Nos adentramos en la cabaña y preparamos las provisiones. Aquel tomaba un poco de aguardiente para pasar el frío, el otro se abrigaba más de lo que podía. Yo era precavido y pensé en el calor de la cueva. Si llevaba mucho abrigo para el camino helado luego no tendría necesidad de él en el calor infernal del bosque bajo la tierra, sería un peso de más, lleno de tanta maldad podría matarnos sin dudarlo, asados como pavos en plenas festividades. No advertí porque el tesoro sería dividido.
Salimos y encontramos dos más, uno abrigado y el otro no. Charlamos un minuto y luego partimos. El frío era enmudecedor, me sentía en aras de la muerte, perdido y sin suerte. Hasta que tras la nieve aquel otro divisó una sombra. La seguimos y encontramos otro tartamudo. Se unió, ya eramos seis. Mientras yo pensaba ellos caminaban. Yo no caminaba, no sentía que lo hiciese, simplemente pensaba, y ese era el motor cinético que movía mis piernas. Hasta que paré. No teníamos rumbo. Mágicamente aparecieron dos caballos y atacaron a mis aliados. ¿Aliados? No sé pero murieron cinco. Todos. Los caballos no me vieron por alguna extraña razón. Saqué las motas y los reviví. Aplicaron sus hechizos de cura y seguimos caminando. Ellos no pensaban y por eso no se preguntaban como sobreviví. Parecían los perros de un trineo bajo el blanco mar sobre un blanco mar. Eramos el medio, sombras viejas que se rejuvenecían por cualquier soplo vital. Aquel otro notó una sombra y la seguimos. Encontramos a otro tartamudo. Se unió y eramos siete, luego ocho, eran siameses. Pensaba y era el motor. Luego los caballos. Murieron siete. Salí de la nieve. ¿Ese era el secreto? Entendí que debía advertir.
Los reviví y les dije que dejaran sus abrigos. Los dejaron y empezamos a caminar. La niebla era tan espesa que enmudecía. Pero rompí el silencio cuando vi que una sombra gigantesca apareció delante de nosotros. Teníamos más velocidad por dejar los abrigos y grité exclamándolo a los dioses. Mágicamente aparecieron dos caballos que se convirtieron en dos otros de nosotros. Eramos diez. ¿Se cumplió mi profecía? Resulta que la noche anterior noté en un mapa viejo que el bosque bajo la tierra tenia diez caminos, no encontré respuesta para poder explorarlos todos antes de que se nos agotara el agua y oxígeno. La encontré. Grité que siguiéramos y nadie me hizo caso. Me di cuenta que el silencio era nuestra aurora, y el ruido nuestro ocaso. Pensé y así mis piernas empezaron a girar. Mágicamente aparecieron dos caballos y devoraron a todos. No entendí qué sucedió. Esperé que se fueran y mis motas usé. ¿Eran infinitas? Se curaron y no pensé. Me quede fijo. Quería pensar, no sabía que hacer. Si pensaba, caminaba, y si caminaba, ¿sed? No precisamente per se, así que decidí decir lo que había pensado, sin pensar nada nuevo. Nadie me entendió. Me apuré porque habíamos dejado los abrigos. Murió uno de hipotermia. Otra mota. Me quedaban 29, ¿dos muertes aleatorias y tres de nueve por los caballos quizá? Tal vez debía dejarlos morir por más rato, así recargan sus almas en el más allá mientras yo deambulo hasta encontrar la respuesta. ¿Pero era inmortal?
Quizá solo permanecía vivo porque los demás eran carnada. ¿O yo era especial? Empecé a pensar, y a caminar. Pasó largo rato, estaba caminando lento porque pensaba lento. ¿Esperar acaso a los caballos me dejaba de lado el buen pensamiento? Me concentré y la velocidad aumentó. La sombra negra nos absorbió. Me di cuenta que habíamos entrado en el bosque y no pude contener mi emoción. Todo era negro, grité y todo se volvió blanco. Mágicamente aparecieron dos caballos y mataron a nueve. Sin pensar actué, y no usé las motas. Se fueron y salí. Me quedé fijo. Empecé a pensar pero no me movía. Necesitaba al menos un perro. ¿Eran perros? ¿Por qué no los valoro? Usé dos motas, quedaban nueve por tres. Pensé y me moví un poco más lento pero podía pensar mejor porque así no nos apresurábamos a llegar a la sombra negra sin pensar bien que hacer. Concedí el secreto a los otros dos y les dije que hacer cuando aparecieran los caballos. En realidad no hacía nada, pero les dije precisamente eso. Ellos luchaban, y por eso morían. Seguí pensando y traté de recordar lo que había en el bosque, adelantándome por si no tenía tiempo de pensar dentro de él. Mágicamente aparecieron dos caballos y no nos vieron. Reviví a los otros siete pero los caballos no se habían ido. Los dos fieles no se pudieron contener, pelearon y murieron. Me quedaban nueve por dos porque se me cayeron dos. Reviví a todos en un afán de apuro y desesperación. Quedaban nueve. Me quedé fijo por unos segundos y les concedí a todos el secreto. No querían aceptarlo. Los dos fieles me ayudaron a convencer a sus semejantes y comprendieron. ¿Yo no era semejante a ellos? ¿Por qué no los valoraba?
