Quizá puse los pies en el suelo, quizá ya caí.
He entendido que las respuestas las tengo yo mismo, solo que me había perdido un poco en el camino. Quiero hablar primero de la ausencia de una inspiración, de la ausencia de creación, de que todo se ha ido de repente y me he quedado vacío, ausente, insatisfecho, como una mujer que no fue complacida por el ingenuo marido, como un pequeño pajarito sin alimento en el nido. ¿A dónde se fue? No lo sé, le hacía esa pregunta a alguien más hace unos días, y ahora yo mismo me la hago a mí, y sin retóricas ni fantasías, no sé la respuesta, no tengo ni idea. He pérdido el interés y no sé como recuperarlo, aunque quiera, no me sé su número para llamarlo, interrogarlo, preguntarle, constantemente, por qué se ha ido, por qué me ha dejado, con bríos y sin cuidado, decaido, desolado. Porque, ¿cómo dejar de lado la soledad si no tengo interés en buscar a alguien más? Me he cansado ya hace tiempo de amar a una soledad, y aunque me sepa condenado a morir solo, quiero vivir acompañado de alguien que me tenga cuidado, estabilizado y controlado, digo esto porque más de una vez gracias a mi inestabilidad he estallado.
Es entonces cuando encuentro la respuesta, pero prefiero callarla porque hay monjas en el prostibulo, y aunque lluevan senos y traseros, hay que cuidar de que no vean lo más prohibido. No se muere con la mentira o se muere con la verdad, no, se muere con la mentira o se muere con la mentira a medias, pero de consciencias sucias y traicioneras nunca puede salir la verdad, está prohibido, terminantemente prohibido.
No hace falta que diga que lo descubrí, porque lo sé desde hace mucho: pido lo que no tengo, pido lo que no ofrezco, pido lo que no doy. Inmoral y sinvergüenza, por exigir que el amor nunca se vaya, por exigir que ni iuí, que ni iuá, por pretender diptongos y triptongos cuando ofrezco hiatos, y tiempos para pensar en si parar o continuar. Ingenuo al creer que sería fácil llegar a tender al infinito, estúpido al creer que lo encontraría pronto, tonto al creer que una vez conseguido sería sencillo mantenerlo. He pecado de humano.
Me ha dejado de gustar la mandarina y el frío, me ha dejado de atraer el café y el libre albedrío, he perdido el rumbo a lo desconocido, y he caído en un sin fin de sistemas conocidos, he pisado las teclas de la monotonía cuando se pedía silencio, y el portavoz ha dicho mi nombre exigiendo que salga del templo, he pecado y fallado, rompí las promesas que nunca me hice por miedo a romperlas, cerré los ojos por un minuto y me perdí la lluvia de perlas, no pude verlas, ni mucho menos tenerlas.
Pero no estoy jodido, no, esto es común, tanto como fugaz, esto es cuestión de segundos, solo se trata de ser listo y audaz, para ser más sincero, se trata de esperar, de tener paciencia primero, de los días no contar, de llenarse de esmero, y lo más ínfimo rescatar, salvar, y encaminar.
Aún así, la conclusión es que me he perdido en el espacio tiempo, y no sé que pueda pasar.
Esta es mi más pura verdad.
Y me avergüenza el hecho de invertir lo invertible,
de crear con dos mentiras una verdad,
de empujar a los que me empujan solo para que me empujen,
de morder la mano más suave:
aquella que me da de comer.
Y me avergüenza pero no me avergüenza,
porque con la cara bien lavada niego todo,
como el propio carajito,
y acuso de metáfora aquello que tiene toda la pinta de verdad,
y que es verdad,
por eso espero mi sentencia,
con café y galletas, analizándolo todo,
buscando mi más cercano infinito.