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Ojos alados






Los rostros me son borrosos al tiempo que las nubes me son esquivas, ¿pueden imaginar lo que es necesario para que almas tan grises te vean con desdén y miradas altivas? La devastación es total y la esperanza caduca, mis manos observan mis ojos mientras se acurrucan sobre sí mismas sin poder cerrarse, muestran su inutilidad en términos incorregibles. La frustración es el nuevo elemento que desata las lágrimas, que nominadas inocuas explican su invisibilidad, al servicio de un ser que ya no aguanta menos, porque se cansó de aguantar más. El estado es inexacto en el radar y se supone perdido entre ánimas frágiles que se lanzaron al nefasto abismo que hallaron en un pecho cercano. Quizá era un vacío ser humano bien iluminado en un día nublado. Nunca nada fue casualidad. De nuevo el cuello haciéndome presión en los nervios, para que su sostenida ejerza presión a la solícita sangre del noble corazón. De nada vale pues se llenó de temor; quién diría que así todo terminaría. Igualmente las piernas me siguen arrastrando aunque no quiera, y estos dedos me siguen guiando a escribir quimeras; entelequias ucrónicas de pasados perversos, que en algún momento fueron motivos para vivir. Quizá todo abrazo en cuanto sentir exista sea más necesario que la cobardía disfrazada de aguas carmesíes, pues bien sabido es que ante las transfusiones, las cisfusiones no sirven de nada. Me vestiré de verde moneda y caminaré sin rumbo mientras los secuestros funden mi genética con pisadas desconocidas y celebran mi presencia por motivos equivocados. También tengo la solución al dolor que toca las puertas de mis sótanos, y no es otra más que cerrar los ojos alados.






Coproducto.

Cruces










Si supieras la cantidad de versos que he producido vagando por las calles de Caracas y que se han perdido entre monóxidos y luces,




no me mirarías con tal alegría al saber que este invisible poemario suicida vos coproduces.











Feliz cumpleaños (II)





Salí de mi casa un poco alterado, no era precisamente amante de los aviones. El café quizá no ayudó mucho, o quizá era aquel último sueño. La verdad creo que eran los nervios por tener que encontrarme con aquellos jóvenes sedientos de vida y estructuras y planos y medidas y bla bla, ya saben. 

Al llegar al aeropuerto la espera me sofocó, me puse más nervioso aún. Al cabo de un largo rato anunciaron el abordaje de mi vuelo y casi corrí hasta el túnel por los mismos nervios. Antes de entrar y pasar por la taquilla, en la cual me chequearon el pasaporte y el boleto, me di cuenta del porqué de mi sueño, y de cuánta razón tenía Sigmund Freud en las letras de aquel famoso libro, pues en las pantallas informativas del Internacional de Maiquetía se leía que mi vuelo debía realizar una escala en una ciudad específica. Una ciudad que para mí tenía un significado aparte en el diccionario de nombres propios. Luego, en esas mismas asociaciones me di cuenta también de por qué aquel sueño había transcurrido en Catia La Mar. Todo tenía sentido, la deconstrucción era progresiva y mi subconsciente quedaba desnudo ante mi apertura mental. 

Ingresamos todos los pasajeros al avión muy lentamente, lo cual no colaboraba con mi estado mental. La ansiedad me corroía. El asiento XIV 7-I era el mío, y no lo encontraba, pues no entendía esa maldita tipografía en los asientos. Luego, cuando lo encontré con ayuda de una aeromoza, estuve más tranquilo. Pero para ser sinceros, al despegar tenía miedo, no por el vuelo, sino miedo de dormir. No quería volver a soñar con algo que no era más que eso, un sueño. Desde hace ya un tiempo me había sumido completamente en el trabajo para no pensar más en aquel asunto. Me ocupé lo más que pude hasta saturar mi mente con pensamientos conscientes, y no dejarle nada a su némesis. Pero, siempre hay un escape, y anoche había sido uno, siempre inevitables. Al menos que no duerma, bingo.

