Té abandonado
Esto baja.
Plataforma en la que estoy,
lava ardiente cubriendo el cielo,
y estoy al revés bajando hacia el cielo,
bajando y bajando, al revés estoy.
No tienes idea de cuanto me dolió,
puñales fríos y sin control,
justo en mi herida cayó el alcohol,
ardió.
Pérdidas de tiempo,
infinitos,
finitos,
no te siento.
¿Por qué suelen atacarme cuando estoy desprevenido?
Sin protección ni defensas.
Mucho menos declaraciones de guerras extensas.
Llegué perdido.
El amor llega,
me toca,
se va,
sofoca,
y no llega.
Se va antes de llegar.
Me golpeas,
me cacheteas,
luego me sonríes,
te ríes.
Me desnudas,
sin censuras,
me excitas,
me quitas,
la ropa,
la copa,
derramas,
a la cama.
Pero apagas la luz y te vas,
así, sin más.
No entiendo nada de lo que sucede entre nosotros dos,
y por eso estoy débil.
Me atacan por los flancos,
me hieren y lo celebran con vino blanco,
me dejaste al descubierto,
pero no es tu culpa que yo de iluso tenga mi corazón abierto.
Hoy es noche fría,
sin ti,
sin nada de ti.
Noche vacía.
Te quiero justamente aquí, pero estás tan allá,
eres como una fuerza sin gravedad,
te alejas tanto que ya casi ni te veo,
tan alejada que ya no te veo,
demasiado lejos, en serio, ya no te veo,
oye, vuelve, en serio no te estoy viendo,
espera, ¿qué me estás haciendo?
Sucia y vacía
Hoy aquí caen tus lágrimas, talladas en mi decepción. Esta noche me ha sumido en la peor de las noches que llamo temporales, porque son esas en las que quieres devolver el tiempo. Esta temporal ha sido marcada por la desgracia de tu desdicha al romper tus palabras cernidas en mis oidos, y por consiguiente al romper mi sonrisa vertida en tus palabras.
Y mi corazón siempre va unido a mi sonrisa.
Fuiste una más durante algún día que ni siquiera quiero saber cuál fue; mi imaginación si bien te imagina, no te quiere observar. En el suelo tirada como una vagabunda, en el suelo desvestida a medias, enjugando tus lágrimas con tu suciedad, pues estás vacía y sucia, con tu entrepierna aún humeda y tu pecho aún rojo: una patética puta triste, sucia y vacía.
Tus lágrimas son las que le dan la razón a mi excéntrica imaginación, porque hasta mi nombre fabulas haber dejado escapar, hasta lágrimas después, y una historia por contar. Sabías que no estaba bien y que habías roto algo más allá de lo que habías perdido en aquel lugar. Sabías que tomaste unas tijeras y cortaste las arterias que conectaban nuestros corazones; era un pacto físico, pero no menos importante, pues, ¿de qué estamos hechos? ¿De sentimientos? ¿O de malditos miembros y corazones? Tu mutilaste la vida entre dos, tú y yo.
Te respeté e ilusé mis palabras, las cumplí hasta el día en que tú no, ¿cómo iba a cumplir algo que ya no existía ni iba a existir más? Confié ciegamente, y ese fue mi error, debí destrozarte cuando pude, sabiendo siempre que eras una patética puta triste, sucia y vacía.
Llegaste tantas veces a rogar, a suplicar; llegaste tantas veces a mí, a mi entero, a mi ser, a mi cuerpo; llegaste una y otra vez, pero no quise apurar las cosas por el simple hecho de que lo bueno siempre ha de tardar, no se puede construir un verdadero acto de amor sin antes una larga y bonita espera de esas que aumentan el deseo y lo dejan plasmado de por vida en los corazones; nada más lindo que darle valor a cosas tan simples en la vida, porque no soy ni eres una mente prehistórica, estamos rodeados de ellas que es distinto, cariño, pero eso no quiere decir que podamos tomar unas que otras costumbres del siglo diecinueve.
Pero tu falda voló, tu sencilla actuación fue deprimente, allí, disfrutando algo tan vacío, regalando algo tan prohibido, regalando un tres a un portadiez, dejando de lado y vacío también al mísero portatrés, iluso sonriente del 219. Heme allí en aquel lugar, muy distinto al tuyo, cuando debía ser el mismo. Lástima que no recuerdo, pero probablemente sentí que un hilo rojo se rompió, que la arteria había sido cortada, probablemente sentí que siempre habías sido una patética puta triste, sucia y vacía.
Feliz cumpleaños
Justo hoy se me había ocurrido pintarte una sonrisa,
pero se me desaparecieron tus labios.
