Pasó por la librería y vio una linda portada, se admiró por el color anaranjado y los ángeles desatados, sin duda y en honor al culto del consumo, compró, pero quizá erró. Aquel día corría el agua mientras observaba la lluvia sobre aquella alcantarilla, el manantial de colores era al menos nulo mientras las gotas sucias manchaban las hojas de papel de aquella mesa de escritorio. El señor había dejado la ventana abierta y aquella brisa bestial se apoderó de la tormenta, o quizá al revés y nadie se dio cuenta. Llegó a casa con las ropas empapadas y no supo que más hacer, se quedó paralizado tal parapléjico sin poder, viendo la mesa de la casa volteada patas arriba como si de brujería se tratara, luego de observar las sillas también volteadas. Se movió un poco hacía adelante y las luces se apagaron, sonaron tres campanas y la canción se repetía, una radio sonaba suavemente en alguna llana lejanía. Luego cerró el libro y se dispuso a comer, hasta que amaneció al día siguiente después de un largo dormir. Era día libre así que quizá tendría más tiempo de leer aquella historia, pero decidió no hacerlo por miedo a las fallas de su memoria. Entonces la tormenta no cesaba; la casa quedaba solitaria a más de quince cuadras de la otra más cercana, vaya tortura de terror que le esperaba. Seguía sonando la maldita canción en la misma estación, era todo trágicamente de terror; pero mágicamente todo se calmó y los truenos eran silenciosos, la magia del tísico aparecía tras el frío porque se ausentaron desde noviembre las pieles de osos, por ello las chimeneas aguardaban el calor en su interior para sofocar cielos enclaustrados, y calentar humanos helados. Al día siguiente no fue a trabajar por leer hasta tarde, sintió tanto frío al despertar que no se pudo levantar. Tomó tres sorbos de café y no pudo dubitar, allí en su mesita la historia había de no mucho esperar. Inherentemente el día se heló y nadie se pudo calentar, fallaron todas las fogatas y se apagaron los calderos, el vapor se enfermó y se lanzó por el fregadero, las pieles de león se comieron las pieles de cebras, y qué decir de las gacelas que se hicieron invisibles al adentrarse en la selva. El cielo blanco se tornó anaranjado cual apocalipsis esperado, los carros levitaban y las campanas no sonaban, silencio reinante en la ciudad más inquietante. El sol estaba brillante en pleno mediodía y los perros ladraban en sinfonía, salió a correr un poco para olvidar aquella entelequia, para sacar de su memoria aquella novela sepia. Regresó agotado y miraba el cielo sofocado, se bañó y volvió a los lentes y a su cama, aquella segunda parte aguardaba. Los ángeles bajaron como si de California se tratara y las memorias se afianzaron como si en pecados estuvieran estructuradas, la lluvia se hizo más fuerte y destruyó diez mil casas, ¡ay de aquellas malditas tantas hipotecadas! Un ángel subió a la montaña más alta... Salió al bar más cercano de su querida ciudad y levitó por horas con sus amigos tras el billar, el vino, las cartas, el terror de olvidar la vida incauta, el pecado, la amante, aquel sexo tan maravilloso y radiante. La vida vueltas y la camisa suelta, su cabello liso y libido erecta, la depresión en el techo tras el piso del piso de arriba, gotas de gotera, realidad, ¿acaso quimera? Quería leer una vez más pero ya no sabía que esperar. La vida peor, quizá más alcohol. Bajó a la estación de tren y se sentó en el andén, le faltaba por leer el epílogo, así que esperó, lo abrió... y saltó.
In honorim, Cortazar.