Leer una entrada aleatoria

No somos milagros







Los cristales se vuelven insoportables en días de nimiedad. El ocaso resulta ser la cura de tanto, ese tanto que es La Nada. Ironicamente La Nada no está llena de nada, sino de algo, pero es algo que parece, y de hecho es, intangible, e indescriptiblemente inenarrable. Por eso el nombre propio, uno que pone a los nominalistas orgullosos. Y de repente, resulta ser no solo el ocaso, sino el frio, el aire fresco, el sabor de un plato, la progresión armónica de Eiht. A veces pienso que es la frescura de la naturaleza. ¿Terminamos haciendo realidad lo virtual? Escapamos de la realidad cuando nos alejamos de ese oscuro cuarto, de esa brillante pantalla, del hacinamiento de estas cuatro paredes. Parece ser que nuestra realidad es lo que nosotros queramos que sea. La realidad parece ser la rutina, quizás las confundimos. Nuestra realidad parece ser lo de siempre, el día a dia. Las obligaciones, los deberes. Escapamos de ello como si no pudieramos escapar para siempre, y que no sea un escape, sino una ida. Escapar e irse son cosas distintas. Escapar implica estar atado. No se puede escapar si no se está atado. Irse implica libertad. ¿No podemos irnos de nuestra realidad? El destino del escape o de la ida, si no es realidad, ¿entonces qué es? O, ¿qué resulta ser? Resulta ser un escape, como sustantivo, si escapamos. Los escapes son efímeros. La alternativa es que el escape termine siendo una ida, pero esa ida siempre estará manchada por la anonimia y el remordimiento de un cabo suelto. Una cuerda rota. ¿Quién quiere dejar cabos sueltos? Es insoportable la idea, sobre todo después de los atardeceres, cuando esa oscuridad en el firmamento ataca. Podria no atacar, pero con cabos sueltos, ataca. Si nos fuéramos, estaríamos no frente a un escape, sino en otra realidad. Cambiamos de realidad, y en este caso la realidad podría ser no una rutina, sino una nueva experiencia. Lo nuevo eventualmente se vuelve rutinario, a menos que se establezcan espacios de tiempo que anacrónicamente brinden una ausencia de innovación cada vez que lo nuevo sea retomado, y se "sienta como nuevo". No somos magia, ni milagros: somos trucos. 






1983




Me parecía entenderte entonces.

No encontraba la manera más sobria de besarte. Podía correr hacia ti y despegar el aire de tu cuerpo, formular el vacío en tus poros. Luego la ciencia destruía mis metáforas: los átomos no se juntan, no se fusionan, porque explotan, si no. Doble negacion. Solo podía funcionar con silogismos. La lógica preposicional no era ni siquiera la llave para entrar por tus ojos, era la resolución de todos los conflictos mundiales. Vale, hipérbole. ¿Qué esperas de un literato? ¿Números? Lo peor del caso es que también te tengo los números. Doscientas veces las que pensé en ti, trescientas las que te imaginé sin pensarte, cuatrocientas las veces en las que el cuadrado del doble de la derivada periódica de tus besos ausentaba su física en mis labios. ¿Cómo luchar con esto?

Nunca encontré nada mejor que un insulto. Un desvarío anacrónico de tus locaciones, de tus temporalidades. Eras imperfección, y no podía ser que me gustase nadar en tus aguas. ¿Sumergirme? Mucho menos. La mentira era obvia, pero no se notaba. Alguien por allí alguna vez dijo que todo lo que yo tenía eran trucos, y nada más cierto. El problema no es que sean trucos, el problema es que las personas lo sepan y aún así decidan creer que es magia. ¿Abnegación? Eso, eso. Siempre me han amado, pero siempre quiero más. Y ya me parece reconocer cada palabra en labios pasados, y cada caricia ya me la han dado, y cada fallo, cada traición, es en el mismo sitio donde una vez ya me hirieron. 

Mi pecho y mi espalda están sucios, ya me dejo, se nota el dejo. La desidia de mis horrores, causados por otras desidias y anhedonias. Mis lóbulos heridos parecen descuidar los canales de entrada, y todo lo nuevo es identificado como el mismo viejo canoso que ya vivía acá desde 1983.