Una crónica con fin, una muerte esperada.
Decadencia
de servicio con auges imprevistos, heridas lejanas, muy lejanas, lejanísimas.
Una
papelera que recibía cada vez más basura.
La sangre
corría por sus brazos, por sus dedos.
Sus ojos
eran malditos y estaban condenados a ser nada.
Pensamientos
absurdos y sin sentido, no faltaban.
Una
esquizofrenia mental que delataba sus intenciones.
Tanta
frialdad asustaba y era digna de admiración.
Era la
verdad siempre, con signos de interrogación.
Miles de
hojas afiladas, miles de gotas de agua.
Un
cosquilleo en la mano, un temblor en la otra.
Pulso
inestable, sudor incontenible, tensión palpable.
Miradas de
exclamación, de intimidación.
Silencios
inapreciables, ni siquiera el aire se sentía.
Estaba
listo para el trabajo, cuando sucedió.
Una tonta
mirada perdida le desconcertó.
Era la
maldición de otros ojos que cruzaba el sentir innato de aquel ser tan frío como
un témpano, era la insolencia de los ángeles para con la desquiciada lava de
aquel temeroso infierno, una burla descarada a sus pensamientos, a su
dedicación, era una sonrisa que desgarraba la voz de los impuros, era una
sangre inaudita que merecía ser probada por los dioses sin ser execrada,
pasaban miles de horas en el segundo de un intercambio de juramentos, un
insulto propio en la carne prohibida, un tacto perdido en la vida escondida, su
final se aproximaba porque nunca había sucedido, nunca había pasado, era un
error no calculado, era, era, era, qué no era, era, la pregunta, esa era, y no
estaba la respuesta, el pudor de la mirada había desaparecido, la desnudez se
apoderaba de la tensión, y su mirada era de complejo goce y satisfacción, no se
ocultaba su deseo, se escondía por completo su timidez, y pasaba un siglo en
tan solo un minuto, sentimientos que nunca habían cruzado la barrera del
sonido, del gusto, del oído, por complejas telarañas heladas que rodeaban aquel
infierno, por innumerables rocas calientes que degustaban el silencio, era lo
inaudito, lo impensable.
Y había
llegado el fin, porque juró alguna vez siempre cumplir su objetivo.
Pero
aquella tonta mirada…
Era carne
débil y las piernas fallaban, era un dolor que intrigaba, una esencia mundana.
Y valía la
pena el placer, valía la pena salir.
Frialdad
por calor, miradas sin pudor, deseo de amor.
Era el fin…