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Escila y Caribdis









Las normalidades fundamentalmente básicas y
tus basicalidades normalmente fundamentales,
aunadas
a las fundamentalidades básicamente normales
de tu día a dia
de la rutina de tus días
de tus segundos
tus horas sombrías
acaba lo excepcional.

No es como si el naranja asumiera el blanco
entre la ventandalidad de nuestra puerta.
No.
Es más un azul que asoma al beige una 
pincelada
de bruma y rencor, de suma y gran porción.

El cansansio es como un mal metastásico
y el tedio, el hastío, solo es. Es. Y eso es lo peor.
El dolor, entonces, ulteriormente inexorable,
y siempre inexplicable. Sin ser.
El padecimiento de la
inevitable pulsión para con el vivir.

Parece ser un periplo insondable
un estrecho eterno
que nunca abre.

Parezco estar (porque no tengo
tus ojos) en una asintótica
finitud llena de ilusión.

¿No te das cuenta todavía de la voluntad y representación?
Quizá me condena haber nacido el mismo dia que él murió.

Pobres sofistas que al enfrentarse a ti, (sin la cosa en sí,
noumenológica y fenomenológica) encuentran Parerga
y paralipómena. Libre de presión y coacción.
Hay frases emblemáticas.

Como cuando me dices «te amo».
Y no tienes sentido.

¿Acaso no sabes que hay una prerrogativa lineal en el caso de asignar significantes?
Lo simple de ti es tan simple que abruma y hace creer que lo complejo es mayor,
el asunto es que la asociación entre la existencia y la complejidad está completamente
ausente
dentro de los parámetros condicionantes que plantea, siempre sin consentimiento, tu ser.

Hay marañas irresolubles
y no son asunto de noúmenos
ni de epistemólogos como yo.
No hay philos por la sophía
cuando no hay sexo en la ecuación;

─creación─.










Escritos, vol. 5



Querida amada.

Nunca pensé que la complexión de tu inutilidad fuera tan exquisita. La savia que moldea esas pinceladas da cuenta de una imaginación extravagantemente incapaz. La capacidad de diseño psicológico es grandiosa, pero parece ser que una simple gota de agua desvanece todo el lienzo cuando alguien le mira. Eres un objeto tristemente inerte y una muñeca mal inflada. Me da lástima evanecer mientras te mueves, porque siento que son los momentos más valiosos de tu corta en novedad vida. Lo que menos añoro en la vida es la inocuidad, porque me hace sentir muerto. Muérdeme sin piedad y entenderé todo el sentido de esto. La sangre es vida y cuando te pincho desinflas. La similitud con un juguete es abrumadora: me acerco a ti y te quedas quieta, me alejo y te vuelves loca. Bailas, caminas, flirteas, exploras. Luego vuelvo y estás ahí, tirada en esa cama, con el comisario y el guardian espacial a tu lado. Eres incapaz de hablarme, de mirarme a los ojos. Siento necesidad de ser el chico de la calavera en el pecho para que me amenaces y tenerte miedo. Pero no te temo, ¿y de qué vale la vida sin miedo? Kierkegaard decía que una fe sin duda era una fe que no merecía la pena tenerse. No tengo fe en un par de anteojos porque sé que existen, los veo. ¿Pero creer en Dios sin haberlo visto? Vaya reto. Es de valientes, y no soy uno de ellos. Lo cierto es que mi fe es la valentia, y mi duda es el miedo: no hay una valentia que valga la pena tener sin miedo. ¿Qué tanta valentia se requiere para picar un pastel? No le tengo miedo. ¿Y para saltar hacia un tren? ¿Y para decirte que muero?

Te escribo porque espero, y espero mientras te escribo. A ti. Escribo tu ser y tu mirá, tu sonrisa y tu lágrima de ansiedad. ¿Qué te hace pensar que todos somos bellos? ¿Qué te hace pensar que todos somos suficientes? Si eres un cinco el tres te adora, pero ya el siete te deplora. La igualdad es utópica, la equidad sí es lógica. No pretendas que el feo sea bello excusándote en que la belleza es 'relativa'. Relativo quiere decir 'en relación a', y en relación a alguien útil, tú eres un desastre. Las comparaciones son tan necesarias como tu inutilidad, porque son la piedra angular de un progreso motivado. Nada que no sepas en el fondo, pero te encanta mentirte para tener ese anhelado bienestar bañado en la tristeza patética de tu mediocridad. 

