Entró por esa puerta como un demonio
sin suerte,
y mi cuerpo maldijo tanto que la maldad
le corroyó,
al rato no pude evitar lanzarme por las
escaleras.
Dos rescatistas intentaron salvarme de
mí mismo,
pero fueron solamente eso, lo que dije,
intentos;
allí estuve sonriéndole al abismo una y,
otra vez.
Esa voz.
Tomó mi poemario y lo lanzó a la basura.
Me sacó:
de la escalera,
una sonrisa,
a bailar,
y lo mejor de mí.