Dr. Fausto, yo,
sí, experimenté.
Y no me canso, pero me cansó.
Y fui allá, a destripar, a clavar una flecha tal cupido
a causar amor pero luego dolor
al sacar la flecha y no cerrar la herida tal doctor,
Fausto, nunca responsable ni sumido.
Pero vuelven aquí, para colmo,
“otra operación por favor,
me encanta sufrir por amor, doctor”,
y entonces me pregunto si es que tienen algo parecido al síndrome de Estocolmo.