Justo hoy quería regalarte un cintillo dorado,
pero cerré los ojos por un segundo y ya no vi más tu cabello.
Justo hoy quería acariciarte las mejillas, suavemente,
pero sin labios ni cachetes, menos mejilla, vaya suerte.
Justo hoy quise colocarte una pulsera, una rosada, no cualquiera,
pero las muñecas estaban rotas y difuminadas.
Justo hoy quise quitar tu falda y tus medias para no dejar nada a medias,
pero se me desaparecieron tus lindas piernas.
Justo hoy quise divisar tu regazo y recostarme allí a ver el ocaso,
fue entonces cuando no encontré ni siquiera tus brazos.
Justamente hoy quise ver tu hermoso rostro,
y habías salido sin piernas, sin brazos, mucho menos rostro.
Hoy quise quererte, pero ya no tenías corazón.
Hoy quise adorarte, pero no tenías alma.
Hoy quise que me quisieras, pero ya no había pasión.
Hoy quise que me adoraras, pero vendiste nuestra cama.
Justo hoy, en esta lejana soledad, que quise estar junto a ti,
noté que ya significativamente habías desaparecido.
Fue así como nació esto tan grande que llevo por dentro,
fue así como nació este enorme vacío.
Pan al altísimo
Brazos tan arriba como si de un recinto policíaco no pudiera mi cuerpo escapar, piernas tal cual, buscando el equilibrio entre el osado y constante movimiento, parcialmente fortuito el magnífico evento, pues de la nada ante mi pasa un crucero, se sienta frente a mis ojos soñadores y no cruza brazos, si las sinuosas piernas, la flota llega por fin después de tanto a mis ojos con forma de cálido submarino, se sumerge sin un simple consentimiento y empieza una travesía alcohólica, un par de hiperbolizadas y sencillas cerezas con sabores más que múltiples, una textura en demasía única, tan dura, tan dura como los panes de aquel, tan hermosas aguas que inundan deberes, sin iguales placeres.
Más profundo heme, allí sin duda pasa el submarino bordeando aquel singular foso, no es parte del amado objetivo, el siguiente sí. Pendiente, bajada, vaya explanada. Más profundo está, allá después de tanta suavidad. De tanta abdominalidad. De tanta virtuosa montaña, de diosa, que no es ya. No más. Bifurcación, hermosa, color rosa. Derecha o izquierda es santificada dubitación. Desde hace rato no hay luces en este oscuro mar después de ocaso, sin baterías. Indeciso fui y pequé, caí allí de boca, o de proa, como quiérase expresar. Entré en un mundo desconocido imaginado por un azul Verne, no les concierne. Solo es sabido que no les puedo contar lo incontable, por inefable.
Uní las especies de papeles que cubren mis ojos y escuché un maravilloso solo.
Tantas carnes, tantos antojos, con hambre, aún no podía bajar los brazos.
Otras plazas entran, otras salen, las puertas cierran y abren.
Llego, llegamos, se va, me voy, y aquí quedo.
Quizá panadería elevada al altísimo.
Solo, quizá.
Temblor
De repente me sentí vencido, obstinado y pisoteado; no supe qué hacer antes de estar allí.
Bajé las escaleras y tomé el primer taxi que pasó. Mientras el conductor preguntaba hacia dónde quería ir no pude evitar regalarle mis pupilas a un maravilloso trasero que congeniaba con los cactus de la calzada, tales para cuales en descripciones; ya quería llegar. Sentí la complicidad del conductor hasta que llegamos al primer cruce, allí donde el amarillo se apoderaba de cualquier perspectiva. Pronuncié mi destino como quien no quiere llegar por miedo a fracasar, pero era necesario vencer mis miedos para crear un ambiente propicio lleno de arquitectura y arte; era el momento de empezar.
Todo cambió en medio del puente colgante cuando algo empezó a irradiar de la tierra.
Fue inevitable perder la noción del tiempo. Los gritos me sumieron en una especie de pánico postergado del cual mi compañero del vehículo no pudo escapar, todos presas del victimario terrenal corrieron a algún sitio probablemente inseguro, por lo que no tuve más remedio que respirar y pensar. No hubo tiempo para eso, sentí que debía conducir y así lo hice, salí del auto y cuando estuve afuera sentí la enorme necesidad de brincar de allí o salir corriendo a tierra, pero me contuve. Entré de nuevo al vehículo pero esta vez tenia frente a mi un volante, de esos personalizados para aquellos con adicción al formol y jovencitas de temprana edad, el cual -haciendo caso omiso de mi asqueo- tomé y giré bruscamente hacia su posición natural. Encendí y aceleré sin premeditación alguna; no pasaron ni tres segundos cuando impacté otro carro y comprendí que no era tan fácil como lo había imaginado mi subconsciente. Pasé al modo lógico y no tuve más que presionar el botón de 'cuesta arriba' para que la transmisión engranara unos cuantos dientes más y presionara con mayor fuerza de roce los neumáticos contra el debilitado ya pavimento. El movimiento se produjo y los vehículos de delante se empezaron a mover. Fue entonces cuando sentí miedo.
