I
Por un momento empecé a recorrer mis sentimientos como quien abre una cajita de recuerdos. Empecé a quitar el polvo al cerrojo mientras buscaba la llave, mientras recordaba la combinación para la aceptación de realidades bastardas. No es fácil, no tanto. Incluso eso es parte de la combinación, hacerme creer que es difícil. Son sucesiones recursivas. De valor requerí un montón, agoté mi cupo semanal (soy muy valiente al ser cobarde, y eso se renueva semanalmente). Al igual que en el coito desde la perspectiva masculina, el introducir la llave es la parte más excitante. La sensación es inenarrable.
II
Llegar al fondo, girar; todo en un trance. Como cuando ingiero leche con azúcar sabiendo que me joderá el riñón que ya una vez me operaron, como cuando cuando me fumo un montón de cigarros al día sabiendo que eso me creará dependencia y tolerancia a la nicotina. Como cuando estás por acabar dentro de su tibio y húmedo vestíbulo vulvar y por un momento te sabe a mierda todo y no lo quieres sacar. Como cuando suena la alarma y todo te da igual, la apagas y te vuelves a acostar, a pesar de que ese día tienes examen final, a pesar de que ese día del trabajo te pueden botar. A ver, que si el ser humano tiende naturalmente a la autodestrucción, entonces yo soy destrucción per se. Y giro, y suena el seguro, el mecanismo, y abre las puertas su infierno.
III
Lo irónico del epílogo, es que a veces no da tiempo de epilogar. Marzo no fue vacío, estoy seguro de eso. La certeza es, también, que fue oscuro. Hay realidades bastardas y hay realidades herederas. Y, además, heredadas. ¿Lamentable? Lambotable. De eso se trata, de la nada siendo solo nada, como diría Arya.