Hace una semana pedí un gran prestamo a uno de esos traficantes que, con el tiempo, se vuelven prestamistas porque consiguen más dinero así que vendiendo sus drogas. Lo necesitaba para comprar un pasaje a New York. Había pensado en Europa, pero realmente me gustaba más la Gran Manzana, siempre había tenido un lugar especial en mi corazón. Los que me conocían sabían que tenía un sentimiento de admiración por esa ciudad desde el once de septiembre del dos mil uno, y aunque no sabía a ciencia cierta por qué, allí estaba.
Cuando abordé el avión sentí los nervios quebrárseme por dentro, nunca supe por qué, pues más bien me encantaba volar en aviones. Quizá era porque sabía que no iba a volver, o quizá habría otra razón que nunca sabré. En el aterrizaje tenía mucho miedo, no sabía que iba a hacer primero al llegar. Desde tres meses antes del viaje me había dejado crecer la barba, a tal punto, que parecía un iraní o uno de estos hipsters británicos con mucho estilo. La diferencia es que yo no me la cuidaba, más bien me veía desaliñado.
Aunque no sabía qué hacer, o en qué orden, igual me moví por inercia a un cybercafé, para buscar ciertos sitios en los cuales pudiera comprar las cosas que necesitaba. Compré un par de ellas online y debía retirarlas en las tiendas al día siguiente. Dos maletines, y un control remoto para uno de esos coches de juguete. Cuando revisé mi correo tenía unos tres emails del prestamista, preguntándome dónde coño estaba y cuándo le pagaría. Me amenazó con buscarme en toda la ciudad. Apenas leí eso me carcajeé, estaba muy lejos ahora. Siempre había pensado que cuando uno tiene una tarjeta de crédito con límites muy altos, puedes simplemente robar al banco usándola hasta morir, literalmente. Algo así hice con este prestamista, ¿no? Le pedí prestado y me largué. Fue fácil, pensé que me iba a tener vigilado o algo, pero no, ni la más mínima sospecha levanté en sus matones, si es que los tenía; creo que era un prestamista novato.
Busqué un motel y me hospedé allí. Dormí hasta tarde el día siguiente y apenas pude fui a retirar mis compras. Pasé primero por una tienda de telas y compré un mantel blanco bastante grande y unas tijeras, pues, precisamente, desde el once de septiembre, no permiten ni una aguja en los equipajes. Al lado de esa tienda había un local de gorras y sombreros, el cual me vino como anillo al dedo, pues necesitaba comprar un "gorrito" un poco peculiar. Luego recogí mis maletines y el control remoto. Todo eso lo pagué con el dinero del prestamista. ¿Vaya genio, no? Llegué a mi habitación de nuevo y guardé todo allí, en mi equipaje, como si me fuera a ir de nuevo.
Esa noche decidí descansar otra vez, lo más que pude, porque me esperaba una semana de preparación mental, que no era más que disfrutar de New York hasta más no poder. En realidad, no disfruté nada, iba a ser una semana, pero aquí estoy, hoy, un día después, escribiendo esto con los ojos hinchados después de haber llorado toda la puta noche. El alma la tengo en coma, con el corazón abierto y sin transfusiones suficientes para mantenerme vivo por más de dos horas. Parezco tener los ojos abiertos pero solo es la gravedad afectando mis párpados. La nariz se me ve abierta, con sus dos clásicos orificios, pero por allí no circula ni la más mínima molécula de oxígeno, todo entra por la garganta, esa que nunca quise ver defraudada. Anginofobia, creo que se llama. Mis pies están fríos, y el estómago se siente enormemente vacío, lleno de miedo y resquemor, con el alba del esofago oscuro, y el crepúsculo del intestino sombrío. Y basta. No vale la pena describir nada, mucho menos contar nada, sería peor para mi salud mental.
Al menos creo que esto será divertido. Saldré del cybercafé en el cual estoy escribiendo esto y entraré al baño público que está a la derecha de la próxima calle. Allí me cambiaré y me pondré mi zaub casero y el kufiyya blanco, sostenido con un agal improvisado que hice con un pedazo de tela de unas medias negras. Dejaré la maleta del equipaje allí, pero sacaré los dos maletines y tendré el control remoto en un bolsillo del zaub. Luego entraré al famoso Daniel de Manhattan, que está en la sesenta del este con la calle sesenta y cinco. ¿Cómo? Pues por la parte de atrás, como los ladrones. Descubrí hace unas horas que puedo entrar por la chimenea si subo al edificio contiguo y salto un par de metros. Al menos, si todo sale bien, le arreglaré un fallo de seguridad importante al restaurant más caro de la ciudad. Luego, una vez dentro, en la cocina, tengo que pasar desapercibido y llegar a la zona de las mesas, donde todos al oirme gritar y ver mi atuendo, saldrán corriendo. Al frente, está una patrulla estacionada en permanente vigilancia, desde hace dos noches la veo, así que entrarán de inmediato con mucha cautela, son policías, los policías no huyen, no en la Gran Manzana. Con sus armas automáticas apuntándome me pedirán que deje de lado mis maletines, yo estaré en el centro del restaurant, y lo haré, los dejaré lentamente con una sonrisa, pero no con ese clásico movimiento lento que suelen hacer los ladrones al ser apuntados por un policía, qué va. Mis movimientos serán pertenecientes a una persona que sabe lo que está haciendo, porque efectivamente, sabré lo que estaré haciendo. Sin miedo, pero temblando, probablemente. Al poner los maletines abajo, los patearé hacia ellos, los policias, lo cual probablemente los asustará. Si tengo suerte y no disparan, me dará chance de sacar el control remoto de mi bolsillo, lo cual es bastante amenazante, por lo que tendrán otro motivo para disparar. Si vuelvo a tener suerte (porque joder, quiero hacer mi libreto completo), empuñaré el control remoto al techo del restaurant y gritaré, con todo mi dolor, con toda mi alma, y con toda la sangre de mi corazón:
¡Allahu Akbar!
En ese momento uno de esos oficiales, con, quiza, uno de esos apellidos comunes como Smith, Johnson o Williams; accionará el gatillo de su Glock 37 y una bala calibre .45 viajará a unos cuatrocientos metros por segundo directo a mi pecho, quizá al corazón, allí donde tengo mi mayor dolor. La gente gritará, se taparan los ojos, los oidos. Los policias estarán atormentados. Recogerán los maletines con cuidado, evacuarán todas las cuadras aledañas y los edificios, cercarán el área, llegarán los reporteros, las cámaras, quizá un helicóptero. Vendrá el FBI y un escuadrón especial antibombas, y abrirán con mucho cuidado ambos maletines. En uno de ellos, encontrarán un pequeño papel blanco doblado cuatro veces por la mitad. Lo tomarán con pinzas, creyendo que puede tener algún tipo de agente químico tóxico, y lo abrirán con mascarillas antigas y lentes protectores. Hay dos opciones, pero digamos que todo sale como yo quiero, entonces al leerlo encontrarán mi letra:
"¿Esto cuenta..."
Luego se dirigirán al otro maletín y con el mismo procedimiento encontrarán de nuevo mi letra:
"...como un suicidio?"