Por eso me propuse aguantar el sueño lo más que pudiera, todos esos días, para no soñar. Lo peor del asunto es que, al trabajar en lo que trabajo, me dieron ganas de soñar despierto. Entre mis pensamientos había uno muy curioso, y era que, si por casualidad alguien en el avión me preguntaba el género de mi escrito, me avergonzaría enormemente al decirle que era una fábula fantástica. Bueno, quizá no debía usar la palabra "fantástica", porque la gente suele asociarlo con algo genial, pero que en realidad no significa más que "fantasioso", es decir, irreal. 

Un niño grande que sueña despierto con cuentos de hadas.

Ante tanta vergüenza y overthinking, lo menos que hice fue soñar, afortunadamente; mucho menos dormir. Sabía que me iba a pasar factura luego, pero igualmente estaba dispuesto. Lo gracioso fue que no tuve que esperar mucho, había olvidado por completo la escala, a la cual llegaríamos en una hora, como mucho, por lo que me sentí estúpido al querer intentar no dormir en tan solo una hora de vuelo. Estaba perdiendo mis cabales, mi mente no estaba concentrada. Nunca se me pasarían por alto esos detalles, pero estaba tan concentrado luchando contra lo que sentía que se me iba la vida en estupideces.

Bajamos del avión y sentí ganas de correr y escapar de allí. La añoranza me recorría los pétalos de la piel con mieles que hoy eran extrañas, pero que ayer eran fruto de mi amor por antonomasia. Sentía que la vida no me quería, porque ella era mi vida. 

Agh.

Me senté en uno de los grandes salones de espera y me sumergí en una lectura. Sé que ustedes no serían capaces de adivinar quién se quedó dormido, así que se los diré, con toda la vergüenza del mundo. Yo.

Me desperté y ya habían pasado tres horas según mi reloj. Joder, entré en pánico, solo debía esperar una media hora para que el otro vuelo saliera y ya lo había perdido. Me dirigí de inmediato como un exiliado fuera de la embajada a la taquilla 4B, que me correspondía según mi boleto de desembarque. La señora me observó con una compasión que me ablandó el corazón. Me imagino que ellos lidian con estas situaciones día a día y se les suaviza la cáscara del miocardio. Por un momento quise abrazarla, o que me abrazara. Por un momento me imaginé que era ella...

Se me escapan los suspiros.

Lo cierto es que el vuelo se había demorado, hasta aproximadamente las 10 de la mañana, por lo que me había salvado. Lo malo era que quedaban más de 12 horas hasta que realizaramos el abordaje. La misma señora al ver mi precupación me comentó que el aeropuerto iba a pagar las habitaciones de un hotel para todos los pasajeros como resarcimiento. No me lo creía, ¿desde cuándo nos habíamos vuelto un país del primer mundo? 

