Caracas, quince de junio del dos mil diecisiete.
Amada.
Escribo esta carta con un motivo muy especial. Un motivo tan especial que es inédito en mi corta vida, pues su presencia nunca había antes alumbrado mis senderos. Las acciones que me caracterizan siempre se dan el lujo de prescindir de este tipo de motivos, y por siempre pospuestas quedan las -sobrevaloradas- intenciones. Prometo no alargarme ni quitarte mucho tiempo; obviaré muchas cosas para no hacer de esto una obra de Will Shakespeare.
Desde hace mucho tiempo las cosas han cambiado. Lo he venido notando y mi muerte ha sido lenta, duradera y parcialmente insoportable. O mejor dicho: poco a poco más insoportable. Hasta que llegara el dia de hoy, el límite. Porque todo tiene límites, ¿cierto? Es mera física, termodinámica, matemática, amada. Hay límites buenos, hay límites malos, pero creo que este no es ninguno de los dos, simplemente es un límite. Un límite contemporáneo, un límite no definido, porque definir es limitar, según Wilde, ¿y cómo íbamos a atrevernos a limitar un límite? Un límite moderno, quizá homosexual.
En mi espera sufrí internamente porque siempre estuve lleno de múltiples sentimientos, era increíble como intentaba negarlo mi semblante pero más increíble -y alucinante- como mi corazón nunca se atrevió. Mi alma siempre me defraudó y me dejó mal parado; hasta parado. Solo tu dios sabe cuántas cosas hice, cuántas cosas pensé, cuánto soñé. El destino nunca existió porque siempre fueron los destinos, dos; esas cosas, escribirlas, te rompen el corazón. ¿Hasta cuando tanta añoranza y desilusión? Al sol de hoy todas las verdades están ocultas porque el destino de ellas si existe, y siempre estuvo en las cuevas, en miserables excavaciones sin objetivo más injusto que el que precisamente tenian. La injusticia siempre reinó.
Esas verdades nunca saldrán a flote; nunca sabré, ni siquiera yo, tantas cosas. La vida se nos escapa persiguiendo utopías que van más rápido que nosotros, cuando deberíamos simplemente limitar nuestros horizontes, para poder al fin saber quiénes somos. ¿No? No, está bien. Corre, Forrest. Yo también corro, consciente de ello.
Lo cierto es que el dolor ya es completamente insoportable, y te has vuelto una carga en mi noble corazón, uno que ya no puede soportar la ausencia de aquel amor de antaño tan intenso e incondicional. Me resigno a perder algo que ya he perdido. ¿Qué clase de tortura macabra es esta? Mis venas tienen tu sangre y las tuyas tienen solo sangre, como si el planeta se detuviera por un segundo para gritarme que ya no puedes vivir. ¿Por qué? No es egoismo común, es un egoísmo color turquesa, un egoismo con tintes morados y azules, verdes y hasta grisáceos, un egoísmo hijo de Afrodita y Ares. Es decir, esa es la gota que le hace falta a un amor de verdad, y es la gota que solo busca la felicidad.
La felicidad es individual, no presume de hipocresías ni pretende tener máscaras, detesta el drama y aborrece los vestidos. La felicidad va desnuda por la vida cogiéndose a quien quiera, y sumergiéndose en las almas de los más despistados. Por eso es individual, porque no pregunta nombre ni estado civil, menos apellido o cantidad de hijos; solo busca libido. Por eso, y siempre más, el dolor es insoportable.
¿Ya da igual, no? Todo lo hemos tirado al caño, y las cintas y las grabaciones se han extraviado, las fotos y las cartas se han quemado, y hasta los sentimientos parecen esfumados. Aqui no, sorpresa. No. No me vas a mentir. No me vas a ver con esa cara, no me vas a convencer de lo contrario. Es simple: creo lo que veo. Por eso no he podido creer en dios, ni en el más allá. Y, atención, si un día viera a dios, y al otro día no, no creería en él tampoco. ¿Ahora entiendes? Un dia creí, luego ya no. Y sí, quizá estoy influenciado por muestras patológicas ajenas que me han hecho comprobar que la individualidad es distinta al egoismo. Porque la individualidad azabache no es amor, mi amada, y el egoismo turquesa, sí lo es.
