Ella camina con el alma desnuda, simulando que cada ave es un suspiro en el atardecer, que cada ola es un beso, cada persona, es él. Callado aguarda, en la azotea del último edificio de la última calle, antes del borde, cerca del final, cada persona una hormiga, y cada nube una almohada. Se acerca a una cafetería y piensa en él, en la primera cita, en el primer y último beso, en aquel instante. Se acuesta y suspira, mira el infinito y se siente como un globo que toca las cuerdas de aquella guitarra, una que allá suena.
Él salió de la tienda, tropezo con una chica y pensó en lo hermosa que era, y en sus lindos pómulos. Iba a entrar a su tienda preferida y vio un perrito ladrar muy fuerte, volteó y apenas lo hizo tropezó con un lindo chico, sin duda quiso tropezar con él toda la vida. Abrió la puerta y entró, se sentó a cenar y beber aquella cosa especial, encendió la televisión y sintió el frío alrededor, en todo el tiempo en ella nunca pudo dejar de pensar. En la película se narraba un hermoso amor, se puso a fantasear, y el rostro de su chico ideal, era aquel, el del tropiezo.
Piensa y piensa, no para de pensar, lo quiere encontrar pero no sabe donde buscar. Quiere bajar, pero no sabe que va a decir, o que va a hacer, no sabe que esperar. Desea sus labios, su mirada, desea su abrazo, su cálido discurso, su hermoso regazo. Siente frío, quiere abrigarse en su piel, no en la de un oso o un tigre, en la de ella, pero al fin y al cabo no sabe donde está. Va a buscarle en su casa pero no está, nunca está, va al trabajo y tampoco, nada de nada, calles vacías y extrañas miradas. Va a su trabajo, pregunta si alguien preguntó y nadie preguntó, de inmediato se marcha con su abrigo de piel, luego llega a su casa y entra sin preguntar, le quisieron decir algo pero cierra muy fuerte su puerta al entrar. Quiere un abrazo. Quiere un beso.
Entró al tren, él también. No se conocían pero ya se habían visto. Pasaron cientos de luces, fueron miles de personas, pestañearon docenas de veces, las voces se cruzaban y se entrecruzaban, la música de fondo era una linda guitarra eléctrica y una bateria que marcaba un lento compás, una voz muy conocida en la ciudad, que se veía interrumpida en cada estación, y en cada subestación, habían personas que se daban cuenta de la química del ambiente y sonreían, al parecer no notaban que todos los notaban, al parecer todos notaban las sonrisas al quitar la mirada, era una historia que se narraba en una noche fría en la que todos deseaban ver una pelicula en sus casas, y la estaban viendo antes de llegar, todo parecía indicar un hermoso final, nada como aquel jueves once de marzo de dos mil cuatro, y por ello cada persona que se bajaba le decía a otra con la mirada, "me cuentas el final".
Al final él se bajó, ella se quedó, y allí terminó. Al día siguiente se tropezaron. Al otro día se volvieron a ver en el tren y se hablaron, quedaron en verse luego y así fue. La cita al día siguiente fue hermosa y provechosa, todo iba en buen rumbo. A los dos días él la vió con otro en el mismo café, no vio nada en realidad pero su imaginación le engañó. Pasaron tres días y no se volvieron a ver. Se extrañaron y nunca volvieron a verse, pues después de querer un beso se fue en el primer avión que encontró, y ella después de querer un abrazo decidió ir todos los días a su casa a buscarlo, el "todos los días" solo duró un día, pues al primero le dijeron que se había marchado para siempre, puñalada al corazón.