Bueno, no duro mucho. Era una posada de mal gusto, bastante pequeña y que obviamente consiguió el contrato de su vida el día en que hicieron ese acuerdo con aquel aeropuerto que vivía demorado. Entré y me alojé en la habitación GI-14, que tenía una cama matrimonial y dos baños. Realmente no entendía por qué una cama matrimonial y dos baños. No tenía sentido, podrían haber puesto dos individuales y dos baños, o una matrimonial con un baño más grande. Es como si diseñaran habitaciones para parejas en proceso de divorcio, o parejas que llegan al hotel discutiendo. Pero tampoco tiene sentido, porque la gente no comparte el baño al mismo tiempo. Dos individuales y un baño sí sería lógico, en casi todo sentido. Me estaba volviendo loco. ¿Por qué le daba vueltas a eso? También me puse a pensar en cuál baño usaría. Los dos eran iguales así que era cuestión de azar. O quizá no, porque la cama quedaba más cerca de un baño que del otro. Además, uno de ellos tenía una de las llaves un poco defectuosa, pero ese era el baño más cercano a la cama, así que debía colocar en una balanza qué me convenía más. Tampoco era el gran daño en la llavecita, además, era un grifo de esos que traen dos llaves, una para el agua caliente y otra para el agua fría. Solo que aquí unicamente había agua caliente, nada frío. Ni siquiera el agua de la pequeña nevera, que no enfriaba ni un grado absolutamente nada. Eso no era de mi desagrado pues siempre me ha gustado beber agua natural; detesto el agua fría, más aún el agua helada. Luego, volviendo al tema de los baños, me di cuenta que siempre los hoteles cambiaban las habitaciones en medida de las necesidades de sus clientes; es decir, cambian dos individuales de una habitación por una matrimonial de otra, porque esta tiene solo un baño y aquella dos, pero la familia quiere tres individuales y dos baños, entonces, chán, hacen el canje. Nada del otro mundo ahora que lo pienso. Igualmente seguía en mi indecisión sobre los baños, así que lo dejé a la suerte. Me tocó el bañito más lejano. Mientras pensaba en todo eso, como a las 12 de la medianoche, me dormí. No por mucho, me desperté a las 2 y media con un ruido. Me asomé por unas ventanitas que habían al lado de la cama y divisé un bar al frente en el que dos borrachos se andaban peleando, con solo cuchillos, al más puro estilo de Borges y su fabuloso cuento "El Sur". Dios, viendo la escena me dieron ganas de escribir, pero para escribir bien siempre hace falta beber. Así que mi mente hizo los cálculos para excusarme y salí de la habitación a las dos de la mañana rumbo al bar de mala muerte al frente de una posada de mala muerte en la cual dos ebrios luchaban a muerte con dos cuchillos caseros. 

¿Qué poeta no ama la muerte?

Entré al bar esquivando el alboroto y pedí un trago de vodka con soda. Le pregunté al bartender por qué se estaban peleando estos dos, y me dijo que por nada del otro mundo, lo de siempre, aquel lo vio feo y ya, eso bastó. Al rato entró uno de ellos todo ensangrentado, probablemente pensaríamos que era el perdedor, pero resulta que el otro estaba afuera aún peor, según lo que venía diciendo. El bartender me dijo que no le gustaban esas cosas pero que ya se había acostumbrado a eso, y que además parecía que ellos venían aquí a hacer esas cosas y eran felices con ello, incluso perdiendo; algo así como Pitt y Norton en aquella "infame" película. Lo cierto es que después se calmó la cosa, y empecé a desvariar con el bartender. Había algo en su cara que no me gustaba, parecía un drogadicto sádico o algo por el estilo, pero me inspiraba la confianza suficiente como para contarle todo lo que me estaba pasando. Aunque, bueno, digamos que esa confianza suficiente estando ebrio no es muy alta, creo que hasta será ínfima. Lo digo porque le conté toda la historia, desde el principio. Terminé llorando prácticamente, diciéndole cuanto la extrañaba y como la quería, como la amaba. Le expliqué la razones, y las otras razones. Incluso le confesé cosas que ni yo mismo sabía, como por ejemplo el miedo que le tenía a sus odios y rencores, a esa pequeña parte no tan buena que había en ella. Más de una vez me preguntó si el problema era que temía salir herido cuando estaba con ella, pero más de una vez le dije que eso era lo de menos, que lo que me dolía era amarla tanto aún cuando ella era capaz de hacerme daño. Lo que contradecía enormemente todas mis conjeturas sobre la felicidad y la alegría, la tristeza y la melancolía. Él se daba cuenta de que ella causaba cortos en mi sistema nervioso y trataba de ayudarme, fue muy gentil. Una de las frases que más recuerdo fue cuando me dijo "no puedes pretender que alguien herido te lance flores". La recuerdo porque yo vivía haciendo ese tipo de cosas, y allí fue cuando le comenté todas las heridas que había recibido y todas las rosas que le lancé, o, en todo caso, las cosas que callé, las veces que no exploté y que fui condescendiente. Me dijo que no todos éramos iguales, y me quedé sin argumentos. Supuse que simplemente debia adaptarme a ella. Luego estallé en llanto, recordando que ya no la tenía. 

Así pasé toda la noche, compartiendo mis penas con un extraño.