Te me has vuelto azabache.
Por eso, y siempre más, el dolor es insoportable. No mucho tiene que ver con las malas nuevas, porque sé qué lugar ocupo en ciertos sitios, pero la ironía de que mis ojos no reciban ni la duodécima parte de lo que solía recibir, y más aún, de lo que hoy se regala a ríos del primer mundo, mata. Golpea. En ese orden. Es horrible. ¿Cómo quieres que le explique a esos ojos que ya no quiero verlos más porque ya ellos no me miran como mis recuerdos susurran? ¿Cómo le explico a tus sonrisas que me duele sentirlas falsas? ¿Cómo le explico a mi ego turquesa que ya no me necesitas, azabache? ¿Cómo, si él se muere por ti? ¿Cómo le digo a este corazón que ya no mande sangre turquesa a tu ventriculo si ya solo se contaminará de azabache y perderá su magia? Pues, hoy lo estoy haciendo.
Creo que no tienes ni las más mínimas ideas. A pesar de múltiples aversiones, te amé siempre más de lo que pensaste que te quería, y estuve tan sumergido que tuve que salirme de pronto porque ya estaba medio dormido en una somnolencia peligrosa, en la cual los destinos eran trágicos y desvalidos. Me duele tener que renunciar a una de las pinturas más hermosas de mi vida. Tus ojos, tu sonrisa. Las palabras más llenas y a su vez las más vacías. Y así mil más. Tus piernas abiertas frente a mí con tu pecho al descubierto serán el óleo central de un museo bajo tierra, imposible de alcanzar para cualquier mortal. Y yo soy mortal, aunque me crea un dios. La peor parte es que los sueños de aquel que mata sueños siempre permanecen despiertos, ¿quién me hace a mi el favor? Venga, ¿quién mata a la muerte, mi amada? Un sueño eterno es el limbo que no quiero soportar, y por eso el suicidio dentro de él es la única opción para despertar. Aunque siempre lo he de recordar. Duele saber que una parte de mi corazón será para siempre irrecuperable, porque los fantasmas han embrujado cada cuarto y cada pared, cada techo y cada piso, cada ventana y cada puerta; y que la vida en ese sueño ha sido en vano, porque lo irrecuperable no sirve de nada. Sí, soy adicto a que lo bueno sea eterno. Irónico entonces, que por ponerle la etiqueta de "malo" por un momento a tanto resplandor (que nos cegó), le dieran fecha de vencimiento. Nos jodimos, mi amada.
Por eso, y siempre más, el dolor es insoportable. No quiero reprocharte nada. Asumo toda la culpa, y pongo el pecho para que duela más profundo, y nunca cierre esa herida; porque si hay algo que no tengo en este cuerpo es cobardía, y si hay algo que sobra es abnegación. Tengo vocación de héroe griego, por eso fui, soy y siempre seré un suicida, porque es la cumbre de mi areté, la bella muerte, el kalón. Tú solo fuiste un sol en mi invierno, fuiste una florecilla que iluminó mi otoño, fuiste una lágrima dulce en medio del desierto, fuiste un corazón latiente que transfundió sangre a un corazón que gasta mucha amando al mundo, y que siempre vivía sin casi sangre. Con tu azabache haré unas piedritas y las meteré al congelador, para que sirvan de algo, pero sabré siempre que tienen un alma dentro y que estarán en un recuerdo que, así yazca muerto, tendrá viva su esperanza, una que dentro de nuestro mundo no sirve de nada, pero que en el de ellas, sí.
Cerrar puertas no es lo mío, pero esta la he tirado abierta al vacío.
Siempre con más que añadir, me despido.