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Támesis






Nacerá en algún momento devoción hacía tan despreciado altar de servidumbre, por motivos sentidos de comparación y oposición, por nada más que eso y el apetito humano insaciable de despreciativismo que aparenta ser suculento ante los ojos de un demonio o alguna otra antadeidad suprema y negativa. O contrariamente positiva. Quizá también pasa lo mismo al otro lado del polo este, o polo oeste, quién sabe, quién sabe de mundos multipolares si es cosa de ellos, diría un muy difamado —aquí—, Silvio Rodríguez. Pero es que como no difamar tan a gusto si para disgusto de ciertos dioses esto no trata de guerra o amor, ni de sermones ni de pecados, ni de nada de esas parafernalias multiplicadas al combinado. Irónicamente si quizá hace falta un poco de aquello y de estro, de inspiración. Nunca dudes una palabra si no estás seguro de que no existe, porque en aguas de castillos ingleses existen miles de coronas desperdiciadas, que suelen ser confundidas con metales tan proporcionalmente despreciados inversamente, que las imaginaciones de todos los niños de Florida podrían llegar a cubrir esa cuota, tanto lo fue, tanto será. Propósitos de guerra al menor exponente también existen y es lógico esperar que se hable con un poco de sarcasmo cuando se negó en repetidas y anteriores ocasiones que los olmos no daban peras pero ahora cae una, y no precisamente en la cabeza de Isaac, y repito algo implícito: no precisamente una fruta olmácea.

La ciencia de la vida es el libre albedrío, la libertad, y todos están destinados a conceder una y a negar al menos dos a lo largo de su controlada vida, pues de guerras y amores surgen los versos de los presidentes muertos, y de las guerras que subyacen en la historia, las más recientes en el fondo del libro y las más antiguas al apenas desempolvar. Cada día se aprende algo, pero aunque parezca poco convincente, pocas veces se descubre realmente algo. Descubrir va más allá de dejar de cubrir, va más allá de la simplicidad intrascendente de dicha palabra semiparasintética, va apegado al término de una desbocación por lo absurdo y a la génesis de una convergencia de pensamientos y objetivos meramente individuales, que pueden tener consecuencias individuales, o también colectivas dentro del marco antropológico del sentido común y de comunidad; nótese el pleonasmo. Es un arte que se expresa —realmente— pocas veces en la vida, y que hace disfrutar de épocas de visualización mágica, más mágica al principio donde hablamos de minutos que al final donde se habla de años y quizá se puedan articular palabras retrospectivas de perjurio, porque es que desde cuándo el ser propiamente terrestre sabe lo que quiere, y el fracaso es esa arma que debería ser estudiada, acerca de como ser usada, en el pénsum de estudios de los más vírgenes oculistas, porque lleva siglos abriendo los ojos de las personas, y podría servir de consuelo para las técnicas más riesgosas que se hacen sin el protóxido de nitrógeno entre las vías respiratorias. A ojo abierto, suena retóricamente singular la expresión, pero no cabe. Pero sí cabe, afortunadamente, el ámbito de la integralidad en este mundo; se puede ser lo que se quiera ser mientras nadie te demuestre —incluído el ego (sicológicamente)—, lo contrario. Y no me juzgues, tú, de aparentemente ávidos ojos pero ígnara base datal, por usar palabras en desuso, pero es que si el amor de antaño ha caído en desuso no significa que dejaré de usarlo. Descubrí una apertura, y la voy a singularizar, a tal punto de volverla un objetivo trascendental, pues sueño y anhelo, soberbiamente, vanagloriarme, de ser eso, y aquello, ambas, a la vez, y empezar a, no mandar a callar, como cierto rey, que abdicó, si no, a callar, en sí.

Y a manera de posdata os dateo el hecho de que las comas saben mejor con azúcar y algún dip agridulce de aguas mediterraneas, si no os gustan, tragáoslas, o cómalas, como prefiera. Este ser, no vidumbre, ha sido y seguirá siendo el mismo en esencia, pero es que como se puede esperar que no se mantenga la esencia en un ser que emana una inmensa trascendencia; y, eso, a manera de pregunta retórica.