—Ya es tarde, aquí nunca cerramos pero deberías ir a descansar.
—No tengo a dónde ir, soy de Caracas, el avión me dejó botado acá —le dije, olvidando por completo, debido a mi ebriedad, la posada.
—Vaya... Eso sí que es un problema. Ya llegó mi sustituto en el turno de la mañana, así que te puedes venir conmigo a mi casa en un rato.
—No es necesario... Déjame... No vale la pena...
—Vamos, vamos, tengo sitio para ti allá mientras se te pasa todo esto.

Me llevó a su casa en su carro y lo último que recuerdo fue tirarme en una colchoneta que colocó en el piso. Allí dormí como un bebé hasta el mediodía. Desperté confundido, no supe dónde estaba ni qué hacía allí hasta que pasaron como diez minutos. Entré en razón y empecé a recorrer la casa, era un poco pequeña, pero cómoda. No parecía ser muy aseado el tipo, eso me asqueaba, pero me gustaba un poco la decoración y los muebles. Al poco rato de husmear, vi en una de las paredes una cartelera con muchos dibujos, me pareció reconocer a alguien en uno de ellos, así que me acerqué, pero cuando lo hice, escuché unas voces en la entrada de la casa. Me acerqué a la ventana y vi que mi anfitrión estaba al lado de la ventana de copiloto de un Corolla rojo, charlando con el conductor. Se quedó ahí por unos segundos hasta que se quitó y el carro se estacionó bien. Él estaba casi que en pijama, así que no creo que fuera a ir a ningún lado. Por un segundo volteó a la casa, como para chequear algo, y me quité de la ventana de inmediato. Esperé unos segundos y me volví a asomar entre las persianas y vi que estaba abrazando a una chica, que se acababa de bajar del carro. Le dio una pequeña cajita envuelta en un papel muy cursi y la tomó de la mano. Supuse que era su novia, y que era su aniversario o algo. Luego cruzaron la calle y fueron a una panaderia bastante casual que había al frente, tenía unas mesas bastante agradables al aire libre y se sentaron allí a platicar. Me quedé viéndolos por unos minutos hasta que me aburrí. 

Volví a husmear la casa porque bueno, no tenía nada más que hacer, ya era casi la una de la tarde, obviamente había perdido el vuelo y estaba varado allí hasta nuevo aviso. Quería volver a la posada pero aún estaba muy débil para salir, tenía hambre y de igual manera suponía que él volvería pronto, quería al menos darle las gracias. También debía hacer una llamada a la empresa, pero mi renta había sido el día anterior, y mi tarjeta de crédito estaba temporalmente desactivada por mantenimiento de los servidores bancarios, así que estaba en un pequeño lío, por el cual, obviamente, no tenía cabeza para preocuparme. Mientras buscaba un teléfono en la casa, encontré unos binóculos bastante bonitos, con un camuflaje grisáceo que siempre me ha encantado, nada de esos verdes horribles clásicos. Los usé por la ventana para ver a los tórtolos y apenas enfoqué a la mesa, me quedé completamente frío. Tuve que enfocar bien, y graduar varias veces la perilla del zoom analógico, porque mi mente no quería creer lo que veía. Por dios.

Era ella. No entendía cómo no la había reconocido antes, pero supongo que era por el cabello, y porque obviamente nunca me imaginé que ella estuviera allí. Con él. Precisamente. No. Imposible. Demasiada casualidad. Debo estar muy ebrio todavía. O... Quizá era una sorpresa para mí, quizá el se dio cuenta de lo mal que estaba yo y la contactó para darme una sorp... No... Le dio un regalo, se abrazaron, la tomó de la mano... No entendía. No entendía nada. 