Una parte del puente se desplomó y el carro que tenía justo delante se fue al vacío, uno que en ese momento mi estomago sintió, mis ojos no veían más que tragedia y desdicha, cosas borrosas se movían y caían, otras cosas gritaban, una que otra llegó a explotar, el caos era de película, y para colmo quedé en una posición poco ventajosa tras la caída del coche de delante. Afortunadamente pude girar rápidamente el volante y clavar los frenos. No lo pensé dos veces: enderecé y di marcha atrás. Lamentablemente atropellé a alguien en mi retroceso, no pude divisar edad ni sexo pero probablemente estaba herido por su manera de caminar y su poca reacción ante mi poca velocidad, fue un favor; lo que pude retroceder fueron unos escasos metros, los que ya había recorrido. Al impactar contra el primer vehículo de atrás cambié la marcha a primera y aceleré con las fuerzas controladas para intentar hacer el cambio a segunda segundos antes de que despegara el carro del puente e intentara en mis delirios de película superar la brecha que se había abierto entre una parte del puente y la otra. Mientras aceleraba noté que estaba en un convertible y abrí el techo automático; en mi mente sabía el resultado más probable.
Cuando el carro se empezó a sumir en el vacío de mi estómago salté dentro del mismo carro una vez para apoyar mis pies en el asiento y luego salté apoyándome allí mismo, en vez de hacer un único salto que probablemente me llevaría a la muerte. Indudablemente llegué, si no no estaría aquí. Al quedar guindando del puente escuché los gritos ahogados provenientes del vacío y sentí miedo por segunda vez, pero así tuve fuerzas de empujar hacia arriba mis antebrazos y subir a la plataforma del puente. Vi otro carro abierto y la vía del tren en el medio despejada, también vi que adelante había otra brecha pero seguro me daba tiempo de acelerar lo suficiente para sobrepasarla.
Ya había dejado de temblar.
Una vez más me sumí en delirio al creer que si me daría tiempo y el carro empezó a caer. No sabía que carajos hacer. Sentí la muerte, mas no el miedo. Me di cuenta que repetir una acción es un poco inmoral pero aún así tenía que hacerlo. Esta vez no había descapotable tras mi cuerpo pero si tenía una puerta a mi izquierda que no tardé en abrir. Tomé aire y segundos antes de saltar recordé mis clases de natación, un deseo sexual imprevisto saltó por los aires cuando recordé aquella inolvidable escena de sexo brutal y descabellado bajo las aguas claras de esa piscina llena de salvajismo y poco pudor. Su cuerpo era mi cámara de alta velocidad mientras embestía con cierta furia cariñosa su precioso cuerpo, la noche nos llenaba de frío más arriba de la superficie pero aquella tibieza bajo el agua era excitante hasta un punto exorbitante, era éxtasis dentro del éxtasis, hasta clímax, donde dentro de ella el agua se sentía helada luego de sentir mis aún más tibios progenitores en su ser.
Por nada más que inercia nadé unos pocos metros hasta la orilla que brindaba el enorme pilar que sostenía aquello tan frágil y fuerte a la vez. Divisé los cien metros olímpicos que tenía por delante y me tomé el derecho de cruzar. Hiperventilado y sumamente agotado llegué empapado al otro lado, cuando caí en cuenta de mi tercer miedo: todo estaba destruido. Caminaba mientras me quitaba la chaqueta chorreante de agua y no podía evitar mirar todos los cuerpos que se veían bajo los escombros, aunque llegó un momento donde la palabra cuerpo quedaba grande al ver solamente miembros, cabezas y gritos ahogados en tierra. De inmediato recordé mi musa y olvidé los taxis, corrí sin cesar hasta sentirme ubicado, ya a altura del puente, pero en tierra, pude encontrar el camino hacia mi musa.
Olvidé contar el cuarto miedo que sentí mientras corría: aquella muerte ajena, la del estro de mi delírico día.
Fueron tres cuadras en las que me volví inhumano e insensible, la repetición de tanta desgracia me la hizo ordinaria dentro de mi noción desvariada del tiempo después de aquella irradiación. Llegué al edificio y en el tercer piso de diez toqué la puerta del C43, inmediatamente salió agitada y al ver que era yo no tardó en lanzarse encima de mi. Tardó tanto poco más en separarse y preguntar.
