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La tienda




Un día caminé hasta una tienda, ya sabes, de esas lujosas, con grandes furnituras y elementos rimbombantes, y empecé a recorrerla. No sé el motivo a ciencia cierta, pero lo cierto es que allí me hallé como perdido, hasta que te hallé. Sí. Encontré una pequeña cosita con una bandera de Suiza. Parecía tan hermosa de lejos que me acerqué casi corriendo. La observé primero, sin tocarla. La admiré desde la corta lejanía, y reflejé su luz tanto como pude en mis retinas. Luego, poco a poco, fui alzando la mano hasta ponerla a su nivel. Después la acerqué progresivamente, con un poco de un miedo inexplicable, pero con certeza de que valía la supuesta pena. En el momento en que la toqué, su metal frío me paralizó, pero me sentí vivo al mismo tiempo. La apreté como si se me fuera a caer y al poco tiempo me acostumbré a su temperatura, y ella se acostumbró a la mía. Sentí que era mía sin siquiera haberla comprado. La volteé y la miré por todos lados, la recorrí con mis ojos como si pronto me fuera a quedar ciego, y la memoricé incluso, tanto como pude. Al rato ya sentía que era mi tesoro. Sentía ganas de llevarla conmigo a todos lados. Lucirla, mostrarla, presumirla; pero lo más importante, sentirla mía siempre. No esperé más y me dirigí a la caja registradora. El precio era mi corazón, el cual, sin dudar, puse en la caja, con la mano derecha bañada en sangre y el pecho abierto. La cajera me miró con ojos de admiración y me preguntó si quería una bolsita. ¡Pero qué barbaridad! ¡¿Cómo la iba a meter en una bolsita?! Le dije que no, casi gritando, y la tomé fuerte con mi mano izquierda. Al salir de la tienda, de esas, ya sabes, lujosas, con grandes furnituras y elementos rimbombantes, me di cuenta de que sentía un dolor muy fuerte en la mano. La observé y estaba llena de sangre, pero no era la derecha, era la izquierda. Al abrirla, un frío estremecedor me recorrió todo el cuerpo. Sentí que me desmayaba y que iba a caer en el suelo con apenas consciencia. ¿Qué demonios había sucedido? Pues, después de que me recuperé un poco de aquella impresión, me di cuenta del desastre. Un botoncito pequeño que toqué sin querer, fue el causante de la desgracia. En realidad no entiendo cómo funciona, pero creo que es un defecto de fábrica. Resulta que al tocarlo, la cosita sacó de su ser una inmensa y aterradora cuchilla, afilada y brillante, pero sombría. Aún no puedo sacarme esa imagen de la cabeza, me sentí engañado y a la vez como un niño, sin saber qué hacer. Ya había pagado y no había reembolso. Mi mano seguía sangrando. Aparentemente la felicidad era mi anestesia, y cuando la perdí el pecho se me puso frío. Me sentí tieso, me sentí muerto. Quería sumergirme bajo tierra. Nadie parecía mirarme. Mi mano seguía sangrando. El pecho súbitamente empezó a sangrar también, o quizá ya venía sangrando y no lo notaba. ¿Lo peor? No podía soltar la cosita, que ya era más una cosa, porque no tenía el mismo sentimiento por ella. Antes sentía que era un ángel del cielo en forma de cosita desconocida, ahora más bien parecía un ente maldito diseñado para destruirme. Hasta podía imaginar una sonrisa malvada en su pequeña bandera cuadrada. 

Lo cierto fue que al rato me desmayé, alguien me recogió y me llevó al hospital, me suturaron y me recomendaron reposo. Pasaron los días y había olvidado todo, porque seguía jugando con la pequeña cosita, admirándola y luciéndola, la diferencia era que algo en el interior me decía que no presionara ese pequeño botón, porque algo muy feo podría salir de su interior. Constantemente me preguntaba si podía seguir queriendo algo que tiene algo supuestamente tan feo en su interior, pero nunca me respondía, pues seguía hipnotizado con su singular belleza, por nada del mundo iba a dejarle. Y sí, la mayoría del tiempo me hago el loco, pero en días como hoy me gusta recordar quién eres en el fondo.