A veces pienso que yo me voy a quedar solo, hasta que te veo a ti, hasta que noto como estás lleno de una soberbia disfrazada de dignidad, hasta que noto como malgastas tu tiempo en épocas de austeridad, hasta que la vida se ríe de mi al hacerme parecer un tonto gracias a tus acciones, esas con múltiples pinceladas de saña y maldad. A veces no sé que esperar de ti, si lo mejor o lo peor, si lo que tienes o lo que no tienes, si el cambio o la monotonía. Hace tiempo me di cuenta de lo tanto que podías dar, pero esos recuerdos quedaron en la más inmensa lejanía, ahora solo eres un poco de aquello que tanto me gustaba observar, una felicidad y una sonrisa, una que ahora está perdida, en la misma lejanía. Sé que tus intenciones son las mejores pero tus acciones en muchas ocasiones son las peores, cómo se te va a ocurrir esto, y aquello, cómo es que no puedes valorar lo que tienes sin buscar tanto que todo sea perfecto. No tengo moral, y no solo porque tengo tu mismo nombre, tu mismo apellido, tu mismo rostro cuando eras joven, no solo porque también voy en un rumbo desvalido, no la tengo porque soy igual a ti, igual que tú, los mismos gestos, las mismas expresiones, una gran mayoria de similitud, y no solo en alguna que otra virtud, sino también en cualquiera de tus peores defectos. Entonces quién soy para criticar. Soy tu hijo, y si llevamos esto a un tribunal, el hijo siempre lleva las de ganar. Aprendí de ti, todo lo que soy es gracias a tí, y a mi mamá, y mi ausencia de moral se ve desvanecida por tu ausencia de moral, yo tengo ronda al once, tu tienes ronda al doce. Nunca jugamos a las cartas, alguna que otra vez al dominó, hace tiempo una vez al ajedrez, y no hace falta recordar que en tu sangre corría alcohol, porque al parecer solo cuando está esa cosa en tu cuerpo te vuelves alegre y optimista, solo cuando bebes eres tú en tu mejor momento, tú vacilandote la pista. No debiste enseñarme a ser como tú, debiste enseñarme a ser mejor que tú, pero tu orgullo subconsciente no puede permitir eso, nadie puede ser mejor que tú, y como tú eres mejor que yo, no aprendí eso de ti, porque sé que tu eres mejor que yo, ¿lo entiendes? Sabías y sabes desde hace años que tienes un hijo brillante, un par de hijos brillantes, pero especificando en tu primogénito, lo sabias bien, y muchas veces te abstenias a hablarle, a preguntarle, quizá por temor a ser igualado o sobrepasado por tu alumno, maestro. No podías permitir que tu hijo resolviera el problema con la consola de comandos, preferias formatear y restaurar desde un punto de recuperación, me dejabas guindando, sin ánimos a buscar una reconciliación. Poco a poco fuiste creando una aversión desde mí hacía tu parte, te criticaba todo, me encargaba de encontrarte hasta el más mínimo defecto, no podías ser perfecto, y los encontré, mil doscientos cuarenta millones quinientos setenta mil trescientos veintidos de ellos, todos y cada uno detallados y resueltos, no mentiré, no me planteé ser mejor que tú, me planteé no ser como tú, pero ya era tarde, buscar en ti errores con esmerada observación ya era parte de tu legado, mostrar odio a quién amas ya era parte de tu legado, creerme perfecto y superior a los demás porque era un poco mejor que ellos ya era parte de tu inmenso legado, uno que ya corre aquí en mis venas día tras día y hora tras hora. Negarlo todo y siempre justificarlo todo es tu más grande legado, uno contra el que lucho constantemente día a día. Está bien, si a mí me escribieran algo así también lo negara todo y justificara punto por punto, coma por coma, expresión por expresión. Soy un hipócrita y mosquita muerta cuando tengo que serlo, y eso también lo aprendí de ti, porque nadie era mejor que tú para justificar detrás de buenas intenciones tus malas acciones, eras bueno usando la retórica para convencer, pero no tanto, y cuando te veias acorralado, salía la tiranía y el uso indebido de tu jerarquía para demostrar que aquí se hacia lo que tu decías, y yo perdía todas mis oportunidades. Aunque debo