—Por qué estás mojado.
—Sería como preguntar por qué estás tan nerviosa.
—¿Pero estás bien?
—Sin duda. Necesito un baño, ya veo que tú estás bien, vístete que nos vamos de aquí antes que esto colapse.
—Este edificio está protegido contra este tipo de catástrofes querido, por eso me he quedado.
—Las protecciones son porcentuales, y nunca son del cien.
—Bueno, per...
—Vaya y vístase, yo me cambiaré.
No tardé ni dos minutos en quitarme todo el sucio cuando sentí confianza por decimotercera vez en el día, aproximadamente. Empecé a enjabonar más mi cuerpo y el agua caliente fue algo que dije aprovechar mientras duraran los servicios básicos de la ciudad. Salí de la ducha para alcanzar el shampoo y volver cuando mágicamente unos ojos aparecieron tras la puerta.
—Dios, lo siento, iba a buscar la blusa que he dejado aquí, pensé que estabas en la ducha.
—Ya, ya, buscaba el shampoo, volveré y puedes pasar.
Le indiqué que pasara cuando estuve dentro y le pregunté que si tenía algún familiar que buscar. No me respondió.
—Oye es contigo —dije mientras me asomaba tras la cortina—, por qué no me respo... —y no tardó en abalanzarse sobre mí llorando.
—Te he extrañado mucho, y ahora que mencionas a mi familia... mi padre ha muerto hace unos dí...—me dijo sin poder terminar entre sollozos y lágrimas saladas que ya se confundían con la dulce y tibia agua de la ducha.
La abracé fuerte y recordé el día en que conocí a su padre, era aún un niño cuando llegué a aquel colegio y la vi sentada con un señor apuesto y canoso que la acompañaba con ternura, desde lejos noté su cordón del zapato derecho suelto y como buen caballero que me enseñó a ser mi madre me acerqué a decirle al señor, pues a ella ni me atreví a mirarle los ojos. Él me agradeció y se agachó, cuando hubo tiempo mientras el señor ataba sus cordones, ella me miró y me dijo con una voz que aún siento en el fondo de mi ser un lindo "gracias", y me picó el ojo, para colmo de amores. De allí en adelante íbamos juntos a todos lados, fue tan natural que ni recuerdo cuando fue que todo empezó a ser mágico, si desde la misma primera palabra o si desde aquel primer beso en la mejilla. Su padre siempre me veía con admiración por mi manera de expresarme y ella siempre le hablaba bien de mi y de aquellas hazañas que uno hace por las chicas cuando se es niño, por ejemplo decirle que tiene un cordón suelto; sin duda hazañas memorables.
Le dije que quizá ya era tiempo de que él hiciera sus bodas de oro con su madre en algún otro lugar y pude escuchar sus risas entre mi pecho y sus cuerdas vocales; me dio un pequeño golpecito y me dijo una vez más que me había extrañado. Ya estaba empapada, sentí su necesidad de besarme hasta que dos milimetros separaban nuestros labios, pues en ese momento sus lentes cayeron de su rostro y sentimos que estaba pasando de nuevo, casi resbalamos y ella entró en completo pánico. Pasé a modo superhéroe y corrí con su mano entre la mía a la ventana más próxima para observar bien que pasaba. Más allá de ser una réplica, antes de entrar al edificio había notado que eran varios edificios juntos y cualquier cosa podía pasar.
—Debemos irnos ya.
—Está bien pero déjame buscar unas cosillas en el cuarto.
—No hay tiempo para eso.
—Es rápido —dijo mientras soltaba mi mano e iba al cuarto apurada.
Aproveché para buscar un botiquín en el baño y salí de nuevo a la sala, impaciente al ver que no estaba allí, decidí buscarla en el cuarto. La encontré con unas fotos en la mano y otras pequeñas cosas que me parecieron menudencias en una especie de bolsa que guindaba de su otra mano. La tomé por el brazo y la halé hacia afuera del cuarto mientras le decía que teníamos que irnos. Tropecé, caí en la cama, ella sobre mí, y vaya clásico de película que se tornó mi delirio. Ella se rió nerviosamente mientras su mano estaba atrapada entre nuestros pechos, la sacó y pude sentir un calor único e inigualable. Pensé muchas cosas en ese momento; lógicamente realicé que todo temblor había cesado, que parecía un día normal y el edificio aún estaba erecto, físicamente también divisé eso pero en otro cuerpo ajeno al edificio. Mi subconsciente, por otro lado, pasó al recuerdo.