Nunca sabes qué hacer, y aunque quieras hacer algo, le dejas de lado por la ausencia de valor, de motoridad, de motus proprio. Hay dos tipos de personas: tú, y yo. Y nosotros es inconcebible. Soy el que se deja caer a propósito, el que coloca piedras para buscar fallas, el que derrama el vaso para limpiar el piso, el que rompe para volver a construir, soy el desequilbrio expresado en una entropía que tiende a infinito, soy la termodinámica de tus patológicos poemas, y la mecánica de sus pobres rimas asonantes. Siempre sé qué hacer, aunque no tenga nada que hacer. Pero no se trata de mí, el problema, de fondo, de plano, es que yo soy basura. Imagina qué eres tú, entonces.

Lo peor del caso es que, espero, y escribo. Lo peor de escribir, es que estas letras no tienen destinatario, ni nombre, pues inexistes. Alguna pobre alma identificada será victima de mi lástima y compadecimiento (que no es lo mismo, cabe aclarar), pero la pobre alma verdaderamente intrínseca a cada tilde y cada coma, es una que yace como polvo en un viento compartido, en una serie de habitaciones compartidas entre sí, pero separadas por la coincidencia, que aunque no lo querramos creer, tanto como junta separa. El asunto es que le romantizamos. 

Epilogueo epilogando y, de una u otra manera, esperando.

Sin más.

La vida es sueño








Justo como un par de rayos de sol entraron ese par de pares de rayos de sol. Por un momento sentí que era tarde, lo suficientemente tarde, pero resultó no siendo ni un poco tarde. Levanté los párpados, hora exacta. En la radio Life on Mars?, y en mi corazón una lágrima de alegría, que fácilmente podía ser arritmia sin metonimia. La ducha frágil y ligera, el café fuerte y pesado; equilibrios. El desayuno parecía de reyes, dos días después de los tres. Cuarenta y cinco minutos y saliendo. Impecabilidades.

Los lentes reflejaban la alegría del sol, de la ciudadanía. Ciudadanía real, sin tener realezas. El vehículo parecía carruaje, y de repente las gotas de lluvia no me mojaban, y el cielo abierto, y a veces cerrado. En la radio del vehículo, Moonage Dream. De la Barca diría que la vida es sueño, ¿no? Llegué al recinto de tus ojos y tu sonrisa más bonita se fundía con la mía. El tercer café aguardaba en la lejanía del piso, y la primera carne en la cercanía del techo. Me senté como quien espera sentarse mal, y antes de que sucediese, trajiste la pastilla. Por un momento pensaste que me sentía mal, y fue el momento más lindo de toda la torre de ocho mil ciento cuarenta y siete techos. ¿Por qué no contar los techos en vez de los pisos? Al fin y al cabo no hay piso sin techo, y el último, nunca cuenta. Azotearidades. 

Estuve tendido en la cama y mientras reposaba la carne, mis zapatos cayeron. El suéter se fue por el bajante lateral que tienen todas las camas que están pegadas a la pared. Y la pared cerró los ojos cuando me preguntaste, casi como leyéndome la mente, ¿quieres tirar? Por un momento estuve triste, pero ese momento fue hasta que nos empezamos a besar. Abracé la alegría de tu amor, para que contagiara la tristeza de mi pecho, de mi alma, de mi ser. Estaba abatido por la idea del sueño, a pesar de que el vecino tenía Wham Bam Shang-A-Lang. ¿Cómo iba a ser posible? Lo raro es que era posible. De la nada tu boca en mi cerebro, empezando a succionar neuronas y a causar estragos en mi sistema nervioso. Nerviosidades.

La cocina llamaba, en clave morse, en braille, en señas. Hasta que lanzó una seña de humo congeniada. Mis risas parecían ficticias. La animalidad. Nietzsche tenía razón cuando dijo que inventamos al hombre. Y a Dios, diría Feuerbach, análogamente. De la nada la comida estuvo, entre tus manos y las mías. Una nalga, en una de esas chispas de aceite, se besó con una palma. Y los dientes con la atmósfera, y las comisuras despertaron y se estiraron, preguntaban qué hora era. Antes del último bocado, todo parecía teatral, Wallace Collection atacó con Daydream. Faltaba más. Faltaba menos, quizá; menos para el final. La hora era tardía. Tardíasidades. 

Lo suficientemente tarde. Iba tarde. Sin desayuno, sin café. Tres horas y media y saliendo. El sol y las ojeras luchaban. La sangre en la calzada al cruzar. El vehículo público, sin melodía. Sin pastilla, sin sonrisa, sin techos. El momento estuvo triste hasta el final, cuando se estaba quemando todo el apartamento, tropezamos con los muebles ardiendo y la atmósfera ahogaba. La ventana cerró sus ojos, la puerta se desmayó. La pared estaba sufriendo un colapso emocional. Jodidas eran las chispas de aceite. Bohemian Rhapsody, mentalmente, mientras saltaba por el balcón. Solo el solo de Brian May. No faltaba nada. Nada.