El shock no me permitió dejarlos de ver. Charlaban, se reían, se divertían, en una que otra ocasión le tomó la mano de nuevo, se abrazaron un par de veces mientras estaban sentados. No podía dejar de ver como lo miraba, esos ojos los conocía. Esa mirada... Esa mirada la conocía, esa mirada de amor, de admiración, de gratitud. Luego esa sonrisa, esa sonrisa que estaba en mi memoria y que creía mía, la estaba viendo allí, de nuevo, y no era para mí. Esa risa... Casi podía escuchar las carcajadas. Habían sido mías, habían sido causadas por mí en algún momento, y ahora las causa otro. La misma mirada, la misma sonrisa, la misma risa. ¿Valí de algo? Me sentí nada. Me sentí vacío e incompleto, me sentí miserable e inválido, sin significado. Me sentí borrado, eliminado. Solo pude dejar de ver cuando las lágrimas no me dejaron ver a través del binocular. Los tiré al piso y me fui a tirar en la colchoneta. Cuando caí me hice daño en la muñeca, pero era nada comparado con lo que sentía por dentro. Por un momento pensé que simplemente era una chica que se parecía mucho y ya, pero qué va, no estoy loco, era ella. Ella era única.

El no verlos más fue peor, porque empecé a fabular cosas, como cosa rara en mí. Imaginé las cosas que ella le decía, y mi mente me jugaba sucio y me apuñalaba poniendo en sus labios las mismas palabras que alguna vez me dijo a mí. Ya me habia pasado. A veces me daba por leer las cartas que me mandó alguna vez cuando estuvimos juntos y mientras las leía sonreía, pero mi mente era un ente maldito que me hacía imaginar que esas mismas cosas se las decía a él, y mi sonrisa se esfumaba. Terminaba llorando, justo como lo estaba haciendo en ese momento. Todos los diálogos que imaginaba eran diálogos que yo había tenido con ella, diálogos que para mí eran especiales y únicos, y que ahora, ya no eran especiales ni únicos, y lo peor, no eran para mí. Me dolía todo el cuerpo, pero debía hacer algo.

Pensé en salir pero si lo hacía me iban a ver, ambos, así que no era una buena idea. Luego me di cuenta de que no podía hacer más nada. No quería quedarme en esa casa esperando a nadie. Me daba de todo incluso estar ahí. No había puerta trasera o ventanas por donde pudiera escapar, así que no tenía otra opción. Me subí el capuchón del suéter y me lo puse casi sobre la cara. Tomé aire, fuerzas y abri la puerta. Apenas caminé hasta la acera, el tipo me vio y de inmediato se levantó, le hizo señas a ella de que le esperara ahí y respiré aliviado. 

—¿Ya te vas?
—Sí, debo hacer unas cosillas, ya recordé todo; gracias por la estadía —dije mientras noté que ella se acercaba.
—De nada, cuídate por allí —respondió al tiempo que volteaba por un segundo a verla mientras llegaba—, ¿si tienes dinero para algún pasaje a Caracas? Te puedo prestar.

En ese momento ella me vio mientras yo la veía de reojo. Mi cara no era muy visible así que habrá dudado, hasta que él mencionó mi ciudad. Ni siquiera le respondí, solo le hice un gesto de que no había nada más que pudiera hacer por mí y me volteé, y caminé.

—Espera —dijo ella.

Me detuve sin voltear.

—¿Eres de Caracas?

Asentí.

—¿Por qué no volteas? ¿Cómo te llamas?

Por un segundo el corazón se me detuvo. No sabía qué hacer.

—¡Hey! ¡Responde! —casi gritó al tiempo que sentí que se acercaba. No tuve otra reacción más que caminar y alejarme tan rápido como pude, pero no pasó mucho antes de que me tomara por el hombro y me volteara forzadamente. Cuando me vio su rostro palideció, sus ojos se abrieron como un par de soles que no quemaban, sino que daban un calor excesivamente cómodo y singular. Luego dejaron de ser soles y se convirtieron en un par de cascadas que me destrozaban el corazón. Mi alma estaba esparcida por todo el universo, tal como polvo de estrellas. Me temblaban las piernas.

Fue justo cuando me abrazó, que desperté.