Era la noche número 29 que pasábamos juntos allí—lo recuerdo porque faltaba un día para pagar cierta mensualidad—, y aproximadamente el día número 1243 en el que estábamos juntos en general —por simples cálculos que restan días no hábiles de un año de escuela. Acabábamos de salir del instituto cuando pusimos nuestro camino rumbo a nuestro destino. Llegamos, vimos las clases con emoción como siempre hacíamos y terminamos con ellas, fuimos a cambiarnos por separado como indicaban las reglas y como centella caída del cielo la luz del sitio abandonó todos los cuerpos físicos que allí habitaban, pero tras tropezarnos luego de salir de los baños, la libido que nos rodeaba se apoderó de ambos e iluminó sus ojos y mis ojos, los de nadie más. El profesor mandó a salir a todos de allí y preguntó varias veces si no faltaba nadie. No sé por qué no respondimos que faltábamos nosotros, quizá porque nuestra propia luz nos iluminaba y sentimos que no estaba pasando realmente nada. Entramos en consciencia cuando oímos el portón cerrar y los suiches bajar, así llegara la luz en ningún momento íbamos a estar iluminados de nuevo. ¿Cómo íbamos a salir? Raramente ella me golpeó y me dijo que era mi culpa, que yo la había pisado y por eso ella se descuidó, y antes de terminar de acusarme resolvió empujarme, no tan fuerte, pero debido a mi asombro mi cuerpo se volvió una tonta pluma y terminé cayendo de espaldas en la piscina. Llegué hasta el bajo fondo y tardé en subir por motivos que desconozco, quizá era la tibieza del agua que me encausó a dejarme llevar.
Inmediatamente —o quizá un rato después, no lo sé a ciencia cierta—, ella se lanzó al agua a probablemente ejercer de heroína tras su posible homicidio, pero me encontró vivo y me subió tal ahogado en apuros. Me preguntó si estaba bien mientras me llevaba al borde y a la parte donde podíamos colocar bien los pies. Ella era un poco más baja que los ciento setenta y cinco centímetros que medía yo, por eso tardó más de lo que yo podía soportar.
—¿Por qué has hecho eso? ¿Estás loca? —le pregunté mientras me soltaba de ella.
—¡Pero si tu te has caído solo!
—¡¿Qué?! ¿Estás bromeando? ¡Tú me has empujado! —le grité mientras impulsivamente la salpicaba con agua.
Más vale que no.
Se abalanzó sobre mí y sus prendas se soltaron por lo salvaje de la pelea. Recordé a la Marisela Barquero de aquella novela mientras recordaba, y caí en cuenta de lo que estaba pasando. Era ella encima de mí desprendiéndose de todo mientras me desprendía a mi de todo. Mis prendas estaban en los aíres y en el suelo. Solo recordaba que recordaba. Sus labios en mi cuerpo eran tan tibios como aquellas aguas oscuras y sus manos eran las pequeñas olas que se creaban por la brisa nocturna de aquel salvaje recuerdo. Por un momento tragué agua, pero en realidad fue cuando ella y su lengua hacían de mi boca su hogar, luego salí y respiré tan profundo que no noté que en realidad era su lengua rozando mis testículos que me habían hecho alucinar por dos coma cinco microsegundos, tanto que sentí ahogar y vivir, pero en realidad recordaba.
Recordé que recordaba la piscina cuando toqué el agua bajo el no descapotable, recordé que recordaba aquella inolvidable escena de sexo brutal y descabellado
bajo las aguas claroscuras de esa piscina llena de salvajismo, de poca niñez. Sentí en aquella habitación que su cuerpo era mi cámara de alta velocidad, la que hacía ver todo lentamente, mientras embestía con cierta
furia maldita su preciosa vagina. La noche nos llenaba de frío y miedo más allá
de las réplicas, pero aquella tibieza de la cama era tan excitante hasta un
punto exorbitante, era éxtasis dentro del éxtasis, hasta clímax dentro de varios clímax, y climas, y aguas; donde
dentro de mi recuerdo el agua era tibia, pero su lengua luego de sentir mi sexo era aún más tibia que los espermatozoides en mi ser.
No me di cuenta de que se había producido un ruido horrible fuera de aquellas cuatro paredes porque ella estaba distraída en su danza sobre mis piernas y yo ahogado en mi propio éxtasis tras tanto movimiento y excitación; vino blanco para la última cena.
