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Apocalipsis II




Una crónica con fin, una muerte esperada.
Decadencia de servicio con auges imprevistos, heridas lejanas, muy lejanas, lejanísimas.
Una papelera que recibía cada vez más basura.
La sangre corría por sus brazos, por sus dedos.
Sus ojos eran malditos y estaban condenados a ser nada.
Pensamientos absurdos y sin sentido, no faltaban.
Una esquizofrenia mental que delataba sus intenciones.
Tanta frialdad asustaba y era digna de admiración.
Era la verdad siempre, con signos de interrogación.
Miles de hojas afiladas, miles de gotas de agua.
Un cosquilleo en la mano, un temblor en la otra.
Pulso inestable, sudor incontenible, tensión palpable.
Miradas de exclamación, de intimidación.
Silencios inapreciables, ni siquiera el aire se sentía.
Estaba listo para el trabajo, cuando sucedió.
Una tonta mirada perdida le desconcertó.

Era la maldición de otros ojos que cruzaba el sentir innato de aquel ser tan frío como un témpano, era la insolencia de los ángeles para con la desquiciada lava de aquel temeroso infierno, una burla descarada a sus pensamientos, a su dedicación, era una sonrisa que desgarraba la voz de los impuros, era una sangre inaudita que merecía ser probada por los dioses sin ser execrada, pasaban miles de horas en el segundo de un intercambio de juramentos, un insulto propio en la carne prohibida, un tacto perdido en la vida escondida, su final se aproximaba porque nunca había sucedido, nunca había pasado, era un error no calculado, era, era, era, qué no era, era, la pregunta, esa era, y no estaba la respuesta, el pudor de la mirada había desaparecido, la desnudez se apoderaba de la tensión, y su mirada era de complejo goce y satisfacción, no se ocultaba su deseo, se escondía por completo su timidez, y pasaba un siglo en tan solo un minuto, sentimientos que nunca habían cruzado la barrera del sonido, del gusto, del oído, por complejas telarañas heladas que rodeaban aquel infierno, por innumerables rocas calientes que degustaban el silencio, era lo inaudito, lo impensable.

Y había llegado el fin, porque juró alguna vez siempre cumplir su objetivo.
Pero aquella tonta mirada…
Era carne débil y las piernas fallaban, era un dolor que intrigaba, una esencia mundana.
Y valía la pena el placer, valía la pena salir.
Frialdad por calor, miradas sin pudor, deseo de amor.
Era el fin…