Nunca me había pasado en la vida, pero esa vez desperté llorando. Fui al pequeño baño de la casa y salí a buscar al bartender. Estaba desayunando en la cocina. Me saludó como si no fuera él, el que me la habia quitado, porque obviamente eso fue un sueño. Aún así, yo lo miraba con sospecha. Era inevitable. Ya no sabía qué creer o en quién creer. Supongo que también era el alcohol todavía en mis venas. Él notó algo extraño y me preguntó qué pasaba. Le comenté que había soñado con ella y que no fue agradable. Me preguntó si había sido como el otro sueño, y le dije que no, que este fue más realista y menos iluso. Eran las nueve, así que me daba chance de ir al aeropuerto y que todo saliera como estaba planeado. Le comenté que me iría y le agradecí por todo. Fui al baño de nuevo y, en el camino, me di cuenta que la casa no era para nada como en mis sueños, excepto por la ventana y las persianas. Ni me quise acercar a ella. Me despedí y salí, caminé una cuadra mientras buscaba un taxi y súbitamente noté una farmacia llamada "Mi esperanza". Me reí inconscientemente. Volví a la casa del bartender y le pregunté cómo se llamaba esta parte de la ciudad. Era homónima a la farmacia. Me preguntó qué sucedía, y le respondí que ella vivía por allí cerca. Me preguntó si sabía la dirección exacta, se la dije, y me comentó que quedaba como a tres calles. Me quedé en silencio por un minuto, y él me miraba fijamente, espectante. No tenía ninguna excusa para ir allá. Además, ya eran las nueve y cuarto, iba a perder el vuelo si no me apresuraba. Empecé a dar vueltas por la casa pensando en qué hacer, y digamos que el bartender no me ayudaba, pues se quedó callado todo el rato. Luego, entre tanto overthinking, decidí mirar la hora en un reloj digital, para ver si así tomaba una decisión. Lo cierto es que eran las nueve y veinticinco. Lo importante es que el reloj digital incluía fecha. En ese momento volví a confirmar que Sigmund tenía más razón que nunca. La escala, el aeropuerto, la fecha cercana... Nunca me acuerdo claramente de los sueños, pero en ese momento recordé con excesiva claridad el abrazo y la cajita forrada que le dio el traidor en sueños a ella en frente de la casa.

No lo pensé más, le dije que me llevara. Accedió amablemente y salimos. Caminando se llegaba, así que cruzamos varias calles y nos íbamos acercando. Antes de llegar, nos desviamos a un puesto de flores en el cual atendía una pequeña anciana con una sonrisa encantadora. Mientras yo compraba, el bartender compraba un par de cervezas en una licorería que estaba al lado porque nos estábamos cociendo del calor. Le pregunté a la anciana por un ramo de rosas azules y me señaló uno. Le dije que me lo adornara y, mientras lo hacía, me preguntó si a "ella" le gustaban así, azules. Le dije que no, que a mí me gustaban para ella y ya, que siempre las había asociado con ella. A lo que le respondí, me dijo el significado de ese estilo de rosas y además, me comentó que eran muy difíciles de encontrar, que a ella solo le llegaban ahí dos veces al año, y no más de veinte rosas. Me preguntó cuántas quería, pero le dije que con lo que tenía en efectivo solo me alcanzaba para unas seis rosas. El bartender no tenía efectivo tampoco, había pagado con débito en la licorería, así que eso era todo. Me dio el ramo, excesivamente hermoso, y nos fuimos. Pero, al parecer, le caí bien a la anciana, porque me llamó y cuando me detuve, se acercó a mí con una rosa azul más. La introdujo con una delicadeza inenarrable en el ramo y me dio un pequeño beso en el cachete mientras tomaba mi mano libre con sus dos manos. Sin decir nada se volteó, y volvió a su faena en su pequeño puesto. Cuando volteé, el bartender me vio sonriendo y seguimos caminando.

Llegamos al sitio, pero primero nos sentamos en la acera del frente a terminarnos el par de cervezas en completo silencio. Cuando terminé, me quedé viendo las rosas y se me escapó un suspiro. En ese momento el bartender me dio una palmada en la espalda y me sonrió. Mientras veía las rosas también vi que el ramo tenía una cintica con un papelito, de esos para poner dedicatoria. Lo tomé con los dedos y por un momento pensé en ponerle algo, pero qué va, para qué si era obvio que eran de mí para ella. De igual manera no tenía bolígrafo o lápiz. No hasta que el bartender me ofreció uno, leyéndome parcialmente la mente. No pude rechazarle y lo tomé. Quería escribir algo especial, pero era muy pequeño, así que solo puse "Feliz cumpleaños", y firmé con mi nombre. Lo doblé, le di el boligrafo al bartender y me dispuse ir a la puerta. 

