¿Acaso soy un monstruo?
A veces me pregunto eso en el espejo, o antes de dormir, dando vueltas allí, pensando en todo el daño que he hecho, en todas las lágrimas que he hecho ver luz de sol, o luz de luna, porque casi que las siento a mi lado cuando esas reliquias lloran, o cuando me susurran cosas al oído y yo simplemente me hago el sordo, no es una suposición, es una realidad que yo veo en muchísimas ocasiones normal, porque no las veo con ojos ajenos, a veces tan egoísta y ante la desgracia sereno, desgraciado yo que miro con desdén a la desgracia como si fuera un lunes o un jueves, un día común.
Porque fue un jueves que te pusiste tu falda más bonita y yo ni cuenta me dí, como dice aquella hermosa canción, como decía también esa canción que pronunciaste aquella noche pensando en mi, y después incluso soñándome, inclusive al oler aquel rico café mi nombre pasó por allí, pero yo sigo aquí, sin siquiera despertar, sin siquiera tu nombre recordar.
Así veo todo en ocasiones, luego me río y trato de apartar eso de mi mente.
No me gusta reconocer mis defectos,
no quiero quitarme la máscara de humano
y que vean lo que realmente soy.
Tomaría un tren de regreso para deshacer todo esto, todo lo que hice. Pero sé bien que ya no hay boletos de regreso, son las nueve de la noche y la estación está por cerrar, puedo escuchar tus suspiros, y luego algún gemido y tu llanto, quiero escapar, quiero volver a soñar, a ser quien era, a no dañar. Cierro mis ojos, porque aun tengo esperanzas de que el conductor del tren me vea temblar, muriendo de frío y con una madrugada eterna por delante.
Pero no me vio porque sabe mis historias y era conductora, no conductor.
Sigo siendo este y a la vez aquel, solo que no puedo remediar lo que mis espinas una vez destruyeron.
No fue mi intención, o no sé, en realidad, pero creo que no, quiero que no haya sido esa mi intención, solo quiero y me gusta brindar buenos momentos, felicidad, alegrías, risas, sonrisas, cachetes rosas, suspiros, ganas inmensas de abrazar a un osito gigantesco de peluche, cosas así, nunca pedí lágrimas ni rencor, ni esas fotos mías quemadas, ni mis letras olvidadas, ni mi nombre maldicho, no. Quería una mirada de amor, pero nunca me doy cuenta de que las adicciones existen, y es como si un día a tu heroína guardada en el baúl, le salieran patas y se marchara para siempre.
Solo supongo que me ven como yo veo a un café con sal: amo el café, pero con sal es terrible.
Esperaré bajo la lluvia algún perdón, si es que lo merezco.
Quizá lo peor es que no fue un solo error, son múltiples, varios, a lo largo de los años, he sido un patán, un descarado, un ser vacío que ha reclamado sin moral todo lo que no tenía y quizá nunca iba a tener. Y no me cuesta decir esto porque no lo creo en el fondo, y aunque todo eso fuera falso, una mentira repetida mil veces se convierte en la verdad; y también aplica el hecho de que nadie se ve como lo ven los demás, esa opción solo existe en cierta red social, pero en la vida real ni los espejos hacen ese trabajo.
Me lo habían repetido novecientas noventa y nueve veces.
Hace rato fue la número mil.
Y en esta manía de honorificar,
esta es en honor
a quien honorífica a Vincent van Gogh,
el grupo de su oreja.