No es fácil querer, lo fácil es rechazar.
No es fácil soñar, lo facil es despertar.
No es fácil desear, lo fácil es ignorar.
No es fácil alabar, lo fácil es criticar.
No es fácil amar, lo fácil es odiar.
No es fácil venir, lo fácil es ir.
No es fácil vivir, lo fácil es sufrir.
No es fácil sentir, lo fácil es mentir.
No es fácil decir, lo fácil es escribir.
No es fácil existir, lo fácil es dejar de existir.
Ni las nubes ni el cielo dictan qué es sencillo o que no lo es, ni los inviernos ni las primaveras dictan el paisaje que indica si lo simple es lo indicado o no, ni los veranos dicen con sus rayos de sol si es humano hacer el bien con lo simple o con lo contrario, mucho menos un otoño nos reza en su caída que es lo que debemos hacer.
Pero los corazones si nos hablan, y aunque los corazones no nos dicen absolutamente nada, nos lo comunican todo. Y es que el latir de un corazón tiene un motivo y una razón, desde un principio siempre será el fruto de un amor o una pasión, y para siempre existirá una ilusión tintada con esperanza, tal que la razón del latido es lo que hace fácil o difícil un acto, donde aquella razón dependiendo de sus colores y sombras hace fácil cualquier cosa difícil si sus colores son tan hermosos como la luna llena o el cinturón de Orión en medianoche, o difícil aquello fácil si el prisma no difracta. Encontrar una razón es un clavel en un desierto o un mapa en un laberinto lleno de sombrias paredes y tenues reflejos, aquella razón es un clímax en potencia si la meta es lograda, y aquella razón de aquel lindo y hermoso latir tiene un mérito invalorable para tu corazón por el solo hecho de existir.
El corazón si entiende de razones, y por eso late.
¿Verdad, corazón?