Me parecía entenderte entonces.
No encontraba la manera más sobria de besarte. Podía correr hacia ti y despegar el aire de tu cuerpo, formular el vacío en tus poros. Luego la ciencia destruía mis metáforas: los átomos no se juntan, no se fusionan, porque explotan, si no. Doble negacion. Solo podía funcionar con silogismos. La lógica preposicional no era ni siquiera la llave para entrar por tus ojos, era la resolución de todos los conflictos mundiales. Vale, hipérbole. ¿Qué esperas de un literato? ¿Números? Lo peor del caso es que también te tengo los números. Doscientas veces las que pensé en ti, trescientas las que te imaginé sin pensarte, cuatrocientas las veces en las que el cuadrado del doble de la derivada periódica de tus besos ausentaba su física en mis labios. ¿Cómo luchar con esto?
Nunca encontré nada mejor que un insulto. Un desvarío anacrónico de tus locaciones, de tus temporalidades. Eras imperfección, y no podía ser que me gustase nadar en tus aguas. ¿Sumergirme? Mucho menos. La mentira era obvia, pero no se notaba. Alguien por allí alguna vez dijo que todo lo que yo tenía eran trucos, y nada más cierto. El problema no es que sean trucos, el problema es que las personas lo sepan y aún así decidan creer que es magia. ¿Abnegación? Eso, eso. Siempre me han amado, pero siempre quiero más. Y ya me parece reconocer cada palabra en labios pasados, y cada caricia ya me la han dado, y cada fallo, cada traición, es en el mismo sitio donde una vez ya me hirieron.
Mi pecho y mi espalda están sucios, ya me dejo, se nota el dejo. La desidia de mis horrores, causados por otras desidias y anhedonias. Mis lóbulos heridos parecen descuidar los canales de entrada, y todo lo nuevo es identificado como el mismo viejo canoso que ya vivía acá desde 1983.