Ella estaba disfrutando tanto que quería morir, pero yo había entrado en un modo que parecía ser lógico, pero era más instintivo animal que nada, pues quería sobrevivir solamente para volverme a coger a esa niña de mis ojos unas doscientas mil veces más. Me incorporé y la tiré en la cama con sensualidad salvaje, de esa que a ella siempre la hace sonreír como una completa prostituta malvada. Mientras buscaba en la sala una salida, la parte del baño se había ido al infierno por causa del edificio contiguo: se había derribado sobre el nuestro. Ella volvió a la sala tras de mí con su cuerpo tibio y sudado, una cara sometida a apariencia drogadicta y unos brazos que querían abrazarme hasta morir.
—Tenemos que salir de aquí; seguro tu edificio no era resistente a que otros se le vinieran encima...
—Yo tampoco me resisto a que tú te me vengas dentro o encima —dijo con una maldita voz lujuriosa que me estremeció hasta el punto de querer morir ahí, pero usé la lógica para apoyar mi instinto sexual, irónico.
La tomé de la mano una vez más y en vez de bajar subimos unos cuantos pisos, completamente desnudos, mi delirio de película seguía mientras algo me decía que podíamos saltar de este edificio a otro sitio, y luego bajar desde allí, porque según mis cálculos la parte inferior estaba probablemente incendiada y destruida; y el fuego va del infierno al cielo, no de la planta baja al sótano.
Subimos hasta llegar a un piso franco que tenía varias habitaciones abiertas y una de ellas con un balcón bastante prominente. Me asomé sin dudar y la dejé a ella en la sala de la habitación. En la lejanía pude ver el aeropuerto destruido por una enorme torre que colapsó, y en la cercanía las ganas de llorar me hicieron sentir el quinto miedo, no poder sobrevivir junto a ella. Recordé que la noche anterior estaba en ese aeropuerto pensando en ella mientras el avión aterrizaba, en todo lo que habíamos vivido un año atrás, aquella noche en un balcón como ese mismo, estaban los cigarrillos encendidos y la botella de vino tinto abierta cuando le dije que me tenía que marchar por un tiempo indefinido, que ya era hora de limpiar mi nombre. Después de eso solo recuerdo aquella pregunta como un puñal que me atormentó durante tantos días: ¿volverás? No lo sabía y con mi mirada se lo hice saber. Sentí su odio almacenado en todo su cuerpo mientras cogíamos esa noche por posible última vez, era su cuerpo diciéndome que no mientras su cuerpo me decía que sí, era su corazón diciéndome que sí mientras su corazón me decía que no, no fue amor, ella me hizo el odio y yo ni siquiera intenté hacerle el amor.
Por eso tenía que regresar, y así lo hice.
Volteé mirando hacia la sala desde el balcón y mis ojos le querían decir que no sabía que hacer, pero ella ni se inmutó y su sonrisa me cautivó de tal manera que dejé de sentir miedos, sus tetas eran mi par de deidades superiores, y su hermosa pelvis era mi infierno, sus caderas eran mis pecados y su rostro era mi más pura y limpia agua bendita.
Estábamos en el H13, octavo piso; yo entré de nuevo, la miré, ella me tomó y me lanzó a la cama. Yo calculaba, no me quería rendir, ella se posaba encima de mí. Recordé ver una salida de emergencia en el cuarto piso, pero allí ella posó su mano en mi abdomen y el cuarto piso se cayó. Fue rápido, bajo sus uñas hasta ponerme tan duro y tan frágil a la vez, como aquel puente, como aquella vez que era ese mismo día. El quinto piso estaba destruido ya, era cuestión de que se terminara de derrumbar, ella posó sus senos en mi pecho y luego en mi cara, pude saborear sus areolas como máquina de probar, esas que inventé justo antes de imaginar otra ficticia salida de emergencia en el quinto piso, ya era tarde, su vagina había tocado mi pene y la humedad derrumbó el quinto, se escuchó horrible, pero se sintió delicioso y espectacular. Ella quería derrotarme, quería hacerme sacar lo blanco de mi bandera para verme rendir, quería verme totalmente rendido. Mi Lucha no era como la de Adolf, era más sencilla, pero la sentía difícil porque era difícil.
Sofocado entre sus senos no podía imaginar el sexto piso, sentía que el tiempo se acababa, sentía que ya acababa, todo. Hasta que una ventana abierta desde donde podíamos saltar apareció, era el sexto, era la oportunidad, la fui a tomar de la mano pero sin querer tomé sus senos, los apretaba y jugaba con ellos, sentía que quería hacer eso toda la vida, hasta que ella se ensartó tal carne en tenedor, estaba dentro de ella y el estruendo del sexto fue químicamente brutal, el calor se sentía hasta donde estábamos.
