Vivo de la nostalgia de tus abrazos.
Niego la ausencia de tus brazos
en un intento por sentirte de nuevo
y olvidar los perdones que te debo
como si mi deuda se cancelase sola
como si pudiera aparecerme
como si nada
con un simple y llano hola.
No te imagino desnuda
porque al parecer la nostalgia
no es compatible con el deseo.
Como si la nostalgia no fuera deseo
sino añoranza, sino pasión
la pasión repetida de Pavese.
Pasión y no acción
pasividad, impasibilidad.
Anhedonia en la emoción.
Parece entonces que olvido tu cuerpo
siendo entonces el olvido
una de las formas de la memoria.
Te imagino corriendo, con los ojos entrecerrados
luchando por no caer y a la vez dejándose vencer
las pestañas necesitan estar juntas, aparentemente,
cuando el ser ama, quiere, adora, o perdona.
Y tú tan suave
tan grácilmente acrisolada en mis brazos
en mi pecho.
Casi puedo sentirte,
completa,
desnuda, de pies a cabeza,
pasando por el alma,
por tus ojos
por tus mejillas.
¿Qué tan complejo puede ser el arte de añorarte?
¿De quererte, de adorarte?
¿De extrañarte o de amarte?
¿Qué tan complejo si brota como la vida?
Brota en trance, como el orgasmo
una gradación ascendente intangible
retórica, inherente.
El apogeo de una aceleración
sin frenos
sin manera de sobrellevar una detención.
Hasta que todo acaba. Y ahí se nos va un suspiro.
Y cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace.
Grave.