Leer una entrada aleatoria

New York (III): Manhattan






Solía caminar tranquilo, pero ya eso es parte de mi pasado, ahora mis recuerdos salen a flote en cada esquina, en cada amarillo que surge de algún taxi, en cada bar lleno de risas debido al stand up, en cada anuncio llamativo de soda. Mis pasos eran todo lo contrario a lo que necesita un militar en guerra para identificarse, eran tan irregulares que parecía ebrio, y no estaba lejos de la cruda realidad, porque no podía distinguir lo real de lo irreal, ebrio de sueños perdidos, sobrio de esperanzas, estaba fundido.

Porque todo lo que me quedaban eran aquellas calles desoladas, aquella parte tan virgen y poco usada, un color anaranjado que hacía del cielo una guitarra eléctrica melancólica, una triste melodía que alivia el alma procurando las lágrimas de una prostituta alcohólica, y era la tuba y el saxofón, era mi musa y aquel telón, la tristeza y el jazz, y el de aquella zorra antifaz. Entré después de la función a disfrutar con mi alma vacía, a pecar por cobardía, sin sentimientos, olvidando todos mis momentos, estaba perdido, en la soledad sumido.

Eso lejos de ser hace meses o años, fue hace dos horas, cuando terminé en el baño, viendo en aquel mágico artefacto mis ojos reflejados por horas, lleno de lágrimas y preguntas, de mi cabello halando las puntas, caminando de un lado al otro lanzando todo lo que tenía, miseria y agonía, era mi éxtasis luego del caos, sí, un ciclo que se ha repetido en años pasados. Salí de allí para buscar aire, pero mi boca estaba sellada y mis ojos sofocados, no sabía donde ir, a donde irme a morir. Escuchaba innumerables gritos en mi pecho, escuchaba mi corazón maltrecho, escuchaba todas mis enfermedades recorriéndome, escuchaba el estetoscopio auscultándome, pero no escuchaba mi voz, y cada vez más sentía el frío metal de una hoz, mientras veía cada lámpara y cada poste de cada acera, y el frío de la noche no me dejaba otra opción más que arrepentirme de mi vida entera.

"Me verás,
atrapado en esta enorme ciudad,
no todo lo que brilla es real,
mi boca ya no puede hablar,
solo voy a escuchar..."

Caí en cuenta, y divisé la banda que tocaba esa noche en aquel bar, habían pasado un par de horas más, y ya estaba bebiendo otra vez, atrapado en una agonía que cristalizaba con las cuerdas, con el sonido puro de un cuero que se templaba una y otra vez, y en la voz que escuchaba en mi corazón retumbar. Termine de escuchar hasta el final, hasta llorar, luego salí a otra vez no sé que buscar, pero caminé más y más, iba observando cada ventana, cada puerta, cada edificio, cada brillo, cada luz, cada carro, cada bus, cada persona, cada dolor, cada sueño, cada felicidad, cada realidad. Era un mundo abierto para mi y cerrado para los demás. Cada vez el frío me recorría más y más, cuando pensaba que no habría más, llegaba más, y más, quizá eran 8 o 9 los grados Celsius que rodeaban mi cuerpo, por ello deliraba y no distinguía mi verdad.

Volví a caer, pero esta vez en el suelo, estaba aturdido del silencio, destruido por dentro.

Nunca me había sentido tan completamente solo.

Nunca había visto el deseo de mi cuerpo hacerse tan realidad, porque es un impulso, una inercia, a alejar todo lo que brilla a mi alrededor. Rompí a llorar como un niño, estaba allí bajo el Times Square, golpeado, sin rumbo, con un olor a soledad mezclado con alcohol, en mi miseria más escondida y recóndita, en la verdad escondida tras la mentira de sobriedad y perfección, con la corbata echada a un lado y el saco olvidado en la habitación de aquel hotel, donde deje mi dinero, mis documentos, y algo de semen regado en el cuerpo de alguna desconocida prostituta, yo perdido, yo atrapado.

Caminé hacía el Central Park sin querer, pasé por allí donde mataron al célebre beatle en aquel invierno de 1980, allí en aquella noche divisé tanta oscuridad que mi alma se arrugó, sentí el frío ya adentro, esta enorme metrópoli había llegado hasta los confines de mi cuerpo, absorbiendo mis miedos y alimentándose de ellos, viendo como caminaba desde su vista cenital, desde su metro inmortal y siempre activo, desde las sirenas de los policías y desde los tablones de Broadway, introduciendo en mi la culpa que sentía pero que había ajenizado, sin hacerme recordar lo bueno que tenían mis años como humano, me hacía sentir basura como citadino, como lo que soy y siempre seré con favor del destino, caminando bajo la gran manzana, pasando por la zona cero, por supuesto, sin haber dormido.

Fue una triste noche, y nunca desperté porque obviamente nunca dormí.

«hay muchas manzanas en el árbol,
pero si coges New York estarás tomando la gran manzana».