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Desapareció (II)





—Acompáñame.
—Me siento mal, no quiero.
—¿Y si te doy un beso?
—Es en serio.
—Bueno, quédate aquí.
—Vale...
—Ya vengo, ¿estarás bien?
—No lo sé.
—Bueno, igual es rápido.
—Ok.




—Dígame la hora hija mía.
—Ocho y cuarenta y cinco.
—¿Tiene usted problemas?
—Ninguno, ¿por qué?
—Hija, tengo años sabiendo sobre cosas que solo mis ojos ven y que las mentes ajenas no saben.
—Me temo que no entiendo, señor.
—¿No cree que es un lindo día para morir?
—No...
—Érase una vez un niño al que le regalaron una caja con todos los secretos del mundo, pero nunca le dijeron que tenía todos los secretos del mundo, aunque él lo suponía, no lo sabía en realidad. Un día dejó la cajita sola, en su cuarto, por dos horas. Luego la cajita no estaba.
—¿Qué le pasó a la cajita?
—Nunca se supo, se dice que alguien en el mundo tuvo una hora con cincuenta y nueve minutos, cincuenta y nueve segundos, y novecientas noventa y nueve milésimas de tiempo libre, y eso fue suficiente para que la cajita le perteneciera.
—Creo que no entiendo.
—Eso es porque aún no has ido a buscar tu cajita.
—¿Cuál cajita?
—¿Tan rápido la has olvidado?
—No entiendo, me voy.
—Al menos tenla en tus recuerdos, hija mía.




—Hola, ya estoy en casa.
—...
—Hola, amor, ¿dónde estás?
—...
—¿Amor?
—...