—No sé, sabes que suelo ser impulsivo.
—No, falso, no sueles ser impulsivo.
—En ocasiones lo soy.
—Especiales son esas.
—Si, tal vez.
—Entonces ¿qué hizo de esta especial?
—Quizá fue el clima.
—Hazme comprender.
—Bueno, tal vez esta lluvia y este frío, las nubes y la brisa la hicieron así.
—¿Y mas nada?
—Bueno, eso y que estamos un tanto solos y allá adelante tenemos que cruzar la calle y así.
—¿Eso es todo?
—No lo sé ¿por qué te complicas tanto?
—No lo hago, solo quiero saber.
—¿Tienes acaso que saberlo todo?
—Me gustaría, siempre quiero saber más.
—Eso es relativamente bueno.
—¿Relativamente?
—Si, pues pienso que en los sentimientos no es tan bueno saberlo todo, o al menos, creo que no es bueno preguntar acerca de todo, porque no todo tiene un porqué.
—¿Sentimientos? ¿A qué viene eso?
—Suponlo.
—No quiero, dime.
—No te quiero decir, pero si quiero que lo sepas.
—No entiendo, se directo.
—No entiendes, o finges no entender.
—Dime.
—No quiero.
—Eres un... tonto.
—Ni tanto, seguimos sujetados ¿por qué no me has soltado?
—No lo sé, no todo tiene un porqué ¿no es así?
—Asi es.
—Y entonces, pues...
—Entonces nada, vamos a por un helado.
—Vale, pero no sueltes mi mano, no entiendo los semáforos.