Leer una entrada aleatoria

New York (II): 9/11





Lo siento.

Tres veinticuatro, linda madrugada, otra vez en esa ciudad, caminando, viendo las cenizas de miles de toneladas cúbicas que alguna vez fueron, ya de la faz de la tierra desaparecieron, se fueron a ningún lugar. Escucho la guitarra y simplemente aparecen mis ganas de llorar, me recuerda a aquellas víctimas, me recuerda a lo que sucedió, al fuego, a las llamas. Mi voz se quiebra mientras acompaño con mi canto a aquellas lágrimas que suenan como una linda poesía bailable, caribeña, disfrutable. Pero en ámbitos requeridos simplemente pasa a ser una tortura para el alma, de esas melodías que inspiran a la muerte y a sus súbditos, no hace falta buscar las razones de eso, simplemente son una serie de hechos desafortunados.

Luego, la lumbre natural golpea mi piel con una fuerza que no soy capaz de sentir, los ojos siempre buscan el suelo, se han enamorado de él, y mis párpados buscan acercarse a mis mejillas, quizá solo quieren un beso de ellas, o quizá sienten aquel lúgubre pecado capital, la envidia, envidia de las lágrimas que abrazan sin cesar a las susodichas, algunas llegan a los labios, algunas bajan hasta la barbilla, pobres párpados, no pueden hacer nada más que bajar dos centímetros cuando quieren bajar mil millas.

¿Qué? ¿No lo ves?
Él no tiene corazón, se mueve sin razón, sin motivos, no tiene conducción, ni de su vida ni de la de las demás, es un simple y mal poema, cómo va a tener corazón.

Leía eso y simplemente sonreía porque el dolor me da risa, porque soy un ser solitario que solo busca estar más solo cada día, y no porque quiera, sino porque mi cuerpo y mis palabras rechazan a todo aquel que se quiera acercar, y sí, es porque nadie merece estar cerca, nadie merece tener cerca a una inminente miseria nominada y con fecha de caducidad que solo busca en el suelo lo que ha de estar plasmado en el cielo, escrito con caligrafía borrosa pues… después de la risa vienen las lágrimas.

***
‒–¿Qué es lo que quieres?
‒–Ten piedad, por favor, solo ten piedad.
‒–Pero si no pienso hacer nada…
‒–Lo sé, por eso precisamente, por eso.
‒–¿Entonces lloro en silencio?
‒–No guardes ese silencio tan inapreciable.
‒–Tú no te vayas.
‒–Lo siento mucho, he de irme.
‒–Tú eres el ser culpable de ese café derramado.
‒–Y tú la persona culpable de aquella galleta destrozada.
‒–¡Pero si sabes que no fue mi intención!
‒–Ya no estaré aquí mi amor.
‒–No, por favor… ya no quiero eso.
‒–Cambiaré.
‒–No quiero, no quiero.
‒–¿Y aquellos besos?
‒–Los extraño.
‒–Yo extraño aquella linda sonrisa.
‒–Sigo extrañando los besos.
‒–¿Por qué lloras? Maldición.
‒–No lo puedo evitar, de verdad lo siento.
‒–Escucha esta canción, escucha estas cuerdas sonar.
‒–Escucha tú mi corazón.
‒–Desde un principio está latiendo.
‒–No es amor, es…
‒–Tampoco lo sé.
‒–No sabemos nada, cariño, irónicamente lo sabes.

***
Hundí hasta el fondo y solo había más agua salada, aceleré y conseguí miles de rostros destrozados por el dolor, miles de almas perdidas en aquella ciudad ya caótica, y no había ningún maldito sentido, no había siquiera otro sentido, no había nada más que cariño desperdiciado, tirado en el suelo, y los padres llorando a sus hijos, con lágrimas pesadas, ven a mí.

Actuabas tan extraño, no te entendía, pero quizá solo necesitabas un cambio, uno muy pequeño, quizá necesitabas que apretara más fuerte en mis abrazos, quizá solo necesitabas que mordiera más fuerte tus labios, que te mirara más intensamente, que te despertara; porque todo esto tiene que ser un maldito sueño, no puede ser posible que me estés abrazando justo ahora. Y me dijiste eso con tu dulce voz, era la canción que sonaba en la radio:

“Quien inventó el amor debió dar instrucciones pa’ evitar el sufrimiento.”

Y el impacto estremecía la ciudad, saltaban las alarmas, y los cuerpos se paralizaban. He allí el error. La resignación es el veneno del conformismo. Y los vehículos del estado circulaban a alta velocidad… a muy alta, a una increíblemente alta.

Estaban allí ambos cuerpos, tomados de la mano, y justo en ese momento pasó uno de esos vehículos, fue el final de todo, ambos salieron disparados a la velocidad determinada por el momento lineal del camión de bomberos, cayeron en la línea ya destinada, y sucumbieron a la realidad, una realidad que se mostraba apenada, pues llegaba en el momento menos indicado a decir verdad.

Y obviamente las lágrimas después de ese maravilloso sueño eran las más bonitas de todas, porque permitían valorar lo que la niebla nos ofrecía cada tarde-noche, lo que los bosques mostraban después de aquellas hermosas lluvias, y las brisas tan cálidas que demostraban cariño ensordecedor, pasión, amor.

***
Nueve y quince, partió el barco sin destino, simplemente navegó, luego se supo que sucumbió antes de llegar a ver la luna llena del veintisieteavo día.
   
‒–¿Y los salvavidas?
‒–Se perdieron cuando los usaban.
‒–Eres un encanto.
‒–Lo sé, mi vida.

Muérete.

Y lloro, lloro, y lloro, eras mi éxtasis y ya mi lengua extraña no tener sed.

Porque los segundos contigo eran horas infinitas, miles de besos que eran comprimidos en minutos de placer, era tu aroma en mí, impregnado hasta el fin de los más minúsculos poros, eras mía hasta decir que no lo eras porque ya lo eras tanto que no tenía sentido que alguien fuera tanto de alguien en un lugar que no fuera soñado, una especie de Edén, una especie de amor que no tenía más que fortalecerse tanto que no habría nada en la vida que fuera capaz de detenerlo si no era él mismo. Y fue él mismo, pero eso no importaba porque así mismo se levantaría sin perder el aliento, era un placer que se daba solo después de las doce, es decir: todo el día, porque las madrugadas eran infinitas también, eran, eran, eran. Motivos de sobra para dormirme en tu pecho, allí donde siento que nada más que las causas y los efectos son simples excusas de mis labios para equivocarme adrede y sentir una y otra vez tu cuerpo sobre mí, donde la vida pasaba a segundo plano superada inminentemente por el placer, afrodisiaco que crecía con cada milésima de segundo que transcurría, era felicidad sin pudor, era amor sin dolor, era todo lo que nadie podía ser porque nadie era nosotros como uno solo, nadie podía vernos porque íbamos tan rápido que el mismo viento planetario del 15 de abril nos acompañaba sorprendido, viendo sin vergüenza lo que hacíamos en aquel viaje pasional y a la vez sutil, por ti.

Tú por mí, yo por ti. Después de todo ya nada importa porque ya no existimos.

¿O era un sueño?

Se derrumbaron las torres y las lágrimas… y allí estaban las lágrimas.

Parcialmente dedicado al probable ‒–y casi seguro‒– amor perdido en aquel infame atentado.