Los rostros me son borrosos al tiempo que las nubes me son esquivas, ¿pueden imaginar lo que es necesario para que almas tan grises te vean con desdén y miradas altivas? La devastación es total y la esperanza caduca, mis manos observan mis ojos mientras se acurrucan sobre sí mismas sin poder cerrarse, muestran su inutilidad en términos incorregibles. La frustración es el nuevo elemento que desata las lágrimas, que nominadas inocuas explican su invisibilidad, al servicio de un ser que ya no aguanta menos, porque se cansó de aguantar más. El estado es inexacto en el radar y se supone perdido entre ánimas frágiles que se lanzaron al nefasto abismo que hallaron en un pecho cercano. Quizá era un vacío ser humano bien iluminado en un día nublado. Nunca nada fue casualidad. De nuevo el cuello haciéndome presión en los nervios, para que su sostenida ejerza presión a la solícita sangre del noble corazón. De nada vale pues se llenó de temor; quién diría que así todo terminaría. Igualmente las piernas me siguen arrastrando aunque no quiera, y estos dedos me siguen guiando a escribir quimeras; entelequias ucrónicas de pasados perversos, que en algún momento fueron motivos para vivir. Quizá todo abrazo en cuanto sentir exista sea más necesario que la cobardía disfrazada de aguas carmesíes, pues bien sabido es que ante las transfusiones, las cisfusiones no sirven de nada. Me vestiré de verde moneda y caminaré sin rumbo mientras los secuestros funden mi genética con pisadas desconocidas y celebran mi presencia por motivos equivocados. También tengo la solución al dolor que toca las puertas de mis sótanos, y no es otra más que cerrar los ojos alados.
Coproducto.