Estábamos sudando por el incendio, atrapados uno junto al otro, no, no estábamos cogiendo, no podíamos hacer nada, era inevitable, no era nuestra culpa, ni siquiera nos queríamos, ni siquiera sentíamos deseo sexual el uno por el otro; todo eso hasta que me tomó por el cuello. Allí dejé de mentirme con tantas estupideces y entré en razón, en razón sexual porque ya me había convertido en un completo animal, en su animal.
El séptimo era borroso, estaba envuelto en llamas, no era el fuego de planta sino uno individual producido por alguna hornilla o tubería de gas, le dije a ella que la arreglara, porque ella sabía de esas cosas, entró en la cocina y se acercó, se agachó e intentó reparar el daño, gateó hasta debajo de una de las esquinas y encontró la falla, mientras tanto yo ya había encontrado una posible salida una vez ella reparara la tubería de gas. Extendió su mano hacia atrás mientras pedía la llave inglesa para apretar la tubería. Juro, maldita sea, que no sé que pasó, pero ella estaba de repente tomando mi miembro y lo guiaba hacia su hermoso culo, entraba mi delirio de película que parecía pornográfica en ese momento, me quedé boquiabierto al divisar que no era el G donde estábamos sino el H, que en el octavo no había más fuego que el que yo sentía mientras penetraba con clásica lentitud su hermoso trasero, que el servicio a la habitación no había traído el vino blanco porque habíamos cambiado de dirección, de posición, que ahora por otro método se iba a acabar esta inefable pasión. Llegué hasta lo más profundo de su ser e inmediatamente cayó el séptimo.
Y sentí el sexto miedo.
La noción del tiempo no existía, tampoco la del espacio, no sabía quién era o dónde estaba. Cerré los ojos fuertemente y pensé. Decidí dejar de estar ahí y me fui de la habitación, ya se había caído el séptimo piso y era cuestión de tiempo para que cayera el octavo. Esas cosas suelen suceder rápido y más bien yo sentía que pasaba una eternidad mientras el edificio se derrumbaba, todo era extraño. El fuego azul se apoderaba del pasillo, la había dejado atrás en la habitación, no podía sobrevivir mientras siguiera con ella. Subí al noveno, al I, llegué y todo era blanco e impecable, tal piso de Freeman en Bruce Almighty, pensé en subir al décimo de una vez pero vi un baño en la esquina del mismo noveno, sin paredes, sin lavamanos, solo el urinario. Me quedé observándolo un rato y como por arte magia sentí ganas de orinar y me acerqué, saqué mi pene y empezó la micción. Noté que había empezado pero no salía nada, todo era blanco, todo era... blanco. Abrí los ojos y allí estaba su maldito trasero, allí estaba en el octavo, allí estaba acabando en sus nalgas y su espalda, allí estaba ella dándose la hermosa vuelta que todo hombre ama para posar su boca y lengua, tomar como vino sagrado mi pócima biológica y comer como hostia mi carne. Tragó y comió hasta sentirse totalmente saciada, yo era el poeta que le llenaba la boca con poesía y ella era la puta que me complacía tal y como yo quería.
Faltaban dos cosas: la noche, que llegó en cuanto las brasas empezaban a consumir el octavo; y los que morían por amor. Ella tomó mi mano por primera vez en toda la película y me levantó de mi éxtasis cual Jesús y Lázaro, apenas moví las piernas por debilidad después de haber sacado mi bandera blanca, ya yo me quería rendir, sumirme en sueño tras tanto sexo mundano, no podía más. Ella me dio un beso que sentí era el más puro de mi vida y todos mis pecados se fueron, tenía mis dos dioses superiores en frente sonriéndome y me sentí absuelto.
Me haló hacia al vacío.
Ambos caíamos juntos, en la noche, un poeta, una puta, ambos muriéndonos, amándonos, siempre bajo la sombra irrefrenable del amor, matándonos en una historia que no permite ningún tipo de iteración.
Semáforos
—Venga, lo has hecho de nuevo.
—¿Acaso no puedo?
—Sí pero es raro, ¿por qué lo hiciste?
—Te vi mirando a esa chica.
—¿Y qué tiene?
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—No, no lo sé, joder.
—¿No puedo mirar a nadie?
—Sí puedes mirar a nadie; pero nadie soy yo.
—No estoy de acuerdo.
—Yo tampoco.
—¿Y ahora por qué me has soltado?
—No lo sé.
—¿Fue por esa chica que pasó?
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—No...
—Interesante.
—Quizá sería mejor que nos cortáramos las manos.
—Te puedo es sacar los ojos.
—La conejita hablando de un par de dientes.
—Pero si era una chica.
—Exacto, recapacité y por eso te solté la mano.
—Y yo nací ayer.
—...
—No te rías, maldito.
—...
—Te odio.
—Lo mismo digo cuando dudo.
—¿Dudas de mi amor?
