Tras tantos años, tras tanto tiempo,
aire fresco, aire de libertad,
otra vez, otra vez.
Y es mejor caminar lento,
es mejor leer lento,
es mejor respirar lento,
pero mis peores tiempos pasaron muy despacio,
aun para mi gusto ralentizante, demasiado lentos.
Aprendí y serené, emocioné al saber,
soñé con ser real, fui real con lo que se sueña,
respire la trascendencia y creí en lo creible,
acepté lo increible,
pero vivi con mi pajaro en mano,
sin aquellos mil halcones volando.
Fui cuidadoso, trabajé con esmero,
sentí el calor en el rostro ante el vapor,
sentí la brasa en los pies al caminar,
sentí el dolor al observar el eclipse,
pero es que el objetivo valía la pena,
el objetivo eran tus ojos.
Salí, en medio del desierto,
fui a comprar un café, alguna dona,
azúcar para la energía,
y seguí caminando.
En el pueblo me dijeron que llegabas en la noche,
que te habías casado con el cielo lleno de estrellas,
que las nubes eran tus escoltas,
y que tenías una agenda apretada,
que no usabas el calendario gregoriano,
que a veces te escondías tras una puerta, con ojeras y una película de fondo,
también que a veces, salías con un vestido de diamantes, y siendo real,
me dijeron que eras tú.
Lo que ya sabía no me lo dijeron,
porque solo yo lo sabía,
y era que al día siguiente ya te ibas.
Por eso me senté frente a la ciudad en aquel acantilado,
a esperar,
mientras observaba las luces titilar,
los coches no volar,
y a la gente dubitar,
me volví a serenar,
entré en un mundo que ya conocía,
ese donde todo lo que me rodeaba lo entendía,
donde cada letra de cada canción era mía,
y allí esperaba ansioso y sin cobardía.
Mi confianza era alta y no esperaba menos de lo que esperaba,
parecía extraño,
pero estaba cegado y aun así no me sentía ciego,
porque confiaba,
yo simplemente confiaba.
Observé a la montaña en el este,
allí,
salió,
sí,
estaba.
Era el momento, llegabas,
volteé, miré, busqué, giré,
ansioso, esperaba a mi felicidad,
esperaba todo lo que esperaba,
esperaba confiado,
esperaba enamorado,
y allí en el camino aparecieron,
aparecieron tan hermosamente bellos,
sí, ellos,
allí, por el oeste,
reflejando aquella luna que salía por el este,
esa media luna que ya se iba,
y tu te regías por ella,
cada veintiocho días,
empezabas nueva,
te movías creciente,
llegabas llena,
y te ibas menguando,
cada siete días,
como ella, como Selene,
como la luna,
y este es el epílogo,
porque este es el momento,
aquí estoy mirando tus ojos,
aquí estoy parado frente a tí,
ciego sin estar ciego,
anósmico sin estar anósmico,
sordo sin estar sordo,
agéusico sin estar agéusico,
mudo sin estar mudo,
deponiendo mis armas,
bajando mis brazos,
rendido ante tí, y ante tus ojos,
ante ellos y ante el reflejo de ellos.
Aquí dejo a un lado estas notas, las envío al aire, al espacio,
que el que las lea las publique,
y que aquellos que lean sepa que me entregué en cuerpo y alma a ella,
y a su regente Selene,
que fui de ella,
que si morí fue por ella,
y si viví fue por ella,
y que si sigo vivo, soy de ella,
y de nadie más que ella.
Si estamos, estamos por allí, inalcanzables.
Si nos quieren ver, que vean a la luna.
Seguiré escribiendo con la tinta de este amor,
pero en el cuerpo de ella.
De madrugada ya es,
el reloj marca la una,
y sí ya no me ves,
es porque me fui con ella y la luna.