar bañado en la tristeza patética de tu mediocridad.
Nunca sabes qué hacer, y aunque quieras hacer algo, le dejas de lado por la ausencia de valor, de motoridad, de motus proprio. Hay dos tipos de personas: tú, y yo. Y nosotros es inconcebible. Soy el que se deja caer a propósito, el que coloca piedras para buscar fallas, el que derrama el vaso para limpiar el piso, el que rompe para volver a construir, soy el desequilbrio expresado en una entropía que tiende a infinito, soy la termodinámica de tus patológicos poemas, y la mecánica de sus pobres rimas asonantes. Siempre sé qué hacer, aunque no tenga nada que hacer. Pero no se trata de mí, el problema, de fondo, de plano, es que yo soy basura. Imagina qué eres tú, entonces.
Lo peor del caso es que, espero, y escribo. Lo peor de escribir, es que estas letras no tienen destinatario, ni nombre, pues inexistes. Alguna pobre alma identificada será victima de mi lástima y compadecimiento (que no es lo mismo, cabe aclarar), pero la pobre alma verdaderamente intrínseca a cada tilde y cada coma, es una que yace como polvo en un viento compartido, en una serie de habitaciones compartidas entre sí, pero separadas por la coincidencia, que aunque no lo querramos creer, tanto como junta separa. El asunto es que le romantizamos.
Epilogueo epilogando y, de una u otra manera, esperando.
Sin más.