Toqué tres veces.

Los nervios me corroían.

—¿Sí? —abrió, probablemente, algún familiar de ella. El ambiente que percibí desde fuera fue de fiesta. No había empezado pero había gente al final del corredor y algunas bebidas en una de las mesas— ¿Diga? —insistió la que probablemente fuera su madre o su tía.
—E... Esto... Vengo a traerle esto a la cumpleañera, para ver si... 

Acto seguido, la persona que me atendió, la llamó desde la misma puerta, diciéndole que habían traido algo para ella. Ella respondió desde la lejanía, con esa particular voz que me escalofrió la piel, que estaba ocupada, que si por favor podía tomar el paquete y subírselo. 

—Bueno... ¿Hay que firmar o algo?
—Esto... —yo estaba congelado. Por un momento pensé en decirle que la conocía, y que si podía pasar, pero su voz desde allá arriba entrañaba una felicidad y una alegría que me sentí sin derecho de arrebatar. ¿Qué tenía yo que hacer allí? Quizá si me veia se borraría su sonrisa. Era un día especial para ella, no tenía ningún derecho— No... No hay que firmar.

La señora tomó el ramo, me dio las gracias, y cerró la puerta.

Me quedé viendo la puerta por dos minutos, aproximadamente, era incapaz de moverme. Luego, me volteé y caminé hasta el bartender.

—¿Y bien?
—Ya, listo.
—¿No estaba?
—Sí.
—¿Y?
—Y nada, pidió que se lo subieran.
—¿No les dijiste que eras tú...? O sea, te con...
—No —le interrumpí.

Se quedó callado y me acompañó hasta un taxi. Le di las gracias y me despedí. Llegué a eso de las once al aeropuerto, pasando primero por la posada, recogiendo mis cosas. Como cosa rara, el vuelo se había pospuesto hasta las once y cuarto, así que llegué en el límite. Abordé por la puerta 14 y me senté en mi sitio. Ahora sí serían unas doce horas de vuelo hasta Madrid. ¿Yo? Yo estaba en blanco. No me cabía más tristeza en el pecho, así que quedé así, automático. 

Faltaban dos minutos para el despegue, nos mandaron a abrochar los cinturones, recoger lo que estuviera suelto, y cerrar las compuertas de los equipajes de mano. A los pocos segundos de acomodarme bien para el despegue, sonó mi celular. La aeromoza me hizo señas desde lejos que lo apagara por favor, y le dije que sí, que no había problema. Lo busqué y al verlo, seguía sonando, y era ella.

Sentí que la pantalla del teléfono era un vórtice que me absorbía. Su nombre allí era hipnótico. No podía reaccionar. 

—Señor, por favor, debe apagar el teléfono celular en este momento, ya vamos a despegar.
—Sí, sí, lo siento —no podía hacer nada.

Colgué y lo apagué. Un largo viaje de doce horas con unos cuantos arquitectos jóvenes que tienen apariencias engañosas me esperaba.