Pensé y caminamos, lento, pensaba lento. Muy lentamente nos fuimos fijando en la sombra. Muy lento. Pensábamos lento. Todos cuchicheaban y se animaban a no hacer ruido. A no desesperar. ¿Pensaban? Íbamos lento, demasiado lento. La niebla se tornó grisácea y testaruda. Quería desesperar, ellos más, pero seguíamos lento, muy lento. Pensaba lento y me controlaba. Poco a poco era más negra. Poco a poco olía más el húmedo bosque. Poco a poco nos acercábamos. De repente todo fue negro y supe que entramos. Supe también contener mi emoción y callé. Ellos también. No pensé porque todo era negro. Uno de ellos botó el alcohol. Otro lanzó una chispa con sus pezuñas y prendió el fuego. Se vio. Luego otros seis tomaron estacas e hicieron fogatas portátiles que llaman antorchas, el otro aparte de los ocho se quedó fijo viendo una gema que había en la pared.
Las gemas eran peligrosas, las que coincidieran con el color de tu alma te absorbían, las que no te hipnotizaban. Y la que fuera del color contrario a tu alma te mataba. A aquel fijo lo mató una gema. De inmediato antes de usar una mota de las nueve que me quedaban les dije a los demás que no vieran las gemas. Tres voltearon por inercia. Dos murieron y el otro se quedó hipnotizado. Le tapé los ojos y lo volteé a otro lado. Los demás captaron. Reviví a los tres muertos y a los dioses gracias dí porque no habían sido absorbidos. Las motas... bueno, no funcionaban si un alma estaba dentro de una gema. Traía el cuerpo, pero, ¿y el alma? Todo era complicado. Me di cuenta que habíamos caminado mucho porque había pensado mucho, estaba más ávido gracias a que no había frío. Nos aproximábamos a la encrucijada de diez caminos y me di cuenta de ello cuando dejé de pensar. O al revés. No lo sé, estaba anonadado. Me quedaban seis motas. Nueve perros. Diez caminos. Tres metros antes de decidir. Le dije a la manada que cada quien debía tomar un camino.
Falso. No lo dije.
Pues dije la primera palabra, "cada", y nos movimos todos medio metro. Quedaban dos metros y medio. ¿Medio metro por palabra? Dije "quien" y nos movimos otro medio metro. Quedaban dos metros. Seis motas. Maldita sea, siete perros. Dos voltearon y fueron asesinados. A dioses gracias que no absorbidos. Cuatro motas, diez caminos, dos metros y nueve perros. ¿Qué hacer? No podía pensar. Puedo jurar que no lo hacía, pero milímetro a milímetro mi cuerpo se movía. Menos de dos metros ahora. Es decir, me quedaban tres en vez de cuatro palabras. Podía pensar un poco más hasta llegar al límite de tres y buscar esas tres palabras mágicas para dividir a los perros en los diez caminos.
Y otra cosa, que cada quien tomara un camino distinto.
Nos íbamos acercando al límite de tres palabras, es decir, un metro y medio. Comprendí que no debía decir una palabra para guiarlos. Me quedaba viendo a uno y le hacía señas con la dirección de mi cabeza y mis ojos hacia un camino en particular. Funcionó; nueve caminos, ocho perros. Lo hice con tres perros más y todo era perfecto. Ni siquiera estábamos en el límite de las tres palabras aún, no necesitaba pensar mucho para hacer lo que hacía. Un perro más, otro más. Quedaban cuatro caminos, tres perros.
Me quedé viendo a otro, cuando me miró no me miró, no al menos por más de un segundo. Se desvió su mirada un milímetro y fue absorbida.
...
...
...
"¡No! ¡Maldita sea!"
Quedamos a trece milímetros del límite.
Cabe decir a estas alturas que en el límite de la bifurcación había una gema prismática que reflectaba cada uno de los colores. Leí sobre ella la última noche. Ella no hipnotizaba, no absorbía, no mataba. Ella al más mínimo contacto destruía tu mente, te mostraba en frente de tu frente tus más oscuros miedos. Te hacia sentir el fracaso y te mostraba todas tus pertenencias destruidas. Todos tus sueños claudicados, todos tus deseos sofocados. Te hacía creer que los mataste tú, a los sueños, y que las desperdiciaste tú, las oportunidades. Los deseos quedaban enclaustrados, las ganas aplastadas. No había otra opción. La gema arcoiris te llevaba al suicidio.
Nadie había escapado.
Pensé todo eso y agoté los trece milímetros.
Casualmente los dos perros que quedaban fueron los que denominé fieles. A estas alturas, ¿eran perros? No, maldición, no lo eran. ¿Los valoraba? No, maldita sea, no los valoraba. Eran mis compañeros de viaje, de excursión; buscábamos el maldito tesoro. ¿Por qué maldices tanto? Ya tocaste la gema. ¿Y por qué no nos hemos suicidado? ¿Y desde cuándo carajos hablas? Siempre hemos hablado, solo que nos tratabas como perros, y no nos valorabas.
¿Dónde estamos?
Era la cabaña. Eramos tres. Uno tomaba aguardiente, el otro se abrigaba. ¿Fue un sueño? No, no lo fue.
No, definitivamente no.
El otro fue a abrir la puerta y ella voló. Una ventisca tremenda entró y devoró la cabaña por dentro. Volaron los techos, volé yo, volaron ellos. La nieve nos arrastró lejos, muy lejos de todo sitio reconocible. Nos devoró, nos arrastró.
Mágicamente aparecieron dos caballos.
Y mataron a los dos.
¿Yo?
Aquí estoy, a punto de saltar.