—Dudo de si es tan bonito como tu odio.
—Uy, dame la mano y ya.
—Dura como gelatina.
—Un perverso hablando de...
—No.
—Calla y camina, que viene otro semáforo y aún no los entiendo.
La continuidad del infierno
Pasó por la librería y vio una linda portada, se admiró por el color anaranjado y los ángeles desatados, sin duda y en honor al culto del consumo, compró, pero quizá erró. Aquel día corría el agua mientras observaba la lluvia sobre aquella alcantarilla, el manantial de colores era al menos nulo mientras las gotas sucias manchaban las hojas de papel de aquella mesa de escritorio. El señor había dejado la ventana abierta y aquella brisa bestial se apoderó de la tormenta, o quizá al revés y nadie se dio cuenta. Llegó a casa con las ropas empapadas y no supo que más hacer, se quedó paralizado tal parapléjico sin poder, viendo la mesa de la casa volteada patas arriba como si de brujería se tratara, luego de observar las sillas también volteadas. Se movió un poco hacía adelante y las luces se apagaron, sonaron tres campanas y la canción se repetía, una radio sonaba suavemente en alguna llana lejanía. Luego cerró el libro y se dispuso a comer, hasta que amaneció al día siguiente después de un largo dormir. Era día libre así que quizá tendría más tiempo de leer aquella historia, pero decidió no hacerlo por miedo a las fallas de su memoria. Entonces la tormenta no cesaba; la casa quedaba solitaria a más de quince cuadras de la otra más cercana, vaya tortura de terror que le esperaba. Seguía sonando la maldita canción en la misma estación, era todo trágicamente de terror; pero mágicamente todo se calmó y los truenos eran silenciosos, la magia del tísico aparecía tras el frío porque se ausentaron desde noviembre las pieles de osos, por ello las chimeneas aguardaban el calor en su interior para sofocar cielos enclaustrados, y calentar humanos helados. Al día siguiente no fue a trabajar por leer hasta tarde, sintió tanto frío al despertar que no se pudo levantar. Tomó tres sorbos de café y no pudo dubitar, allí en su mesita la historia había de no mucho esperar. Inherentemente el día se heló y nadie se pudo calentar, fallaron todas las fogatas y se apagaron los calderos, el vapor se enfermó y se lanzó por el fregadero, las pieles de león se comieron las pieles de cebras, y qué decir de las gacelas que se hicieron invisibles al adentrarse en la selva. El cielo blanco se tornó anaranjado cual apocalipsis esperado, los carros levitaban y las campanas no sonaban, silencio reinante en la ciudad más inquietante. El sol estaba brillante en pleno mediodía y los perros ladraban en sinfonía, salió a correr un poco para olvidar aquella entelequia, para sacar de su memoria aquella novela sepia. Regresó agotado y miraba el cielo sofocado, se bañó y volvió a los lentes y a su cama, aquella segunda parte aguardaba. Los ángeles bajaron como si de California se tratara y las memorias se afianzaron como si en pecados estuvieran estructuradas, la lluvia se hizo más fuerte y destruyó diez mil casas, ¡ay de aquellas malditas tantas hipotecadas! Un ángel subió a la montaña más alta... Salió al bar más cercano de su querida ciudad y levitó por horas con sus amigos tras el billar, el vino, las cartas, el terror de olvidar la vida incauta, el pecado, la amante, aquel sexo tan maravilloso y radiante. La vida vueltas y la camisa suelta, su cabello liso y libido erecta, la depresión en el techo tras el piso del piso de arriba, gotas de gotera, realidad, ¿acaso quimera? Quería leer una vez más pero ya no sabía que esperar. La vida peor, quizá más alcohol. Bajó a la estación de tren y se sentó en el andén, le faltaba por leer el epílogo, así que esperó, lo abrió... y saltó.
In honorim, Cortazar.
Tez
Me permito hoy tres,
faltar tu respeto al derecho y al revés;
despojar alma sin sien y sien sin doblez.
Susúrrame en fa bemol para elevarte al sol,
enclaves de pasión, sin rumor, con calor.
Respírame en un cuello de tus trazos,
píntame sin trapos en tus brazos; hazme pedazos.
Implícate, aráñame el deseo,
esquívame una y otra vez cerca del Egeo.
Incompleto, falto de un clásico sinsabor viene en grandes rasgos,
el ser despojado de sentidos, lleno de locuras, color cielo, estrellas y camellos;
constelaciones atraidas por pirámides de sellos:
yo enredado en tus cabellos no cortos no largos,
aquellos cuan brillantes bellos.
Besóme la mejilla con gracia y se fue, como picaflor sin tez.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)