Brazos tan arriba como si de un recinto policíaco no pudiera mi cuerpo escapar, piernas tal cual, buscando el equilibrio entre el osado y constante movimiento, parcialmente fortuito el magnífico evento, pues de la nada ante mi pasa un crucero, se sienta frente a mis ojos soñadores y no cruza brazos, si las sinuosas piernas, la flota llega por fin después de tanto a mis ojos con forma de cálido submarino, se sumerge sin un simple consentimiento y empieza una travesía alcohólica, un par de hiperbolizadas y sencillas cerezas con sabores más que múltiples, una textura en demasía única, tan dura, tan dura como los panes de aquel, tan hermosas aguas que inundan deberes, sin iguales placeres.
Más profundo heme, allí sin duda pasa el submarino bordeando aquel singular foso, no es parte del amado objetivo, el siguiente sí. Pendiente, bajada, vaya explanada. Más profundo está, allá después de tanta suavidad. De tanta abdominalidad. De tanta virtuosa montaña, de diosa, que no es ya. No más. Bifurcación, hermosa, color rosa. Derecha o izquierda es santificada dubitación. Desde hace rato no hay luces en este oscuro mar después de ocaso, sin baterías. Indeciso fui y pequé, caí allí de boca, o de proa, como quiérase expresar. Entré en un mundo desconocido imaginado por un azul Verne, no les concierne. Solo es sabido que no les puedo contar lo incontable, por inefable.
Uní las especies de papeles que cubren mis ojos y escuché un maravilloso solo.
Tantas carnes, tantos antojos, con hambre, aún no podía bajar los brazos.
Otras plazas entran, otras salen, las puertas cierran y abren.
Llego, llegamos, se va, me voy, y aquí quedo.
Quizá panadería elevada al altísimo.
Solo, quizá.