La tienda




Un día caminé hasta una tienda, ya sabes, de esas lujosas, con grandes furnituras y elementos rimbombantes, y empecé a recorrerla. No sé el motivo a ciencia cierta, pero lo cierto es que allí me hallé como perdido, hasta que te hallé. Sí. Encontré una pequeña cosita con una bandera de Suiza. Parecía tan hermosa de lejos que me acerqué casi corriendo. La observé primero, sin tocarla. La admiré desde la corta lejanía, y reflejé su luz tanto como pude en mis retinas. Luego, poco a poco, fui alzando la mano hasta ponerla a su nivel. Después la acerqué progresivamente, con un poco de un miedo inexplicable, pero con certeza de que valía la supuesta pena. En el momento en que la toqué, su metal frío me paralizó, pero me sentí vivo al mismo tiempo. La apreté como si se me fuera a caer y al poco tiempo me acostumbré a su temperatura, y ella se acostumbró a la mía. Sentí que era mía sin siquiera haberla comprado. La volteé y la miré por todos lados, la recorrí con mis ojos como si pronto me fuera a quedar ciego, y la memoricé incluso, tanto como pude. Al rato ya sentía que era mi tesoro. Sentía ganas de llevarla conmigo a todos lados. Lucirla, mostrarla, presumirla; pero lo más importante, sentirla mía siempre. No esperé más y me dirigí a la caja registradora. El precio era mi corazón, el cual, sin dudar, puse en la caja, con la mano derecha bañada en sangre y el pecho abierto. La cajera me miró con ojos de admiración y me preguntó si quería una bolsita. ¡Pero qué barbaridad! ¡¿Cómo la iba a meter en una bolsita?! Le dije que no, casi gritando, y la tomé fuerte con mi mano izquierda. Al salir de la tienda, de esas, ya sabes, lujosas, con grandes furnituras y elementos rimbombantes, me di cuenta de que sentía un dolor muy fuerte en la mano. La observé y estaba llena de sangre, pero no era la derecha, era la izquierda. Al abrirla, un frío estremecedor me recorrió todo el cuerpo. Sentí que me desmayaba y que iba a caer en el suelo con apenas consciencia. ¿Qué demonios había sucedido? Pues, después de que me recuperé un poco de aquella impresión, me di cuenta del desastre. Un botoncito pequeño que toqué sin querer, fue el causante de la desgracia. En realidad no entiendo cómo funciona, pero creo que es un defecto de fábrica. Resulta que al tocarlo, la cosita sacó de su ser una inmensa y aterradora cuchilla, afilada y brillante, pero sombría. Aún no puedo sacarme esa imagen de la cabeza, me sentí engañado y a la vez como un niño, sin saber qué hacer. Ya había pagado y no había reembolso. Mi mano seguía sangrando. Aparentemente la felicidad era mi anestesia, y cuando la perdí el pecho se me puso frío. Me sentí tieso, me sentí muerto. Quería sumergirme bajo tierra. Nadie parecía mirarme. Mi mano seguía sangrando. El pecho súbitamente empezó a sangrar también, o quizá ya venía sangrando y no lo notaba. ¿Lo peor? No podía soltar la cosita, que ya era más una cosa, porque no tenía el mismo sentimiento por ella. Antes sentía que era un ángel del cielo en forma de cosita desconocida, ahora más bien parecía un ente maldito diseñado para destruirme. Hasta podía imaginar una sonrisa malvada en su pequeña bandera cuadrada. 

Lo cierto fue que al rato me desmayé, alguien me recogió y me llevó al hospital, me suturaron y me recomendaron reposo. Pasaron los días y había olvidado todo, porque seguía jugando con la pequeña cosita, admirándola y luciéndola, la diferencia era que algo en el interior me decía que no presionara ese pequeño botón, porque algo muy feo podría salir de su interior. Constantemente me preguntaba si podía seguir queriendo algo que tiene algo supuestamente tan feo en su interior, pero nunca me respondía, pues seguía hipnotizado con su singular belleza, por nada del mundo iba a dejarle. Y sí, la mayoría del tiempo me hago el loco, pero en días como hoy me gusta recordar quién eres en el fondo.




Casa por cárcel




Triste hoy llego a casa olfateando tus maletas,
qué hacer si no llorar,
qué hacer más que esperar.

Sin ti esta casa se me hará incompleta,
nada más que pintar,
nada más que arreglar.

Hoy ves mis lágrimas cayendo sobre mis tetas,
desnuda y ejemplar,
subyugada para rogar.

Nada funciona,
no hay señal.

Entonces te pediré un último favor.

Antes de que te vayas,
antes de que salgas por esa puerta,
por favor,
cierra con llave la maldita puerta.
y luego tiras la llave
por la maldita ventana.

Después, si quieres [si puedes]
te vas, [te largas].