admitir con cierta alegría que ahora tus oidos están más abiertos hacia tus crías, quizá lamento que sea tan tarde y que aún quede en el fondo de tu ser, trazas de aquel ser humano que no lo hizo todo bien. Aún así, no tendría sentido decir todo esto si no admito que todos cometemos errores, y estaría pecando de ti si no perdono los tuyos y te acepto como eres. Hoy en día siento de tu parte cierto desdén, y mañana en día no te puedo asegurar que me puedas ver, quizá me marche lejos, o quizá se me arrugue el corazón y te venga a visitar una que otra vez, y aunque lo que menos parezca esto es un agradecimiento, en realidad no es nada más que eso, muchas gracias por hacerme ser quien soy, porque después de todo me siento orgulloso de quién soy, quizá gracias a ese egocentricismo que aprendí de ti, quizá también gracias a ese orgullo que rescaté de ti, pero si te fijas, todo es gracias a ti, y no me quejo, porque es de débiles desear máquinas del tiempo, ¿y quién más fuerte que tú? Si soy fuerte es gracias a ti, nunca te he visto decaer tanto como para decir que eres débil, nunca te he visto siquiera decaer más que un par de veces, solo dos miseras e ínfimas veces, ¿qué clase de pacto diabólico hiciste? Puedo contar con mi índice, mi anular y mi pulgar las veces que te he visto llorar, y con los dedos de mis manos las veces que te he visto la garganta anudar. Admiro eso, pero no quiero eso para mí, si te soy sincero tú me das ganas de ser humano, y de no ser perfecto, y aunque no eres perfecto, para nada, debo decir aunque hiera mi orgullo que te acercas bastante a ello, solo que con el tiempo tus defectos tapan eso, y tu mismo ocultas tu luz. Tu eres soberbio pero a la vez humilde, y yo lucho cada día más y más para ser cada vez más y más humilde, aunque me guste ser soberbio, siento que no debo serlo porque la vida da muchisimas vueltas. Puedo contar y no llego a cien, de las veces que me has abrazado, puedo contar y no llego a veinte las veces que he sentido que te sientes orgulloso de mi, no puedo contar las veces que me has dicho que te sientes orgulloso de mi, porque no se puede contar lo que nunca ha pasado. Puedo contar con los dedos de un píe las veces que me has felicitado por algo que no sea mi cumpleaños, y puedo contar, y no llego a veinte, las veces que hemos tenido una conversación como un par de amigos de muchos años. Pero tampoco puedo contar las veces que le has faltado el respeto a mi madre, ni las que has faltado a la casa, tampoco puedo contar las veces que me ha faltado comida, ropa, calzado, no puedo contar las veces que he tenido que pasar trabajo, no puedo contarlas porque nunca han pasado. Aún así a veces preferiría tener más te quieros que regalos de cumpleaños, más abrazos que años bien alimentado, más sonrisas y días alegres que días tristes, incómodos y atemorizado, a veces preferiría haberme sentido más comprendido que juzgado, y a veces, solo a veces, preferiría tenerte ebrio hablándome que sobrio ignorándome. Pero no puedo cambiar el pasado, y la mayoría del tiempo tampoco quiero, repito, es de débiles desear máquinas del tiempo, por lo que acepto todo lo que soy y todo lo que eres, todo lo que tuve y lo que tengo, y no porque tenga más remedio, sino porque sé que cada quien tiene una historia construida y que fue forjada por cada una de las acciones de uno mismo, y aunque la crianza es el hecho que más se aleja de esa realidad, aún sigue siendo parte de ella, porque aún cuando apenas nacemos tenemos libre albedrío, de llorar, de abrir o cerrar los ojos, de balbucear, de mover las piernitas o los bracitos, y eso al fin y al cabo es una acción, y como bien dice aquella ley, cada acción tiene una reacción igual y contraria, y nadie escapa de esa ley tan natural como la naturaleza misma. Con mucho por decir pero sin más que decir por ahora, se despide tu hijo, y aunque quizá nunca te enteres de que escribí esto aquí para tí, aquí está mucho de lo que tengo por decir, papá.
Gracias totales, diría el difunto de música ligera.