No sé por qué, pero te vi y de inmediato imaginé el día en que nos encontráramos allá.
En esa linda cama, buscando con ansias lo más deseado por nuestro más íntimo instinto animal, allí donde encontramos nuestros más intensos deseos, nuestro nombre de fondo, de sustantivo. Olvidemos lo que somos y lo que no, vayamos a la más cercana base espacial de despegue, para irnos, y luego venirnos. Quizá Mercurio, quizá Neptuno, pero sea el último o el primero de los planetas, este no será nuestro último polvo. Todo comenzó cuando nos miramos, y terminará en una sonrisa y tu mirada perdida en mi pecho, con tu cabello en mis ojos, perdido en tu limbo, sumergido en tu mundo. Y se convertirá la historia en una fábula cuando a mi camisa le salgan alas, a tu brassiere le salgan un par de lindas piernas tan lindas como las tuyas, cuando a nuestro pudor se le ocurra irse al aeropuerto a tomar el primer vuelo hacía un destino desconocido, porque nuestra desnudez dejará prueba ciega de que no se ve lo que se ve cuando se desea ciegamente. Es simple: no se piensa. Y tu no lo pensaste dos veces antes de dejarme con la boca abierta en tiempos de insectos, cuando destapaste tu pecho y me regalaste un par de aureolas de belleza maravillosa. Eres malditamente hermosa. Tus labios sellaron a los míos y caí en un juego de seducción que describió el placer de las noches siguientes, pues se convertiría en una adicción.
Fuimos un espectáculo, para mis ojos y los tuyos encanto, porque la tentación existió y se fue, porque de inmediato dejo de ser tentación para convertirse en realidad, tu cuerpo y el mío hicieron contacto, como en unos años los alienigenas y los terrestres, harán contacto. La diferencia está en el cociente, en la necesidad, porque allí tu lengua llegó a un punto de declive que no logré superar en el primer contacto, siempre es el más difícil, tanto que me ericé, y llegué a pensar que sería cuestión de minutos. Pero algo en mi cree en la eternidad, y deseamos juntos que el momento fuera eterno, y así fue por cierto tiempo, porque la eternidad dura cierto tiempo. Te mordiste los labios y me mostraste el objetivo de manera contundente, tanto que tuve que entablar una conversación con él de manera exhaustiva para poder negociar los términos del contrato, apliqué mi mejor labia y mi mejor lenguaje, hasta que sentí que la satisfacción de haber ganado la discusión me había quitado la sed, o quizá fue otra cosa, no sé. Entonces fuimos a la mesa y nos sentamos para concluir, mejor dicho, te sentaste, a mi me gusta permanecer parado, sea en el metro o sea allá, y allí, adentro, como la canción del residente. El calor me hizo sentir sofocado, tu espalda sudaba y dulce e irónicamente me mojaba, tus caderas me hacían alucinar, y la luna nos miraba con cara roja por la ventana, era tan inocente, pero ella sabía lo que veía, una vez tuvo un hijo, el hijo albino de la luna. La combinación de movimientos, pasión, velocidad, pulso, sangre, sudor, hizo de aquella velada un lugar inhóspito que solo habitaban los más impuros animales, porque en esa habitación solo estábamos nosotros, y nos acompañaba la lujuria, la lascivia de tu lengua y el calor de nuestros sexos. La presión era parecida a la del Himalaya, faltaba el oxígeno, y sobraban las exhalaciones, locura e inconsciencia de actos, es como recibir un impacto de bala e introducir más la bala, más y más, más profundo, hasta el límite. Fue entonces cuando llegamos al límite, lo sobrepasamos, terminamos y nos dormimos.